Las compañías virtuosas

    Disney, Netflix y DC Comics tuercen el morro cuando casi 400.000 personas se unen y les dicen que no les gusta lo que les están vendiendo. Que me perdonen si eso no tiene un evidente tufillo de querer empezar a blanquear a los pederastas.

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    Disney celebra su primer desfile LGTBI en su parque de atracciones de París.
    Disney celebra su primer desfile LGTBI en su parque de atracciones de París.

    “Prefiero que mis compañías sean codiciosas que sean virtuosas. Así resultan más fiables”. Así reaccionó el profesor canadiense Jordan B. Peterson tras ver el absurdo anuncio de Gilette. Peterson es conocido por no tener pelos en la lengua a la hora de comentar cómo el progresismo nos intenta comer el coco. 

    Y es que desde hace ya algún tiempo hay compañías que se han empeñado en discernir el bien y el mal por nosotros. Y ¡Qué casualidad! Su concepto no puede ser más distinto del bien y el mal que venimos conociendo desde siempre. Eso sí, nos lo van a vender como “la virtud”. Y la nueva virtud consiste en darle la vuelta a todo lo que había bueno: “Lo gay es ok”, el aborto es bueno, el matrimonio es ‘carca’ (salvo que seas gay, imagino), y así con todo.

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    A mí, si todo esto me lo dice el típico telepredicador americano, con traje y pelo perfectos, pues bueno: no le hago ni caso, pero pensaría que está en su derecho de decir las tonterías que quiera. El problema es que los predicadores de esta ‘nueva virtud’ tienen oídos que les escuchen: son los actores de Hollywood diciéndote a quién tienes que votar y a quien no.

    Pero a esos se les suman otro altavoz potente: las compañías que nos dan contenido de entretenimiento en vena: los Disney, los Netflix, los DC Comics. Y todos, todos, tuercen el morro cuando casi 400.000 personas se unen y les dicen que no les gusta lo que les están vendiendo. Algunos hasta tienen el sentido común de dar marcha atrás, como hizo DC Comics cuando dijo que no publicaría un tebeo blasfemo. Otros, desgraciadamente, carecen del mismo y nos intentan meter más hondo el embudo ideológico.

    Es interesante ver como en el siglo XXI más de uno ha cambiado los púlpitos de las iglesias por estos púlpitos digitales desde los cuales nos predican que lo bueno es malo, que la guerra es paz, y que la libertad es esclavitud, como leemos en ‘1984’, de George Orwell, obra de horrorosa vigencia. El problema, insisto, en que quien está haciendo esto se supone que deberían estar más centrados en ganar dinero, en que sus acciones suban, que en vendernos bazofia.

    Ah, pero amigo… esta bazofia se vende. El ser humano sigue sediento de historias y le da igual lo que consuma. De esto se aprovechan los de la “nueva virtud”, y al principio sutilmente, pero ya de manera descarada. Así nos han colocado personajes gay en casi cualquier obra de ficción, feminismo tóxico de tercera ola en algo tan orientado a niños como las películas Marvel o, inexplicablemente, un desfile del Orgullo Gay en Disneyland París. Que me perdonen si eso no tiene un evidente tufillo de querer empezar a blanquear a los pederastas (menos a los curas, esos no son “nueva virtud”).

    Lo peligroso es ya cuando estas compañías traspasan la pantalla para perseguir estas influencias políticas: ahora Netflix y Disney dicen que no irán a rodar a Georgia porque han aprobado una ley del aborto muy restrictiva. Hay más sitios que tienen leyes similares pero de esta manera harían daño a un estado que no se pliega a sus designios.

    Y esa es la batalla que se librará mañana. Hasta que esta gente sin escrúpulos ni principios entienda que quienes de verdad pueden alimentar el monstruo en que se han convertido no son ellos, sino los consumidores. Ojalá que tengamos a alguien que nos cuente las historias que merecen ser contadas.

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    Miguel Vinuesa (1983, Madrid) es licenciado en Periodismo por la Universidad San Pablo-CEU de Madrid, y cursó el Máster de traducción de la Universidad de Ginebra (Suiza). Fue responsable de comunicación interna en una empresa relacionada con el mundo financiero y anteriormente ha sido parte de los gabinetes de prensa de Telefónica, la Conferencia Episcopal o la propia Universidad San Pablo-CEU. Actualmente es redactor en la Fundación CitizenGO.