Escena de Natividad
Escena de Natividad

El escritor y periodista Ignacio Peyró, director del Instituto Cervantes en Londres, es un profundo conocedor de la literatura y la idisioncrasia británicas. Traductor y prologuista de autores como Evelyn Waugh o Rudyard Kipling, es autor de Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola, 2014), un delicioso compendio de lo inglés que lo mismo glosa a Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, que el sandwich de pepinillo, la carga de la brigada ligera cantada por Lord Tennyson que los pantalones campana de Portobello Road.

Un libro, por cierto, muy apropìado para regalar estas Navidades.

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Pues bien, Peyró previene frente al peligro de que se nos empachen las Pascuas y terminemos echando pestes de ellas, ahora que se está poniendo de moda mirarlas con una mezcla de escepticismo y misantropía. Lo hace un articulo publicado en El Mundo.    

El autor comienza describiendo cómo se ha puesto de moda echar pestes de la Navidad:

“«Los niños arruinan la Navidad», «Por qué voy a pasar de la Navidad», «Declaremos la guerra a la Navidad»: de juzgar por sus titulares, el episodio bíblico que los columnistas de The Guardian conmemoran el 25 de diciembre se parece menos al nacimiento de Jesucristo que a las Lamentaciones de Jeremías”.  

Y no niega que haya motivos para que nos empache el hartazgo de consumismo y la alegría obligatoria de estos días:

“Desde luego, no faltan las tentaciones para malquerer la Navidad. Todo conspira en su contra. Esa vomitona de renos. Esa sobrecarga de campanillas. (…) Nótese también cómo puede llegar a estomagarnos la alegría obligatoria o la vejación que implican los buenos sentimientos cuando su única finalidad es hacernos sentir bien”.

“Tenemos esas torturas contemporáneas que, bajo el nombre de cena de empresa, nos inflan de cava caliente hasta que el chico de contabilidad termina bailando a lo Tom Jones”

Por no hablar de las cenas de Navidad, el cuñadismo y otras servidumbres indigestas:

“Después, a modo de descabello, tenemos esas torturas contemporáneas que, bajo el nombre de cena de empresa, nos inflan de cava caliente hasta que el chico de contabilidad termina bailando a lo Tom Jiones y la jefa de marketing se retira al baño con una crisis de llanto inexplicable”.

Todo es comprensible y humano. Lo malo es cuando la Navidad (o mejor dicho esa percepción de la Navidad) nos convierte a todos en émulos del viejo cascarrabias Mr. Scooge, de El cuento de Navidad de Dickens, a través de la misantropía que Peyró define como “ese desprecio preventivo hacia el mundo que lleva dentro de sí el consuelo de sabernos superiores”.

Una imagen del novelista inglés Charles Dickens (Photo by John & Charles Watkins/Hulton Archive/Getty Images)

Esa misantropía “se va convirtiendo en un sentimiento tan mainstream como el propio escepticismo hacia la Navidad”.

Aunque apunta irónicamente: “Nadie ha abjurado en tal grado de las reuniones familiares como para pasar la Nochebuena solo en el McDonald’s, y nadie ha odiado tanto la Navidad como para que ese odio le lleve a renunciar a un langostino”.

Recupera el autor la Navidad cantada por Dickens y Chesterton, esa “fiesta pánica y cristiana que nos lleva a comer, beber y rezar como una trinidad de perfecta congruencia humana”.

Y cita Shakespeare, cuya frase quizá no suscribiría The Guardian ni los Mr. Scrooge contemporáneos: “Al acercarse el tiempo del nacimiento del Salvador, el ave de la mañana canta toda la noche, y ningún espíritu se atreve a vagabundear. Las noches son claras y no hay muchas influencias de planetas (…) Tan lleno de gracia es este tiempo”.

Porque aunque contemplemos las Pascuas con una mezcla de condescendencia y repelús, no podemos evitar que nos interpelen en lo más profundo de nuestro ser:

“De puertas adentro, la palpitación de intimidad de la Navidad llega al hondón de lo que somos: el tacto primero de la fe, el recuerdo de la maravilla, la inocencia como sabiduría deseable, el corazón como raíz de la mirada”.

Y añade:

“Por eso entronca con la memoria afectiva, con ese andamiaje del espíritu según el cual es posible dar amor porque se ha recibido: al fin y al cabo, el niño que nace en Belén, como cualquier niño, va a necesitar amor para simplemente no morir. He ahí una lección que ilumina la verdad con la bondad: «transformar en amor la dependencia humana»”.

El actor Dean Martin, junto a Frank Sinatra.
El actor Dean Martin, junto a Frank Sinatra.

“La vigencia de la Navidad tiene algo de anclaje contra el tiempo”, señala Peyró, y se remite a nuestro ADN más profundo, la infancia: “desde aquella mañana de aguanieve en que alguien nos llevó a coger musgo o la constatación de que cenamos con aquellos que se asomaron a nuestra cuna y se asomarán a nuestra tumba, tanta gente cuyo amor y cuya palabra nos dieron un significado. Incluso las penas -la memoria de los muertos- que nos asaltan por la Navidad figuran entre los dolores que aportan un relieve de sentido a la existencia”.

El autor concluye mezclando lo humano y lo divino, Dean Martin y el misterio

Pasa por el Belén, preñado de sutiles intuiciones y epifanías:

“Hay también un diálogo amoroso entre las miradas del belén, dentro de esa luz ensimismada: lo han sabido retratar tantos pintores que incluso podemos olvidar que ese diálogo está en cualquier madre con su hijo”.

Y concluye, mezclando lo humano y lo divino, Dean Martin y el misterio:

“Al meditar de estos asuntos, Tsvietáieva llega a decir que alguna dignidad superior tendremos a los ángeles, pues sólo nosotros fuimos hechos «a imagen y semejanza» de Dios. Es otra intuición que repasar mientras Dean Martin se arranca con el Let it snow y picamos del jamón cuando nadie mira”.

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