Figura de un ángel que sirve de decoración en Navidad / Pixabay
Figura de un ángel que sirve de decoración en Navidad / Pixabay

Apenas ha empezado el Adviento, pero el nuestro es un tiempo tan progresista que parece empeñado en vivir en pasado mañana, así que desde todas partes -ciudades tanto como grandes almacenes- nos recuerdan que la Navidad está ya a la vuelta. Abel Caballero, el inefable alcalde de Vigo, ya ha inaugurado las iluminaciones más cegadoras y el árbol navideño más grande, lo que me autoriza, creo, a tratar de algunas de las tradiciones más entrañables de estas fiestas.

Como periodista, el primer indicio de que las Navidades están ya próximas siempre ha sido la profusión de artículos denigrando el hecho histórico de la Navidad y su significación religiosa, que en España siempre se ha entendido el laicismo como una hostilidad irritantemente monótona con la religión aún mayoritaria de los españoles, fundante de sus modos y costumbres. Y eso hace que haya pasado a formar parte de esas entrañables tradiciones navideñas reciclar añosos argumentos en los que se explica por enésima vez que la Navidad es, en realidad, una fiesta pagana.

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Una no entiende muy bien qué quieren decir con eso. Estoy bastante segura de no adorar en estas fechas para las que todavía queda casi un mes a ninguna deidad pagana, ni habría liturgia céltica o germánica que fuera capaz de hacerme mover un músculo. Y, sin embargo, todos estos artículos tienen como subtexto la sugerencia de que a los cristianos nos han timado, haciéndonos pasar por cristiana una fiesta de cualquier otra religión.

No puede, evidentemente, ser más idiota la insinuación. Si la Iglesia, en su profundo conocimiento de la naturaleza humana, hubiera aprovechado fechas que ya eran significativas para los paganos conversos a fin de conmemorar las propias, eso no dejaría de ser una maniobra sabia e incluso caritativa para las poblaciones conversas, a sabiendas de que los seres humanos somos animales de costumbres y nada nos gusta más que celebrar.

Pero el pagano que antes brindaba por la resurrección de Baldr o la apoteosis de Mumbo Jumbo, una vez cristianizado, no tiene la menor duda de que lo que ahora celebra en la misma fecha es que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, lo que es motivo de inmensa alegría al punto de hacer la vista gorda con determinados excesos.

Así las cosas, cualquier cristiano medianamente informado lo está también de que probablemente el nacimiento de Cristo se celebra el 25 de diciembre para coincidir con el solsticio de invierno, el día más corto y la noche más larga, cuando tal pueblo pagano celebraba esto o aquello, que la excusa varía de unos autores a otros.

Es decir, que la Navidad es un ‘mito’ que tapa otro mito anterior. Bueno, pues parece que eso es, a su vez, un mito, y lo descartado como improbable tiene cada vez más visos de ser verdad. Para empezar, el solsticio no es fijo, nunca es el 25, y este año será el 21, además de todo.

William J. Tighe, profesor asociado de Historia en el Muhlenberg College de Allentown, Pennsylvania, se ha dedicado a investigar este asunto y presenta pruebas de que la celebración de la Navidad el día 25 de diciembre deriva de un serio intento por parte de las autoridades eclesiásticas durante el Imperio Romano de calcular la fecha exacta en la que nació Cristo a partir de las Escrituras.

Es más probable que el Sol Invicto se celebrara el 25 de diciembre para neutralizar la Navidad que al revés

De hecho, y brumosas fiestas nórdicas del solsticio aparte, es muy poco creíble que la Iglesia, producto de la romanidad, buscara para tan crucial fecha entre las celebraciones de los bárbaros. De haber querido ‘neutralizar’ una fiesta ya asentada, esta hubiera sido romana, y da la casualidad de que los romanos no tenían ninguna fiesta especial relacionada con el solsticio de invierno; se hecho, su religión tenía muy poco que ver con el culto solar.

El dato en el que se han basado casi todos los autores para deducir que la Iglesia ‘plagiaba’ al decidir la celebración del nacimiento de Cristo es la Fiesta del Sol Invicto decretada por el emperador Aureliano hacia 270, que se celebraba, precisamente, el 25 de diciembre.

ero Tighe concluye que dicha fiesta, que por otra parte no tuvo demasiada aceptación popular (es difícil ordenar por decreto a la gente que celebre y esté alegre), así como el culto que la sustenta, fue precisamente un intento del emperador de contrarrestar la creciente influencia cristiana. Es decir, que es más probable que el Sol Invicto se celebrara el 25 de diciembre para neutralizar la Navidad que al revés.

De hecho, toda la idea de que la Navidad tiene necesariamente que ser una mala copia de un ritual pagano tiene su origen en Paul Ernst Jablonski, un predicador calvinista alemán del siglo XVIII que aborrecía la celebración de la Navidad -fiesta que estuvo, por ejemplo, prohibida en la Inglaterra puritana de Cromwell- por lo que consideraba ‘influencias paganas’ en la misma.

Así que, concluye Tighe, la Navidad se celebra el 25 porque los primeros cristianos calcularon que era el día en que, efectivamente, había nacido Cristo. Para ello se basaban en una tradición judía, la de la ‘edad integral’, que hacía que patriarcas y profetas murieran el mismo día en que habían sido engendrados o habían nacido. Así, valiéndose de fuentes históricas, los cristianos de los primeros siglos se pusieron de acuerdo en que la Crucifixión había tenido lugar el 25 de marzo, y postularon que el 25 de marzo era, por tanto, también la fecha de la Encarnación. Sumando a esa fecha nueve meses de embarazo, concluyeron que Jesús había nacido un 25 de diciembre.

Naturalmente, esos cálculos pueden ser erróneos. La idea de la ‘edad integral’, aunque curiosa, no es precisamente una verdad de fe ni Cristo tenía por qué haber sido engendrado un 25 de marzo o nacido un 25 de diciembre. Pero cobra cada vez más sentido de la idea de que, al menos, el Día de Navidad no se estableció ni de modo caprichoso ni para ‘tapar’ alguna fiesta pagana anterior.

No es que quite ni ponga nada, para el creyente, aunque me resulta divertido retener los datos para callarle la boca a mi cuñado ateo estas Navidades. Con o sin el árbol de Navidad de Abel Caballero, sé, como saben ustedes, perfectamente lo que voy a celebrar la noche del 24 y el día 25 del próximo mes.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.