Carta a un periodista joven

    Leí hace unos días un reportaje "de investigación" que publicaste en un conocido periódico digital. Resulta que el tema que abordabas lo conozco bastante bien, de primera mano, además de haber tratado personalmente con varias de las personas que citabas en tu artículo.

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    Foto de varios medios de comunicación durante un rueda de prensa
    Foto de varios medios de comunicación durante un rueda de prensa

    Estimado compañero de letras:

    Leí hace unos días un reportaje «de investigación» que publicaste en un conocido periódico digital. Resulta que el tema que abordabas lo conozco bastante bien, de primera mano, además de haber tratado personalmente con varias de las personas que citabas en tu artículo. El escrito estaba plagado de numerosos epítetos y descalificaciones hacia esos individuos, y me dolió ver que les ponías a los pies de los caballos de la opinión pública con medias verdades, abiertas falsedades y deliberadas ambigüedades.

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    Vi tu firma en el artículo, así que decidí averiguar quién eras, por curiosidad. Por tu foto intuí que hacía poco que habías dejado la facultad de Periodismo y que no habías cumplido aún la treintena. Sin embargo, ya escribes en un conocido medio de comunicación que tiene centenares de miles de lectores.

    Tu reportaje abría con un impactante, estridente y demoledor titular, que logró aupar tu noticia a las primeras posiciones de los temas más leídos del día y hacerse un hueco destacado entre las tendencias de Twitter. Solo había un ligero defecto en él: que era falso. O, si lo prefieres, que estiraba tanto la verdad de las cosas que la hacía irreconocible. Pero supongo que te dejaste guiar por ese viejo aforismo periodístico de que “la realidad no te estropee un buen titular”. Y tu titular era bueno, eso no te lo niego.

    Tengo algunos años más que tú, de edad y de profesión, aunque me encuentro lejos de ser eso que algunos llaman “un periodista de raza” o un veterano de los medios de comunicación. Soy un periodista corriente, un junta letras del montón, un plumilla que apenas hace ruido. O, como lo decía el gran Azorín, “Lector: yo soy un pequeño filósofo; yo tengo una cajita de plata de fino y oloroso polvo de tabaco, un sombrero grande de copa y un paraguas de seda con recia armadura de ballena. Lector: yo emborrono estas páginas en la pequeña biblioteca del Collado de Salinas”.

    Por eso permíteme que te hable no como el que ha coronado la cumbre de la experiencia y la sabiduría y desde allí goza de una extraordinaria vista, sino como el que hace un pequeño alto a mitad del camino y puede ya contemplar algo de la grandeza del paisaje.

    Me puedo imaginar la ilusión con la que recibiste la noticia de que te habían seleccionado para trabajar en el medio nacional en el que ahora escribes. ¡Tú, con veintipocos años, que hacía muy poco que deambulabas por los pasillos de tu facultad de periodismo con el ordenador portátil bajo el brazo!

    El sueldo era tacaño, las horas frente al ordenador casi infinitas y las condiciones laborales rayaban lo ilegal (y eso que el medio en el que escribes se las da de social y denuncia las maldades del sistema capitalista y opresor), pero habías logrado tu sueño de colocarte en un potente grupo de comunicación.

    Pronto te diste cuenta de que, cada vez que publicabas algo, las redes sociales se llenaban de una respuesta inmediata: los lectores opinaban, retuiteaban tu artículo y se producía un acalorado debate. Después llegó ese día mágico en el que un conocido político se basó en una información tuya para hacer unas declaraciones a la Prensa que tuvieron resonancia en todo el país.

    Aprendiste a titular: ya sabías qué palabras atraían la atención de tus lectores y cómo enfocar tu noticia para que lograra muchos más clicks. A veces era necesario estirar un poco el titular, aunque no se ajustase exactamente a la realidad, para cosechar unas cuantas visitas más. A medida que esto ocurría, notabas que tu jefe en la Redacción no te llamaba la atención, sino que, al contrario, te felicitaba en público por haber escrito una de las noticias más leídas del día. “Le hemos dado una buena bofetada a ese cabrón”, te decía mientras te daba una palmada en la espalda, sin reparar demasiado en si lo publicado era veraz o no o si lo habías inflado o desvirtuado un poco.

    Comenzaste a sentir la adrenalina en las yemas de tus dedos cada vez que subías uno de tus artículos y comprobabas cómo los likes se multiplicaban. Más adelante, varias instituciones y hasta partidos políticos se vieron obligados a salir al paso de informaciones tuyas porque les habías dado ahí donde duele.

    Tu nombre comenzó a sonar; te llamaron de algunas tertulias de radio y televisión y tu cuenta de Twitter subía como la espuma. Te empezaste a sentir embriagado por el incipiente éxito: se estaba convirtiendo en una droga que te iba enganchando. Poco a poco fuiste abandonando la idea de contar fielmente los hechos para pasar a relatar la versión del modo que obtuviera más visitas en internet.

    Quizás sin ser plenamente consciente –trato, en cierto modo, de justificarte-, sacrificabas el buen nombre de algunas personas e instituciones en aras de mantener la atención de tu público. A muchos de tus lectores les diste lo que inconscientemente te pedían: más madera, más sangre, más vísceras, más sensacionalismo. Y es que los lectores muchas veces no quieren que les cuentes la verdad, sino aquello que quieren oír. En el fondo detestan la información veraz; lo que buscan es que les confirmes en sus ideas. El periodista, claro, no debe caer en esta transacción maléfica de mercancía averiada, pero lo cierto es que, en ocasiones, cae.

    Es entonces cuando el periodista deja de ser un notario de la verdad y pasa a convertirse en un lacayo que se vende por 30 monedas de plata al mejor postor o, peor, aún, en esclavo de su reducido y tiránico punto de vista. Porque, si me permites recordártelo, todos somos un poco esclavos de nuestros limitados, escuálidos y angostos puntos de vista y de nuestras ideologías.

    Muchos, cuando llegan a este punto de su vida profesional, pierden toda ilusión primigenia y se tornan mal encarados, agrios, cínicos, soeces y corrosivos. Es lo que ocurre cuando nos vence el orgullo y la desesperanza se establece como patrón de nuestras vidas.

    Pero supongo que esto no lo verás aún. Supongo que, sencillamente, aceptarás las reglas del juego, aunque al principio no te gusten. Te dirán que dejes aparcada tu ética y tu moral, que aquí se viene a trabajar y a mantener el periódico a flote, que para eso hacen falta muchos clicks en tu noticia para poder seguir recibiendo publicidad y que te dejes de disquisiciones e idealismos. Sin que te hayas dado cuenta, te habrán robado la ilusión y te habrán arrastrado a su terreno.

    En fin, compañero de letras, no deseo todo esto para ti. Pero al ver tu foto sobre el artículo injusto y tendencioso que has publicado, un escalofrío me ha recorrido la columna y me han venido estas ideas a la cabeza. ¿Habremos convertido el noble e indispensable ejercicio del Periodismo en un reflejo de nuestras miras raquíticas y de nuestros intereses espurios? ¿Nos habremos limitado los periodistas a ser meros voceros de quien ostenta el poder y en correa de transmisión para inundar de ideología las cabezas de los lectores? Sé que no es así en muchos casos. Confío en que no llegue a ser el tuyo.

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