Cruda realidad / El salón erótico, Amarna Miller y el tedioso marketing de la blasfemia

    No me extraña que usen símbolos religiosos para promocionar su vil mercadeo. Lo que me produce hastío es su pretensión de ser 'transgresores' con su irreverencia, tan osada como ciscarse en Júpiter Capitalino.

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    Amarna Miller, actriz porno que protagoniza el anuncio /Youtube

    El Salón Erótico de Barcelona, una feria de muestras de la industria onanista, ha tenido a bien anunciarse con un vídeo presentado por Amarna Miller, una ‘actriz’ porno que tiene, además, su propia productora, con ínfulas políticas y pretensiones feministas.

    Bueno, vale, el negocio es el negocio y siempre habrá quien haga el pino puente con las orejas por rebañar unos euros.

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    Pero el vídeo en cuestión, titulado ‘Patria’, bate records en YouTube y tiene a todos los podemitas en Twitter promocionándolo gratis como entusiastas pajilleros, lo que tampoco nos extraña demasiado.

    Por no extrañarnos, ni siquiera lo hace que usen de forma blasfema los símbolos religiosos, a la Virgen y los sacerdotes, para promocionar su vil mercadeo. Lo que sí me produce un indecible hastío es su pretensión de ser ‘audaces’ o ‘transgresores’ con su irreverencia, tan osada como ciscarse en Júpiter Capitalino.

    Miren, señores: en  1857, cuando desenterraban del Palatino la llamada domus Gelotiana, se encontró un muro con una pintada datada hacia principios del siglo III. En ella podía verse un crucificado con cabeza de burro y la inscripción «Alexámenos adora a su dios». Vamos, que lo de burlarse del cristianismo no es precisamente de ayer, querida Amarna, y tenemos ya bastante callo.

    He dudado bastante antes de escribir sobre este asunto, porque entiendo que hay una tentación en buscar causas para escandalizarse y siempre he pensado que hay cosas mejores que hacer que quedarse señalando a los perros que ladran.

    Pero este vídeo y su ‘acogida’ me permiten volver sobre un tema en el que se debe insistir, y este es la ridícula imagen de una ortodoxia ideológica que lo domina absolutamente todo desde hace décadas y que se impone con puño de hierro al tiempo que pretende, a estas alturas, posar como rebelde y contracultural.

    Una verdadera blasfemia sería ofender alguno de los píos dogmas de la modernidad, pero no hay narices, porque toda esta audacia es cobardía, conformismo y promoción comercial

    Ya es casualidad que a todos les dé por lo mismo, que sea una obra de teatro con la más vulgar de las blasfemias como título, o meter un crucifijo en un horno, o hacer cartelitos con formas supuestamente consagradas.

    Nunca, jamás, ni por casualidad, hay una verdadera blasfemia, porque blasfemar con el coraje con que lo hacían los clásicos era enfrentarse a un poder en el que se cree o a una fe que puede llevarte a la hoguera, no una que al ofenderla te gana el aplauso de los idiotas y los borregos.

    Una verdadera blasfemia, la auténtica transgresión artística y sublime, sería ofender siquiera en lo mínimo alguno de los píos dogmas de la modernidad, pero no hay narices, porque toda esta audacia es cobardía, conformismo y promoción comercial.

    Piense el lector un segundo en la docena de tabúes de la modernidad, de sus tribus protegidas, e imagine cómo pagaría el osado la más inocente burla contra ellos. Pero no hace falta demasiada imaginación, porque el lector de Actuall tiene delante a diario pruebas de la persecución que sufren los disidentes.

    Eso de la inversión de valores que se achaca a la élite cultural de nuestro tiempo no es un mero lema sonoro y resultón, es literal. Hay una complacencia evidente en ensalzar lo que se ha considerado tradicionalmente bajo y vil, en santificar lo que se ha visto siempre como malo, en halagar como bello la fealdad, en el desprecio por lo que la gente -esa gente a la que tanto apelan los podemitas- ha juzgado durante milenios sagrado, puro, bueno, verdadero o bello.

    Aunque la ofensa es insondablemente menor, el propio título de ‘Patria’ no es gratuito, porque es lo sano y lo habitual que las personas amen y honren la tierra en la que viven, y ya hemos dicho que nuestros mandarines no soportan lo normal.

    Nos ofrecen el espectáculo de los feroces enemigos del capital contribuyendo al saneado ‘cash flow’ de este privadísimo negocio

    Es necesario, imperativo, mancharlo todo, arrastrarlo todo por el fango, no dejar en pie nada elevado a lo que la gente pueda aferrarse, porque todo eso, lo sano y -repito la palabra prohibida- normal les suena a estos popes de la modernidad como un reproche.

    En el vacío que dejan levantan como ídolos que adorar diosecillos a su mezquina altura, hetairas adornadas con pretenciosas plumas como esta Amarna, y nos ofrecen el carcajeante espectáculo de los feroces enemigos del capital contribuyendo al saneado ‘cash flow’ de este privadísimo negocio.

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