Cruda realidad / El cartel de Sevilla y el odio a la inocencia

    Falta cosa de un mes, pero ya llega, ya se aproxima esa época del año en la que el mundo de la cultura y el de la oficialidad -tan a menudo uno y el mismo- redoblan sus usuales esfuerzos de tocarnos las narices a los católicos.

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    Una parte del cartel de la Asociación de Belenistas de Sevilla.

    Es ya casi una entrañable tradición navideña esa en Occidente porque, en un mundo donde cuesta dar los buenos días sin que se ofenda alguien y meterse en un lío, de algún modo hay que desfogarse y ¿qué mejor muñeco de pimpampún que los católicos, que por aquello de que no ponen bombas se les puede insultar impunemente, más: con el aplauso de los bienpensante?

    El Cristianismo viene a ser a nuestra cultura lo que la Rusia de Putin a la política: el ‘malo’ oficial al que uno le puede echar toda la basura encima, propia y extraña, que todo vale.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

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    En Twitter corre y es muy celebrada una Natividad gay con dos San José, da igual que la idea sea un disparate incluso si todo esto fuera un montaje y un mito, porque de lo que se trata es de ver la cara de esos estirados cristianos que se ofenden de que se haga burla del nacimiento del Hijo de Dios.

    Por supuesto, si una intenta hacerle ver al interesado que tiene la gracia donde las avispas el aguijón, lo normal es que el ofensor se haga el ofendido y diga que para nada era su intención la que resulta evidente o que no entiende en absoluto la polémica y el escándalo.

    Este es el caso de Manuel Peña, especializado en «hiperrealismo barroco» y autor del nuevo Cartel de la Navidad 2017, que presentó la Asociación de Belenistas de Sevilla.

    Cartel de la Asociación de Belenistas de Sevilla.

    La imagen muestra al arcángel San Gabriel sosteniendo una Giralda de la que emerge una azucena y… Bueno, mírenla y luego me dicen qué les sugiere.

    Exacto: que igual podría valer para anuncia el desfile del Día del Orgullo.

    Lleguemos a un acuerdo: nosotros los católicos no le hacemos la iconografía a los chicos y chicas del arco iris y ellos nos dejan en paz con nuestras cosas

    Porque si bien la costumbre dicta que lo importante es reírse del cristiano, los motivos cambian por temporadas, y ahora, desde hace unos años, toca trágala LGTBI: que el «amor que no se atreve a pronunciar su nombre», como lo definía Oscar Wilde, se ha convertido en el ‘lifestyle’ que no se calla ni debajo del agua y que, representando menos del 3% de la población, tenemos hasta en la sopa.

    Hay que ‘visibilizar’, repiten sin cesar quienes viven de la reivindicación constante y machacona. Tan espantoso neologismo significa, al parecer, que deben estar a todas horas y en todas partes los colectivos reivindicados, de modo que se nos acabe antojando que la mayoría somos la más exigua y despreciada de las minorías.

    Miren, lleguemos a un acuerdo: nosotros los católicos no le hacemos la iconografía a los chicos y chicas del arco iris y ellos nos dejan en paz con nuestras cosas, que son muy serias.

    Para amargarnos las pascuas ya tenemos a Carmena y a Colau con sus ‘imaginativas’ decoraciones e iluminaciones.

    En serio, de verdad, que sí, que somos muy raros y no tenemos otro mérito ‘cultural’ que el haber creado esta civilización de la que disfrutan y abusan, pero que nos dejen en paz con lo nuestro.

    Que sigan riéndose de nosotros a mandíbula batiente, faltaría más, este es muy país libre (especialmente para los grupos protegidos), pero que no me decoren la Navidad, que ya puedo yo sola.

    Pero mi queja sería aún más amarga si recuerdo que, después de todo, es culpa nuestra. El cartel de la discordia lo encargó la Asociación de Belenistas de Sevilla, de la que una esperaría cierto respeto, si no ya veneración, por el relato navideño.

    Para la modernidad, es odioso eso de celebrar el nacimiento de un Niño, que para colmo cuidan sus padres, cada uno del sexo correspondiente

    Yo sé que, para la modernidad, es odioso eso de celebrar el nacimiento de un Niño, que para colmo cuidan sus padres, cada uno del sexo correspondiente y sin ninguna de esas complejidades sentimentales tan del gusto de nuestra era.

    Herodes, en el relato evangélico, buscó al recién nacido para matarlo. Eso indica un poco el valor de nuestros enemigos, que esperan que Dios se haga niño para actuar contra él.

    La modernidad, que ni siquiera espera que nazcan millones de ellos para darles muerte, elige con el Niño Dios una técnica más sofisticada que la espada, la burla. Pero el resultado, se lo auguro, va a ser el mismo.

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