Niños en una favela de Brasil
Niños en una favela de Brasil

Fue una de las cosas que más me llamaron la atención cuando visité Brasil, hace alrededor de 15 años: había niños por todas partes. Ya fuera en las grandes ciudades o en los pueblos más pequeños, y también en las bulliciosas y anárquicas favelas, te cruzabas con decenas de niños y adolescentes por dondequiera que pasearas.

Me he acordado de esta anécdota porque acabo de leer el informe sobre población en España que ha publicado hace unos días el Instituto Nacional de Estadística (INE). La conclusión es demoledora: nuestro país se encuentra sumido en una debacle demográfica. Durante el primer semestre de 2017, se produjeron 32.000 fallecimientos más que nacimientos.

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¿Acaso no nos preocupa saber que nos estamos muriendo; que somos una población cada vez más envejecida y paralizada?

Curiosamente, entre las diez principales preocupaciones de los españoles que suele recoger el CIS, no aparece la de este invierno demográfico. Figura el paro, la corrupción, el terrorismo internacional, la política, la sanidad, pero no la baja natalidad. Son todos ellos problemas trascendentales, sin duda, pero, ¿acaso no nos preocupa saber que nos estamos muriendo; que somos una población cada vez más envejecida y paralizada?

Y, al mismo tiempo que nos invade un enfermizo culto al cuerpo y una búsqueda incansable de la eterna juventud, paradójicamente los niños son más escasos.

Lo interesante es bucear en las causas que provocan este parón en los nacimientos. Según ha publicado Religión en Libertad , el demógrafo Alban D´Entremont afirma que este “suicidio demográfico” se debe, básicamente, a que los españoles “no quieren tener hijos porque prefieren otra vida”. “Es un problema de valores más que de dinero”, explica.

Me temo que aquí puede encontrarse el nudo gordiano del asunto. Un niño “te quita” de otras cosas: “te quita” de viajar siempre que quieras; “te quita” de poder comprarte un coche nuevo con más frecuencia; “te quita” de tener un televisor más grande; “te quita” de poder salir al cine y a cenar siempre que te apetezca.

Hemos suprimido los niños de nuestra sociedad y, de pronto, se nos ha envejecido el alma y nos hemos vuelto calculadores y fríos. Aún recuerdo cuando, siendo aún un crío, vi por primera vez una urbanización que no permitía vecinos con hijos pequeños. Después llegaron los hoteles donde no se aceptan a menores y los vagones del silencio en los trenes.

¿Nos hemos vuelto tan egoístas que preferimos una sociedad, sí, muy cómoda y sofisticada, pero que se muere en silencio, a otra donde reinan las carcajadas y la algarabía propias de los más pequeños?

Estos días he estado viajando por varios pueblos de Castilla. Castilla y León es, de hecho, una de las regiones que ha perdido más población según el INE. La despoblación llega a cotas gravísimas en provincias como Soria, Zamora o Palencia. En los pueblos cada vez hay más casas cerradas y abandonadas, y los colegios rurales tienen más dificultades para llenar sus pupitres de alumnos. Ya ni el parche de la inmigración sirve para frenar esta debacle demográfica.

Tenemos a muchos jóvenes buscando alargar su juventud y acortar sus responsabilidades, sin un proyecto claro de vida

Y los políticos no quieren poner solución a este problema. Fomentar la natalidad suena demasiado antiguo, demasiado intervencionista, demasiado franquista. Y un gobierno –máxime si es del PP-, jamás hará nada que pueda recordar remotamente a Franco. Financiaremos campañas para fomentar el uso del condón entre los jóvenes, pero no invertiremos un euro en educar a los chicos en los valores y la familia.

Así tenemos a muchos jóvenes buscando alargar su juventud y acortar sus responsabilidades, sin un proyecto claro de vida, sino algo más bien errante y superficial, porque no han tenido modelos hacia los cuales sentirse atraídos.

Y me vienen a la cabeza esos recuerdos de los niños de Brasil, mientras paseo por estos pueblos despoblados de Castilla.

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Álex Navajas es periodista. Contertulio habitual de El Gato al Agua, de Intereconomía TV, ha trabajado once años en La Razón y dirige su propio Gabinete de Comunicación. Imparte también cursos y seminarios de formación.