Estación de Metro decorada con los colores de la bandera LGTBI
Estación de Metro decorada con los colores de la bandera LGTBI

En el mundo en que vivimos podemos encontrar asociaciones, agrupaciones, peñas y un sinfín de colectivos de personas unidos en defensa de casi cualquier cosa.

Muchas de ellas, ciertamente serias, rigurosas y formalizadas, luchan por causas nobles que buscan mejorar nuestra sociedad, elevar al Hombre y trabajar por el Bien Común. Cuántas hay que investigan la erradicación de múltiples enfermedades, contra la pobreza y el hambre, o trabajando por la conservación del Patrimonio, el Arte y la Cultura.

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Todas ellas loables y en su mayoría con escasos recursos, plagadas de personas sensatas y desinteresadas que entregan su tiempo, formación y esfuerzos, y que en muchos casos no llegan a ver el resultado esperado de su trabajo.

Otras tantas pululan por los ámbitos locales, y hay para todos los gustos y colores. Curiosas muchas de ellas hasta el extremo, no tienen más pretensión que reunir a unos cuantos individuos en torno a una afición o inquietud común, y ahí pasan sus días conversando de lo suyo, que siempre es bueno y facilita la sociabilización.

Sin embargo, hay otro manojo de ellas, cuya mínima observación provoca, de forma refleja, una mirada de extrañeza y cierta mueca de incomprensión. No por su existencia, sino por su influencia, su modo de proceder, y su autoconcepto. Son los movimientos feministas y el lobby LGTB (ahora añaden una “I” y una “H”, pero no es mi intención agotar al alfabeto).

Esta semana, Madrid se convierte en el escenario mundial para la recepción de miles de homosexuales, transexuales y personas con otras inclinaciones carnales, en el encuentro denominado “Orgullo Gay”.

Un amplio programa de actividades como las “Carreras de Tacones” o la creación del espacio “Chueca Kids”, serán sólo algunos de los eventos patrocinados por la Comunidad de Madrid

Un amplio programa de actividades, como las Carreras de Tacones” que presenta una tal “Chumina Power”, el desfile de mascotas contra el maltrato animal,  o la creación del espacio Chueca Kids”, en el que imbuirán a los niños de 0 a 5 años en la “diversidad”, serán sólo algunos de los eventos patrocinados por la Comunidad de Madrid, presidida por la popular Cristina Cifuentes, y que estarán apoyados por distintos organismos oficiales de ámbito municipal (como la Asociación Turismo de Madrid, o la web oficial ¡Madrid!) y estatal (TURESPAÑA).

Asistentes en la manifestación del Orgullo Gay de Madrid de 2016/Efe.

A la vista del despliegue económico, mediático e institucional en torno a la defensa, promoción y difusión de los postulados de los colectivos LGBT, cabría pensar que éstos, sin duda, se deben encontrar entre los grupos con más número de miembros y participantes, o que sus propuestas y planteamientos son, de lejos, los más útiles para mejorar las condiciones de vida de los españoles o, al menos, las de los madrileños.

De ser así, no habría homosexual que no militase en sus filas, que estarían engrosadas, además, por un amplio porcentaje de la población heterosexual, si atendemos a la cantidad de espacio público que ocupan.

Si la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, ha dilapidado 21.747 euros en cambiar los semáforos de 72 cruces, para llenarlos de imágenes de homosexuales caminando, será que la cosa es grave. Mucho más, por ejemplo, que la obesidad como causa de enfermedades coronarias, o la trata de blancas, o la prevención de la drogadicción, que no se los han merecido aún.

¿Por qué – se preguntarán muchos- estas asociaciones LGTB y las minorías a las que dicen representar cuentan con unos respaldos que, otras, con objetivos mucho más generales y de un provecho mucho mayor para la población general, jamás soñarían?

Grandes multinacionales, como Coca-Cola, Facebook, Levi´s, Starbucks, Nike o Google, entre otras, han lanzado sus respectivas campañas y productos a favor de estos grupos

Porque no es solo el respaldo institucional. Grandes multinacionales, como Coca-Cola, Facebook, Levi´s, Starbucks, Nike o Google, entre otras, han lanzado sus respectivas campañas y productos a favor de estos grupos.

La transposición de sus reclamaciones a la legislación es hoy una realidad fáctica, acogida –cuando no propuesta- por todos los partidos con representación parlamentaria.

