Houellebecq es un impostor. Y un exhibicionista. Y un maleducado grosero. Pero también, y sobre todo, es un espejo. Uno que refleja con triste nitidez lo que está sucediendo en esta Europa hipermoderna (Lipovetsky dixit), líquida (Bauman dixit) y más bien lamentable (pregunte en general…). Europeo entre los europeos con esa forma suya de ser tan irritantemente francés, la repugnancia que provoca corre en un paralelo a la decadencia de unos valores ya casi irreconocibles.

Michel Houellebecq es un impostor. De hecho ni siquiera se llama Michel Houellebecq. Nació en 1956 en la isla de Reunión y vivió su primera infancia en Argelia, pero como él mismo explica, a los seis años sus padres “perdieron interés en su existencia” y lo mandaron a vivir con su abuela paterna, cuyo apellido tomó para la profesión que lo ha hecho famoso. Ya en el colegio destacaba por su tremenda inteligencia y su desprecio por y desde el resto del género humano. Se licenció como ingeniero agrónomo y trabajó como informático. No duró mucho.

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Michel Houellebecq es un exhibicionista. La grisura de la vida laboral obstruía una latente necesidad de expresión. Descubrió la literatura y se dedicó a ella con su minuciosidad de nino prodigio, talentoso y raro a partes iguales. En 1994, el mundillo literario quedó deslumbrado con la novela Ampliación del campo de batalla. Cuatro años después, Las partículas elementales lo confirmó.

En busca de la polémica

Siempre provocador, la polémica aseguró su estatus. Y cómo le gusta el escándalo… Hasta la adicción. Acusado de misoginia e islamofobia, muchos le auguraban un final truculento. En 2011, desapareció del mapa. La noticia corrió como la pólvora y surgieron los rumores de un secuestro. Hasta que volvió con una sonrisa en los labios. El año pasado vio la luz una película, El secuestro de Michel Houellebecq, en la que el escritor se interpreta a sí mismo y habla de… sí mismo.

Michel Houellebecq es un transgresor grosero. Si en Las partículas elementales se reía de los sesentayochista mostrando con todo detalle la vorágine de sexo en que cae uno de ellos, en Plataforma se explaya en el turismo sexual de una forma desagradablemente complaciente. Por ejemplo.

Michel Houellebecq es un escritor notable. Por eso resulta tan lamentable tener que saltarse líneas para no ver comprometido el pudor o, directamente, sentir asco. Houellebecq domina la estructura de la novela, el ritmo y la escena. Sus personajes, si bien se parecen demasiado unos a otros (y todos al autor), resultan creíbles. Por eso repelen. La pobreza moral que padecen causa una especie de compasión y suena muy (demasiado) familiar. Su última novela, Sumisión, causó un revuelo formidable.

En ella retrata a un profesor universitario de la Sorbona culto, sensible y “bon vivant”, pero con un notable agujero donde debía estar el sentido de su vida. Desde una lucidez hiriente, asiste a la locura que se apodera de su país. La acción se sitúa en 2022.

Los islamistas moderados se hacen con el poder gracias a un pacto con los socialistas, que quieren evitar así un gobierno de ultraderecha.

Homenaje a Huysmans

La República gira bruscamente del laicismo al islamismo y el aburguesado pueblo francés lo asume. El protagonista también. Comienza la absorción de Europa por la cultura islámica. Queda claro en toda la novela que ni al autor ni al protagonista les hace ni pizca de gracia la situación. El segundo hace un significativo viaje al corazón del país en homenaje a Huysmans, el escritor del siglo XIX convertido al catolicismo al que consagró su tesis doctoral. Se deja notar la nostalgia por unos valores que el profesor, aún joven en la cuarentena, da por perdidos. Pero no quiere luchar. Islam significa sumisión, recuerda. Y él opta por aceptar el nuevo orden.

Houellebecq es islamófobo. Lo decían ya antes de escribir la novela. A él no le importa. Lo reconoce abiertamente, pese al peligro. Y se ríe.

Houellebecq es Houellebécqfobo. Y en realidad llora.

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