Nuestro ángel de la guarda negro

    Aquel hombre se convirtió, de esa manera tan sencilla, en un ejemplo para toda la familia. No nos conocía, no sabía cuánta sed teníamos realmente y, por supuesto, ni se imaginaba lo que aquello iba a suponer para nosotros…pero no dudó en dar lo que tenía.

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    Cuando llegamos a la estación del tren de cercanías de París para coger el tren de vuelta al camping, acabábamos de perder el último. Por lo visto nuestra estación estaba en un sitio al que llegaban pocos trenes y el último acababa de pasar a las 20.30…

    Después de esperar 45 minutos, pudimos coger uno que nos dejaba unas estaciones más allá. Nos bajamos en algún sitio en los alrededores de Versalles, eran ya pasadas las 23.00…a esas horas en Europa ya está todo el mundo durmiendo, aunque sea julio.

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    Llevábamos un cansancio importante encima, la mañana la habíamos pasado de viaje y la tarde en la Torre Eiffel venga a subir y bajar escaleras, además se nos perdió Pablo y dimos más vueltas que una peonza y nos chupamos el doble de escaleras buscándole, con su congoja correspondiente.

    Pero lo que más pesaba era la preocupación de estar tirados en París por la noche sin saber ni dónde estábamos ni cómo llegar a nuestra estación para coger el coche que andaba aparcado por allí…. Además no habíamos cenado esperando a llegar al camping, y el desánimo cundía en la tropa.

    Echamos a andar un poco al tun-tun, buscando la parada del autobús que supuestamente nos llevaba cerca de nuestra famosa estación. Yo tiré por un lado, con la sillita de Carmen en una mano y María en la otra, los demás iban unos por un lado y otros por otro buscando también la parada. No había ni un alma….

    Uno de ellos se acercó rápidamente: “no, señora, por ahí no, es hacia el otro lado y tiene que cruzar, yo la ayudo”

    Por fin, vi una parada de autobuses y dos hombres negros, muy negros, esperando el autobús, y me lancé a preguntarles. Sé nada o casi nada de francés pero la angustia me hizo hacerme entender rápido. La ansiada parada de autobús estaba cruzando la calle, unos 50 metros más allá.

    Con una inmensa sonrisa de alivio, les di las gracias mil veces y me di la vuelta para ir a avisar a los demás. Uno de ellos se acercó rápidamente: “no, señora, por ahí no, es hacia el otro lado y tiene que cruzar, yo la ayudo” (o algo así debió decir). Yo le dije como pude que tenía que avisar al resto y entonces aparecieron Paco y los otros 8 niños….El hombre sonrió y se colocó en mitad de la calle para parar los coches mientras cruzábamos.

    Familia numerosa
    Familia numerosa, en una de sus configuraciones más frecuentes.

    Y allí todos esperando en la parada, con una mezcla de entusiasmo porque parecía que ya sí llegaríamos, después de más de 2 horas, y de preocupación por si aquello no funcionaba y no llegábamos a buen puerto. Eran ya como las 23.45. Los dos hombres seguían en su parada, y cada vez que pasaba un autobús, nos iban avisando de que no era el nuestro.

    Al cabo de un rato se acercó a nosotros corriendo, le vi llegar y no podía creérmelo, ¡¡nos traía dos botellas de agua!!

    Mi hijo Paco, que sí sabe francés, le había preguntado a uno de ellos dónde podíamos comprar agua. Nos dijo que teníamos que volver a la estación de tren, que ya no había nada abierto…pues nada, qué le vamos a hacer, ya no podemos volver y arriesgarnos a perder el bus, gracias igualmente, buen hombre.

    Al cabo de un rato se acercó a nosotros corriendo, le vi llegar y no podía creérmelo, ¡¡nos traía dos botellas de agua!!.

    Aquel hombre había subido corriendo a la estación, tres manzanas cuesta arriba, había comprado las dos botellas y nos las había traído corriendo también. Os puedo asegurar que aquello tan sencillo, tan “poca cosa” aparentemente, dejó una huella en nuestro corazón.

    Sólo fue un pequeño detalle de generosidad y desinterés, no fue algo llamativo, ni tampoco una gran heroicidad, es verdad, pero aquel hombre calmó nuestra sed y también nuestra preocupación, porque sabíamos que hasta que no nos subiésemos al bus correcto, no se iba a mover de allí. Y además nos llenó de una alegría contagiosa al haber palpado la bondad.

    Aquel hombre se convirtió, de esa manera tan sencilla, en un ejemplo para toda la familia. No nos conocía, no sabía cuánta sed teníamos realmente y, por supuesto, ni se imaginaba lo que aquello iba a suponer para nosotros…pero no dudó en dar lo que tenía.

    Nuestro ángel de la guarda negro subió corriendo la calle, compró las botellas y nos las trajo…y nos enseñó el gran valor de lo pequeño.

    «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». (Mt 40, 45)

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    Orgullosa de ser mujer, esposa de Paco y madre de 10 hijos. Estudié Filología Inglesa, pero acabé por entregarme -feliz- al cuidado de mis hijos. También presido Profesionales por la Ética y la plataforma Women of the World. Además, he escrito un libro (Mi historia y once más, Ed. Áltera) y tengo un blog con el mismo nombre. [https://mihistoriayoncemas.wordpress.com/home/] Reivindico la esencia de lo femenino y lo masculino (diferentes, gracias a Dios) en su complementariedad.