Sin ir más lejos, el Grupo Parlamentario Confederal de Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea pretendía que hoy, miércoles 28 de junio, se votase en el Congreso de los Diputados suProposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales”.

Entre otros puntos, proponía sanciones administrativas de hasta 20.000 euros, además de la retirada de todo el material, las publicaciones y los contenidos que, según un “tribunal” formado por las propias asociaciones LGTB, pudiese resultar ofensivo contra sí mismos, sin ningún control judicial. El propio Juan Carlos Monedero, cofundador de Podemos, ha asegurado que esta Proposición de Ley es una “amenaza” contra la libertad de expresión.

Los ataques contra la libertad de expresión y de opinión de estos grupos LGTB, con la inusitada fuerza legislativa que le otorgan todos los partidos políticos, es tan sospechosa en su ausencia de límites como asfixiante para quienes nada tienen que ver con ellos.

¿Cómo es posible que un Parlamento, en el que es imposible ponerse de acuerdo para defender la unidad de la Nación a la que representa, sea tan fácil alcanzar consensos en torno a las medidas que proponen los grupos LGTB?

¿Cómo no son capaces de suscribir juntos un pacto educativo eficaz y de excelencia, pero sí apoyar al unísono cualquier ocurrencia que planteen esos grupos? ¿Quién es capaz de explicar que cada Comunidad Autónoma regule de modo tan dispar la Sanidad, pero en materia de Ideología de Género todas, sin excepción, pasen por el mismo aro?

La uniformidad de pensamiento provoca escalofríos, no sólo por cuánto anula el resto de visiones y opiniones (que las hay, y muchas), sino por la autenticidad de aquellos que las sustentan.

¿Quién ha legitimado a las asociaciones LGTB como representantes de todos los homosexuales del mundo? ¿En qué momento y por quiénes han sido elegidos? ¿De qué autoridad divina o humana dimana su poder?

Estos grupúsculos, mucho más minoritarios que la propia minoría a la que dicen defender, sólo se representan a sí mismos. Subidos al carro del pensamiento blandiblú que asola Occidente, se han hecho fuertes en unas instituciones de las que trincan a placer, y se han erigido dispensadores del título de “tolerantes” y “odiadores” según sus criterios.

No basta con que seas homosexual para defenderte y apoyarte. Tienes que ser homosexual “como ellos quieren que lo seas”

Porque, para ellos, no basta con que seas homosexual para defenderte y apoyarte. Tienes que ser homosexual “como ellos quieren que lo seas”. En caso contrario, te condecorarán con el hilarante título de “homosexual homófobo”, en un alarde de su estulticia infinita.

Supongo que, en sus estrechas mentes, Charlotte Goiar, el primer hombre al que el Tribunal Supremo permitió reasignar su sexo como mujer, con fondos públicos, y que salió en defensa del autobús de Hazte Oír, será representada poco mejor que los “gusanos” en el Régimen Castrista.

Charlotte Goiar, primera mujer a la que el Supremo le permitió cambiarse de sexo
Charlotte Goiar, primera mujer a la que el Supremo le permitió cambiarse de sexo

Sin duda, las leyes que los colectivos LGTB están promoviendo, en las que recogen derechos colectivos, y no individuales, pueden convertirse, como de hecho lo están haciendo, en el peor enemigo de muchos homosexuales que, disconformes con sus postulados, no encuentran reflejo ni acogida en las Administraciones Públicas, en los medios de comunicación ni en el debate público. A la postre, sus opciones personales aparecen como menos legítimas, y sus estilos de vida, contrario a la nueva in-moralidad pública.

El arcoíris, ese fenómeno óptico, tan colorido, tan lleno de luz, que antaño decoraba las fantasías infantiles, y que tenía cierto matiz de candidez, de misterio y de inocencia, se ha convertido en uno de los espectros más siniestros de cuantos hoy operan en el juego social. Porque, en el siglo XXI, la inquisición se ha envuelto en una bandera multicolor, para ocultar con ella su mundo de sombra y cerrazón.

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"Cordobés afincado en Sevilla. Licenciado en Bellas Artes y Derecho; Máster en Periodismo y Educación. Abogado de profesión, pintor por afición, comunicador por devoción. Siente España con acento del sur. Cautivado por el Bien, buscador de la Verdad, apasionado por la Belleza. Caminando."