El sentimentalismo “ha arruinado las vidas de millones de niños creando una dialéctica de excesiva indulgencia y abandono
El sentimentalismo “ha arruinado las vidas de millones de niños creando una dialéctica de excesiva indulgencia y abandono" según Theodore Dalrymple.

El año pasado apareció la primera traducción al español de un libro del médico y escritor británico Anthony Daniels, que escribe bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple. Se trata de Sentimentalismo tóxico, publicado por Alianza Editorial.

Estamos rodeados de mensajes que nos urgen a aceptar que el poder político crezca cada vez más por razones sentimentales. Para el doctor Daniels esto logra efectos contrarios a los pretendidos: “Ha arruinado las vidas de millones de niños creando una dialéctica de excesiva indulgencia y abandono. Ha destruido los estándares educativos y causado una grave inestabilidad emocional… Ha sido precursor y cómplice de la violencia en los ámbitos en los que se han aplicado políticas sugeridas por él”.

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La clave del sentimentalismo tóxico es que pulveriza la responsabilidad individual en todos los campos. Daniels, que trató durante años con drogadictos, rechaza la idea generalizada de que la drogadicción es como la peste, que lo contagia a uno sin querer, porque las adicciones no se producen mágicamente la primera vez que se prueban las drogas.

El intervencionismo moderno porstula que si soy pobre es por culpa de los ricos, si no tengo casa el poder debe usurpar el dinero de los demás para dármela

Al contrario, se requiere insistencia, por lo que “considerar a los drogadictos víctimas de una enfermedad es sentimentalismo en su estado más puro”.

Pensar que las personas son víctimas, de las drogas como de la pobreza o la desigualdad, puede atraer a personas cristianas, y son muchas las que creen, de esta forma, que la solución de la pobreza es quitarles el dinero a los ricos y dárselo a los pobres.

Portada de 'El sentimentalismo tóxico' de Theodore Dalrymple.
Portada de ‘El sentimentalismo tóxico’ de Theodore Dalrymple.

Según Dalrymple se trata de una visión más romántica que religiosa. Esa visión romántica idealiza al hombre primitivo y considera que nuestros defectos del presente se producen porque vivimos en una sociedad perversa. Así, si yo soy malo, es por culpa de la sociedad, no mía.

Esta irresponsabilidad es la base del intervencionismo moderno, según el cual si soy pobre es por culpa de los ricos, si no tengo casa el poder debe usurpar el dinero de los demás para dármela, etc.

“Se ha vuelto ventajoso –psicológica y, a veces, económicamente– reclamar la condición de víctima, porque ser una víctima implica beneficiarse de la injusticia”, dice Dalrymple

Esta sensiblería, que predomina en nuestro tiempo, no es cristiana, precisamente porque el cristianismo nunca elude la responsabilidad personal.

Dice Dalrymple: “El punto de vista cristiano es mucho menos sentimental que el laico. Los laicos ven víctimas por todas partes, hordas de gente sufriendo que necesitan ser rescatadas de la injusticia. En estas circunstancias se ha vuelto ventajoso –psicológica y, a veces, económicamente– reclamar la condición de víctima, porque ser una víctima implica beneficiarse de la injusticia. Por eso hay tantos privilegiados que exigen ser considerados víctimas mientras viven una vida de confort, libertad y oportunidades excepcionales si aplicamos los criterios de las generaciones precedentes”.

Nuestra obligación de cuidar del prójimo es nuestra, y no se satisface si obligamos a los demás que lo hagan, por ejemplo, pagando impuestos. El Buen Samaritano jamás habría sido puesto como ejemplo de amor al prójimo por Nuestro Señor Jesucristo si sus actos no hubieran sido libres sino forzados por una autoridad romana.

Y al revés, quienes presumen de buenos sentimientos porque quieren ayudar a los pobres arrebatándoles a los demás lo que es suyo, no son buenos, porque predican la coerción. Theodore Dalrymple concluye que el cristiano puede ser lúcido y compasivo a la vez, “cosa muy difícil para quien cree en la bondad natural del ser humano, que perdona todo porque afirma comprenderlo todo, pero que, en realidad, se vuelve indiferente e insensible”.

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Economista, periodista, profesor y conferenciante. De eso cobro. Todavía. Como cantante y actor no. Todavía.