Apoyo a Reig Pla / «No se trata de convertir a nadie. Sino de ayudar a que crezcan en lo que son»

    "No se trata de curar la homosexualidad, sino de vivir y crecer en lo que uno verdaderamente es, por encima de pensamientos, sentimientos y vivencias". "Había erotizado alguna vez en la imaginación una relación con alguien del mismo sexo. Este pensamiento me atormentaba".

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    Un hombre se quita la máscara LGTB
    Un hombre se quita la máscara LGTB / Actuall

    Soy un varón de 42 años, de profesión médico. Mi vida ha estado marcada por un fuerte complejo de inferioridad que me ha dificultado relacionarme con los demás. Este sentimiento de inferioridad y de inadecuación con los demás se fue gestando poco a poco, sobre todo a partir de mi infancia.

    A los 5 años, el primer día de clase, me sentí profundamente rechazado y traicionado por la única persona que conocía antes de entrar en el colegio. Me sentí como si no existiera para él y se derrumbó la esperanza de amistad que yo me había imaginado. Esta experiencia de rechazo tan infantil me marcó. Me sentía solo y sin amigos. A ello contribuyó que no me supiera integrarme con los demás jugando al fútbol. Pasé muchos ratos de soledad en los recreos, dando vueltas alrededor del campo de fútbol, viendo a mis compañeros cómo jugaban y cómo competían entre ellos.

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    Yo me sentía excluido. Los contemplaba con envidia, deseaba jugar y relacionarme con ellos, pero no sabía jugar bien al fútbol y me desagradaba cómo se insultaban o llamaban la atención a alguien porque no iban ganando.

    Había erotizado alguna vez en la imaginación una relación con alguien del mismo sexo. Este pensamiento me atormentaba

    Traté de buscar mi sitio y lo encontré en el estudio. Como no podía competir con los demás en el deporte, traté de competir y demostrar mi valía en lo académico. Y aquí me fue muy bien.

    Fue transcurriendo el tiempo. Llegó la universidad, el examen de acceso al M.I.R. y después la residencia. Este fue un periodo muy difícil porque tuve que enfrentarme a la realidad del mundo y al complejo de inferioridad que me hacía compararme con los demás y pensar que yo no valía.

    Fue en esta época cuando pensé por primera vez si pudiera ser homosexual. No me atraían las mujeres y había erotizado alguna vez en la imaginación una relación con alguien del mismo sexo. Este pensamiento me atormentaba. Yo quería formar una familia o incluso ser religioso. ¿Y si fuera homosexual? Aquella duda hizo que me decidiera acudir a una psicopedagoga. Centramos nuestros esfuerzos en relacionarme mejor con los demás y tratar de superar ese complejo de inferioridad. Solo después de 2 años me atreví a preguntarle más decididamente si le parecía que yo era homosexual. Su
    respuesta fue que no había nada en mí que así lo indicara. Y ahí terminó todo.

    Nuestras vidas estaban marcadas por una experiencia vital y profunda de soledad y por la ausencia afectiva de un padre

    Sin embargo, esa duda me siguió angustiando, atormentando y bloqueando. Era un pensamiento obsesivo, no deseado, con el que en absoluto me sentía identificado y que mucho menos determinara mi identidad sexual: soy hombre. No era algo que quería y me cerraba las puertas a un compromiso de amor de comunión y de complementariedad en el matrimonio o en la vida consagrada.

    Años después tuve la enorme suerte de encontrarme con alguien que había salido del infierno, por los muchos sufrimientos que se padecen, de la homosexualidad y que se había casado y formado una familia. Me contó su historia de heridas afectivas y familiares y me sentí muy identificado. Nuestras vidas estaban marcadas por una experiencia vital y profunda de soledad y por la ausencia afectiva de un padre. Aquello me dio muchísima paz.

    Comprendí de dónde venía la atracción hacia personas del mismo sexo. En el fondo proyectaba el hombre ideal que yo quería ser en los demás. Me atraía y deseaba aquello que yo quería ser y no era. Proyectaba mi deseo profundo de ser valorado, apreciado
    y amado por los demás hombres. Y esa proyección se erotizaba.

    A partir de aquí fui profundizando interiormente en todas las heridas afectivas que arrastraba de mi infancia. Fui consciente del papel que había jugado la ausencia física y emocional de mi padre en el proceso de desarrollo. Comprendí que era un hombre como cualquier otro, con muchas más cualidades positivas que negativas. Identifiqué los rostros de una falsa y verdadera masculinidad. He aprendido a descansar en el SER y a no dejarme llevar por la dictadura de un pensamiento irracional u obsesivo o un sentimiento que no define lo que yo soy.

    Los pensamientos y sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo han desaparecido completamente

    Mediante un acompañamiento fraternal de comunión he ido madurando como hombre varón, aprendiendo a relacionarme con los demás, a ayudar a los demás, a salir de mí mismo y abrirme a los demás, a crecer en la virtud y a luchar contra las odiosas comparaciones con los demás (si el otro es mejor o peor que yo).

