Vivir para Dios o vivir para el ídolo

    El ahora es lo que cuenta. Mañana, ya veremos. Se rehúye del porvenir y de la trascendencia; de todo aquello que obligue a pensar y a elaborar un mínimo plan de futuro.

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    Jóvenes pasan su tiempo libre en el césped/EFE.

    Creo que la anécdota es de san Felipe Neri. Cuentan que el santo se encontró con un joven del que sospechaba que tenía vocación, pero al que el mundo tenía atrapado

    – ¿Qué planes tienes para tu vida?- inquirió el sacerdote.
    – Pues quiero empezar a estudiar en la universidad- contestó el joven.
    – ¿Y después?
    – Bueno, espero encontrar un buen trabajo.
    – ¿Y después?
    – Me gustaría casarme, tener hijos y fundar una familia.
    – ¿Y después?
    – Pues, padre, espero seguir trabajando, ver crecer a mis hijos, comprarme una buena casa y dedicarme a mis aficiones, hasta que llegue a la jubilación-prosiguió.
    – ¿Y después?
    – ¡Padre, qué preguntas tiene usted hoy! Pues disfrutaré de mi vejez, de mis nietos y de mis posesiones hasta que… hasta que muera…
    – El santo sonrió, le observó y le volvió a preguntar:
    – ¿Y después?

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    San Felipe Neri quería hacerle caer en la cuenta a este joven que la vida es una, que es efímera y que más vale tener claro qué se quiere hacer con ella. En definitiva, para qué vives; quién es tu Dios o, al menos, tu ídolo al que sacrificas todo. Porque la vida es eso: o vives para Dios o vives para el ídolo del dinero, del placer, de la aceptación, de la comodidad o del propio ombligo. El que no se arrodilla ante Dios termina arrodillándose ante cualquier ídolo.

    «Me parece que muchos jóvenes de hoy en día viven sin tener muy claro para qué viven»

    Y esto no es una cuestión exclusivamente religiosa. Es, sencillamente, tener un sentido y fundamento en la vida. Me parece que muchos jóvenes de hoy en día viven sin tener muy claro para qué viven. Van malgastando segundos de su vida en cosas más o menos fútiles como si esos segundos formasen una cadena inagotable e infinita.

    “¡Carpe diem!”, les dicen, y muchos lo han tomado como lema válido de vida. Sí; aprovecha el momento, pero aprovéchalo para llenarlo de sentido. Que la juventud no se convierta en el engaño de creerse eterno.

    Esto viene a cuento de que últimamente he observado a algunos youtubers populares -cuyo trabajo, dicen, es producir vídeos para el entretenimiento de sus seguidores- marchar a países remotos buscando, en el fondo, algo que llene sus vidas. Se sienten libres, dicen, recorriendo selvas, junglas, playas paradisíacas y lugares recónditos y alejados de la civilización y de la rutina, desde donde nos mandan sus vídeos por YouTube y sus stories de Instagram. Y cientos de miles de jóvenes siguen cada uno de sus avatares e imitan sus conductas.

    Viven el momento. No parecen plantearse la vida más allá de la semana que viene o del próximo mes. Hace poco, uno de ellos se fue a vivir con su novia.

    – ¿Pero qué plan de futuro tienes? ¿Es la mujer de tu vida, os queréis casar y tener hijos o qué?, le pregunté.
    – Quita, quita –me dijo torciendo el gesto-. Ahora estoy a gusto con ella y ya está.

    El ahora es lo que cuenta. Mañana, ya veremos. Se rehúye del porvenir y de la trascendencia; de todo aquello que obligue a pensar y a elaborar un mínimo plan de futuro.

    Sucumben ante el culto al cuerpo. Proliferan los gimnasios, los estudios de tatuajes y de piercings. “Me voy a hacer un tatuaje”, anuncian, y graban todo el proceso en vídeo. Ahora luce bien. Son chicos y chicas jóvenes, y el tatuaje está recién grabado sobre la piel tersa y fina. Esos muchachos, ¿se han planteado que, dentro de unos años, sus tatuajes no serán más que unos amorfos gurruños de tinta sobre su piel arrugada y flácida?

    Y es que el tiempo avanza, segundo a segundo, inexorable e incansablemente, hacia la eternidad. Algunos se limitan a dejar que su vida vaya corriendo, como agua que se filtra entre los dedos, sin darle un sentido o trascendencia. Quizás ese sea el drama de muchos de nuestros jóvenes de hoy en día: la falta de trascendencia y de horizonte en sus vidas.

    Desde la educación, además, no se ayuda. El objetivo de colegios, institutos y universidades es construir un perfecto homo faber: hombres y mujeres perfectamente capacitados para integrarse en la cadena de producción y consumo de la sociedad, pero que no se planteen demasiado las cosas. Personas, en definitiva, superficiales, materialistas, maleables e influenciables.

    Y, ante esto, resuena de nuevo la pregunta de San Felipe Neri a los hombres y mujeres de nuestro tiempo: “¿Y después?”.

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