Nos han declarado la guerra

    Quieren borrar de la faz de la tierra los valores que sustentaron la civilización occidental.

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    Feministas radicales tratan de reventar una manifestación de Derecho a Vivir / DAV
    Feministas radicales tratan de reventar una manifestación de Derecho a Vivir / DAV

    Nos han declarado la guerra. Quieren nuestra marginación social, cuando no exterminarnos civilmente. Quieren borrar de la faz de la tierra los valores que sustentaron la civilización occidental. Quieren enviar al abismo de Helm todo aquello que es bueno y bello, que enaltece al ser humano y lo dignifica.

    Quieren acabar con el varón y con la mujer, complementarios, libres, iguales en dignidad, diferentes también. Quieren acabar con el matrimonio, expresión más elevada de su colaboración y entrega mutua, base de una construcción social sana y sostenible.

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    Pretenden acabar con la sexualidad natural e imponer su tergiversación y las perversiones más dañinas para las personas.

    Han fijado las mirillas de sus armas mediáticas y legislativas en quienes nos mostramos abiertamente contrarios a sus mantras y osamos proclamar, con los pocos medios de que disponemos, que el emperador está desnudo.

    Nos quieren ver presos. Del pánico, en primera instancia. Pues aunque odian la fiesta nacional, se relamen al pensar en vernos aculados en tablas, testuz abajo y rascando en el albero, resoplando por volver a los chiqueros. Si esto no fuera suficiente, entonces buscarán vernos engrilletados y tras las rejas.

    Nos han declarado la guerra, sí. ¿Y qué estamos dispuestos a hacer para combatir? Porque comprometerse en la defensa del hombre y la mujer iguales en dignidad y complementarios, de la familia como lugar esencial de crecimiento, formación entrega y gratuidad, los derechos de la infancia, la salvaguarda de la juventud, la libertad educativa y religiosa, entre otros, exige estar preparado para arriesgar y sufrir.

    Hay que estar dispuesto para dar la batalla a tiempo y a destiempo. Con inteligencia, pero con contundencia. Y es seguro que en ese empeño tendremos que renunciar a cosas lícitas. Porque no se dan duros a peseta.

    Es responsabilidad de cada uno defender la brecha de muralla que le corresponde. Los campos de batalla son tan numerosos y variados que, como dijo aquél gran hombre, “a nadie le es lícito estar ocioso”.

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    Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".