Violencia, cultura y feminismo

    José Carlos Rodríguez analiza el movimiento feminista tras el artículo publicado hace varios días por Arcadi Espada en el que desmontaba el negocio político del sexo.

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    Manifestantes feministas muestran su rechazo al anteproyecto de la Ley del Aborto de Gallardón/Fuente:EFE

    El otro día Arcadi Espada escribió un artículo que me hubiera gustado escribir a mí, cosa que ocurre a menudo. Diseccionaba el negocio (político) del sexo. Partía de la manifestación que tuvo lugar el 7 de noviembre, en la que centenares de organizaciones feministas llamaron a todas a compartir un haz de eslóganes.

    Se refieren a la violencia doméstica, pero le llaman ‘terrorismo machista’ o ‘terrorismo patriarcal’ y dicen que es “la más grave violación de los derechos humanos de las mujeres”. A tan elocuentes razones se le unieron otras propias del argumentario progresista, como la elección de un color, el morado.

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    Espada señaló algún que otro dato comprobable, como que hay países que son el epítome de la socialdemocracia y en los que hay más mujeres que hayan sido víctimas de algún tipo de violencia, aunque sea psicológica: el 52 por ciento en Dinamarca, el 47 en Finlandia, el 46 en Suecia o el 45 en Holanda.

    España es la quinta en la que menos incidencia hay, con un 22 por ciento, según la Agencia Europea para los Derechos Fundamentales (FRA). Mostró también algún hecho moral incontestable, como que las acciones son individuales y, por tanto, la responsabilidad también.

    La violencia doméstica es una realidad trágica. Pero a los ojos de algunos es, además, una oportunidad para cambiar la sociedad a su gusto. ‘La lucha’, es decir, el intento de modelar la sociedad, “será feminista o no será”, decía otra de las llamadas a la acción. Y esa ideología totalitaria, transformadora se llama ahora, retuerce la realidad para someterla a sus propósitos. El camino para hacerlo es el siguiente.

    La condición de hombre y machista se confunde

    Primero, de lo general a lo particular: hay una minoría que recurre a la violencia física en el ámbito doméstico. Dentro de ella hay una mayoría de hombres. Ahora, de lo particular a lo general: no son sólo esos hombres, son todos, pues la condición de hombre y machista se confunde.

    El motivo de ello es el culturalismo de la izquierda: los fenómenos sociales son culturales, lo que a su entender equivale a arbitrario y moldeable. Y nuestra cultura tiene, entre todos sus pecados originales, el del machismo.

    Este razonamiento se podría aplicar, sin perder su carácter falaz, a cualquier otra regularidad estadística. Por ejemplo: la tasa de condenados por cada 1.000 habitantes es casi tres veces superior entre los extranjeros que en los nacionales. O, para el caso que nos ocupa, el número de víctimas es también el triple entre las nacidas en el extranjero frente a las nacionales.

    Si se trata de mirar el peso de la cultura, y volviendo a los datos de la FRA, todos los países que están por debajo de la media son de mayoría católica u ortodoxa. La única excepción es la República Checa, con una mayoría de personas no religiosas, y donde la primera denominación religiosa es la católica. Muy cerca de la media, pero por encima, está Estonia, un país muy poco religioso.

    El país de mayoría protestante que tiene una posición más baja (tres puestos por encima de la media) es Alemania, y allí la comunidad católica es prácticamente igual. Nuestras feministas aún no han pedido la expansión del catolicismo a los vecinos luteranos.

    Las víctimas de la violencia doméstica merecen atención y ayuda, pero no el uso ideológico que se hace de ellas

    Las víctimas de la violencia doméstica merecen la atención y la ayuda que se les presta, pero no el uso ideológico que se hace de ellas, y del que también son víctimas. No contamos con datos fiables de la incidencia de la violencia en casa en las décadas pasadas.

    Pero estoy seguro de que esa estadística nos mostraría un descenso consistente de esta violencia, como ocurre con todas las demás. El descenso de la violencia es uno de los hechos sociales más importantes y desconocidos de nuestro tiempo. Steven Pinker ha recogido esta tendencia en Los ángeles que llevamos dentro (Paidós). Y el motivo de que estemos domeñando nuestros instintos violentos es precisamente nuestra cultura, la que desprecian y odian nuestras feministas moradas.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.