    Este camino de maduración me ha permitido ir sanando mi relación con mi padre, al que he podido conocer y apreciar mucho más que antes, convirtiéndose en un pilar muy  importante de mi vida.

    También me ha permitido hace no mucho que pudiera conocer y casarme con una mujer maravillosa. Los pensamientos y sentimientos de atracción hacia personas del mismo sexo han desaparecido completamente. Valoro mi masculinidad como un don precioso que he recibido y una tarea por hacer.

    Mi principal vocación es ahora amar y entregarme a mi esposa hasta dar mi vida por ella. Y también amar a mis amigos y ofrecer mi trabajo en espíritu de servicio a los demás. Y este camino que se ha iniciado continuará, sin término, durante toda la vida.

    B.V. es alguien que hace acompañamiento para ayudar a las personas a descubrir y madurar su verdadera identidad, creadas como varón o como mujer, y con una vocación a un amor esponsalicio (conyugal o célibe). No se trata de convertir a nadie, de que sean lo que no son. Sino de ayudar a que maduren y crezcan en lo que son y en su capacidad de amar.

    Este es un camino que además uno no recorre solo sino en comunidad y donde son muy importantes la familia, la amistad y la vida de fe-encuentro con el amor que Dios nos tiene

    En la reciente exhortación apostólica postsinodal Christus Vivit la Iglesia se resalta la importancia que tiene el acompañamiento a los jóvenes.

    242. Los jóvenes necesitan ser respetados en su libertad, pero también necesitan ser
    acompañados. La familia debería ser el primer espacio de acompañamiento. La pastoral
    juvenil propone un proyecto de vida desde Cristo: la construcción de una casa, de un hogar edificado sobre roca (cf. Mt 7,24-25). Ese hogar, ese proyecto, para la mayoría de ellos se concretará en el matrimonio y en la caridad conyugal. Por ello es necesario que la pastoral juvenil y la pastoral familiar tengan una continuidad natural, trabajando de manera coordinada e integrada para poder acompañar adecuadamente el proceso vocacional.

    Y se reconoce que este acompañamiento pastoral-familiar integral debe estar realizados por personas cualificadas como es el caso de B.V., a la que he tenido la enorme suerte de tener como acompañante en este proceso de maduración.

    244. […] el Sínodo reconoce la necesidad de preparar consagrados y laicos, hombres y
    mujeres, que estén cualificados para el acompañamiento de los jóvenes. El carisma de la escucha que el Espíritu Santo suscita en las comunidades también podría recibir una forma de reconocimiento institucional para el servicio eclesial» [132].

    Y este es un camino que además uno no recorre solo sino en comunidad y donde son muy importantes la familia, la amistad y la vida de fe-encuentro con el amor que Dios nos tiene.
    Con todo lo dicho,

    – ¿No es acaso denunciable prohibir un proceso que invita al conocimiento de sí mismo, a los traumas que uno ha sufrido y al perdón por quienes lo causaron?
    – ¿No es acaso denunciable prohibir un proceso de maduración en el que se acoge el don de la propia sexualidad para vivir un amor esponsalicio de complementariedad y entrega total, exclusiva, personal y fecunda?
    – ¿No es acaso denunciable prohibir un proceso de maduración que ayuda a descubrir y vivir a uno su verdadera identidad, lejos de complejos de inferioridad y de comparaciones con los demás?
    – ¿De verdad creen que ayuda la masturbación o la pornografía a vivir un amor de entrega
    generosa, no egoísta ni autorreferencial?
    – ¿No ejercen acaso ustedes como esas patrullas que ustedes denuncian contra cualquier
    pensamiento contrario a una determinada ideología?

    Aquí no se trata de curar la homosexualidad, sino de vivir y crecer en lo que uno verdaderamente es, por encima de pensamientos, sentimientos y vivencias que no afectan al verdadero SER de la persona. Esto no es odiar a la persona, sino amarla.

    Quisiera terminar con este punto de la exhortación Christus Vivit

    261. En este contexto, recuerdo que Dios nos creó sexuados. Él mismo «creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas». Dentro de la vocación al matrimonio hay que reconocer y agradecer que «la sexualidad, el sexo, son un don de Dios. Nada de tabúes. Son un don de Dios, un don que el Señor nos da. Tienen dos propósitos: amarse y generar vida. Es una pasión, es el amor apasionado. El verdadero amor es apasionado. El amor entre un hombre y una mujer, cuando es apasionado, te lleva a dar la vida para siempre. Siempre. Y a darla con cuerpo y alma»

    Doy pues las gracias a todos aquellos que han tomado la opción de acogerme y acompañarme en mi debilidad para hacer posible mi conversión al amor de Dios que da su vida por nosotros hasta la muerte. Doy las gracias a B.V. y a Don Juan Antonio Reig-Pla que tienen la valentía de ayudar a las personas a vivir su vocación esponsal.

    Un cordial saludo, José Javier, España.

    * Testimonio recogido por Es posible la Esperanza en apoyo del obispo de Alcalá de Henares, monseñor Juan Antonio Reig Pla, que mantiene un servicio de acompañamiento a personas con Proyección hacia personas del Mismo Sexo (PMS).

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