Algunos han hablado de “parto de los montes” al referirse a la relatio final del Sínodo de la Familia. En el punto más polémico y potencialmente más destructivo –la comunión de los divorciados vueltos a casar- se ha optado por una enrevesada redacción (el parágrafo 85) que suena a solución de compromiso que intenta dejar la puerta abierta a diversas interpretaciones: “Es entonces tarea de los presbíteros acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del obispo”.

A nadie se le oculta que las orientaciones de los obispos “progresistas” irán en la dirección de la permisividad. En otros puntos, sin embargo, parece reafirmarse con claridad la doctrina tradicional.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

La asamblea ha consistido en gran parte en un choque de la Centroeuropa “aperturista” con el ÁFRICA “conservadora”

Hay una sensación de cierto alivio: se han limitado los daños y se ha evitado por el momento lo que parecía un asalto frontal a la doctrina de la Iglesia en materia de matrimonio y sexualidad. No debería minimizarse, sin embargo, la gravedad de lo ocurrido: un número no despreciable de obispos del primer mundo (especialmente alemanes, belgas y austriacos) han postulado a cara descubierta la claudicación de la Iglesia en todos los asuntos que implican conflicto con la moral hedonista dominante.

Permitir abiertamente la comunión de los divorciados vueltos a casar habría significado asumir que no están en pecado, y por tanto que sus primeros matrimonios eran disolubles. Aprobar la cohabitación extramatrimonial o las relaciones entre personas del mismo sexo habría supuesto tirar por la borda la moral sexual que la Iglesia ha sostenido durante dos milenios, y que es la única compatible con las Escrituras.

Dos bandos encontrados

El Sínodo ha puesto de manifiesto la profunda división de la Iglesia en esos temas. La resistencia a la rendición la han protagonizado obispos norteamericanos, australianos, polacos y, sobre todo, africanos. La asamblea ha consistido en gran parte en un choque de la Centroeuropa “aperturista” con el África “conservadora”. Los sinodales centroeuropeos aspiraban a que la Iglesia universal convalidase la pastoral laxa que viene de hecho aplicándose en sus países desde hace décadas.

Y esto merece una reflexión: la Iglesia centroeuropea no es precisamente un dechado de vitalidad. Sus lujosos templos están semivacíos, con una feligresía menguante y de cabellos blancos. ¿Cómo se atreve a pretender exportar sus recetas? La Iglesia africana, en cambio, ofrece un panorama vibrante de juventud, seminarios llenos, impulso misional… ¿Quién está en condiciones de dar lecciones?

Tenemos, además, la experiencia de las Iglesias protestantes “progresistas”. No hay “apertura” moral que no haya sido ensayada por ellas: de la aceptación del aborto a la de la práctica homosexual y el sexo prematrimonial; de la del divorcio, a la de la anticoncepción. Y, año tras año, las denominaciones más permisivas (episcopalianos, United Church of Christ, etc.) pierden adeptos, en tanto que las más “conservadoras” los ganan.

La firmeza de la Iglesia

Hubiera merecido la pena que los padres sinodales presentaran atención a la carta abierta de más de cien intelectuales y clérigos del mundo anglosajón convertidos al catolicismo desde el agnosticismo o el protestantismo “progresista”. Explicaron que una de las razones que más influyeron en su conversión fue precisamente la firmeza con la que la Iglesia mantenía su doctrina de siempre en materia sexual-familiar.

Ellos han experimentado en carne propia –en sus vidas privadas y/o en la vida colectiva de sus países- las consecuencias de la permisividad, de la incapacidad de compromiso definitivo, de la volatilidad de las relaciones…: “Al darnos cuenta de cuan dañinos eran los conceptos populares sobre la sexualidad humana, y cuando algunas de nuestras congregaciones [protestantes] empezaron a ceder ante la cultura dominante, […] empezamos a sospechar que había algo muy acertado en el criterio de la Iglesia [católica]. Aunque fuesen impopulares, las enseñanzas de la Iglesia nos parecieron curiosamente atractivas”.

La Iglesia ha seguido siendo una referencia y un aliento para los que luchan contra el aborto

En realidad, no es un fenómeno nuevo. Ya en el siglo XIX, con el movimiento de Oxford, y en las primeras décadas del XX, con la oleada de conversiones de importantes intelectuales (Chesterton, Waugh, Benson, Knox, Green…), la Iglesia mostró una potente capacidad de atracción estrechamente relacionada con su solidez doctrinal y su imperturbabilidad frente al vaivén de las modas culturales.

Los náufragos de la modernidad tenían una balsa en la que refugiarse. En tiempos más recientes, la Iglesia ha seguido siendo una referencia y un aliento para los que luchan contra el aborto, contra la ideología de género, contra la deconstrucción familiar… El mundo necesita esa roca. Que no veamos nunca su autodemolición.

Comentarios

Comentarios

Compartir
Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).