San Maximiliano Kolbe
San Maximiliano Kolbe

Antes que nada Feliz y Santo Año 2019 a los lectores de este humilde artículo. Espero que hayan pasado una Feliz Navidad y que el Año 2019 el Señor nos conceda lo que la Sierva de Dios Isabel la Católica le solía pedir en una de sus oraciones:

Tengo miedo, Señor, de tener miedo y no saber luchar.
Tengo miedo, Señor, de tener miedo y poderte negar.
Yo te pido, Señor, que en Tu grandeza no te olvides de mí;
y me des con Tu amor la fortaleza para morir por Ti.

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Eso sí, que antes de morir, demos un poco la lata en este mundo, si es la voluntad de Dios, con objeto de dejar un mundo mejor a los que lo hereden.

Gracias a unos amigos que me lo han dejado (prometí devolvérselo, pero no se mostraron muy preocupados salvo porque me lo leyera) estoy disfrutando del libro de André Frossard No olvidéis el amor, una biografía de San Maximiliano María Kolbe, a la luz de las Actas de su Proceso de Canonización.

Si bien estoy a la mitad de la lectura, lo que para un padre activista es ya todo un logro pues he de reconocer que he perdido la virtud de leer de forma continuada hasta el final de los libros, hay alguna idea que me ha parecido muy reveladora de lo que sucede muy a menudo tanto en la vida de la Iglesia como en la vida de organizaciones sociales.

La sociedad que vivimos, llamada con acierto líquida, anima a un afán de la novedad por la novedad, de lo nuevo por lo nuevo

En la parte del libro dedicada al lanzamiento de la Revista ideada por el futuro mártir, se indica:

“Ni una sola vez a lo largo de su vida se planteó Kolbe la pregunta que inquieta a los misioneros estériles: ¿Cuál es el lenguaje que se debe emplear para hacerse entender por los hombres de hoy?. Él no sufría esas perplejidades. Repetía lo que le decía su corazón y los corazones lo entendían.

…lo que atraía a la juventud … era su fe, el espacio ilimitado en el que se desenvolvía su inteligencia. Ese aire que solo se respira en la oración y en el estilo directo de su apostolado. Y es que no se parecía en nada a esos teólogos nuevos que periódicamente hacen ofrenda de sus dudas doctrinales a los cristianos”.

Estos pequeños fragmentos del libro me han hecho reflexionar sobre lo importante que es defender el mantenimiento de lo que funciona. La sociedad que vivimos, llamada con acierto líquida, anima a un afán de la novedad por la novedad, de lo nuevo por lo nuevo.

Creo que la misma Iglesia lo vivió tras el Concilio Vaticano II, pero que lo seguimos viviendo muchas veces. El afán del cambio.

Y muchas veces ese cambio se hace en nombre de la renovación. Incluso se argumenta que la renovación es adaptar lo que nos han legado para seguir viviéndolo en el presente. Pero mi experiencia es que muchas veces lo que esta actitud implica es una incapacidad de seguir haciendo lo bueno que hacían nuestros mayores. Y como esto es difícil de reconocer nos empezamos a inventar excusas: la sociedad ha cambiado; los métodos no pueden ser los mismos; no si en realidad estamos haciendo lo mismo pero…

También está en esta actitud una cierta tentación de orgullo. Yo voy a mejorar lo que el fundador de mi orden y las generaciones que me antecedieron hicieron. Eran otros tiempos. Ya lo de llevar un orden de vida, lo del sacrificio, lo del hábito (o lo que sea) no se lleva.

Me ha parecido siempre más inteligente en cualquier empresa humana, desde el trabajo, a la familia y la propia vida nacional, partir del legado de los que nos antecedieron para tratar de mejorarlo

Este comportamiento lleva a que métodos, formas de vida, testimonios, que han demostrado servir, se descartan, dando golpes de timón que no llevan al barco al mismo puerto de destino al que se quería llegar, sino a otros lugares inexplorados, con riesgo de hacerlo zozobrar.

Me ha parecido siempre más inteligente en cualquier empresa humana, desde el trabajo, a la familia y la propia vida nacional, partir del legado de los que nos antecedieron para tratar de mejorarlo.

Si sustituyes a una persona en un puesto de trabajo me parece razonable saber cómo lo hacía y conocer sus razones. Luego lógicamente podremos poner nuestra impronta. Asimismo, la vida familiar que comienza habrá tenido una escuela en la propia familia aunque luego haya que adoptar el estilo de vida propio del nuevo matrimonio.

Pues en la vida de la Iglesia, tanto la Universal como la particular, así como en las distintas asociaciones y congregaciones, sean eclesiásticas o sociales, me parece que debe ser así. Especialmente en aquellas que han sido originadas no por la mera voluntad de los hombres sino que responden a un carisma que al final tiene su origen en Dios, que lo ha querido manifestar a través de un fundador o fundadores y de los que después desarrollaron dicha obra. La Tradición, el conservar lo bueno actualizándolo es esencial.

También nos encontramos luego con instituciones que se olvidan de sí mismas y se centran en las obras presentes o futuras que han salido de ellas o que parecen necesarias por su éxito en el momento presente, olvidando que si no se alimenta el origen, las consecuencias probablemente perderán su sentido. Así podemos verlos en tantos colegios de instituciones religiosas que se ha quedado sin el respaldo vital de dichas instituciones. Tan solo queda el nombre u quizás la titularidad. Pero ya no hay un conjunto de hermanos, o de monjas o de consagrados que den a dicha institución un carisma específico.

Evidentemente no estoy en contra de necesarias actualizaciones, de cambios dentro de la continuidad. Sería absurdo. Todos somos conscientes por ejemplo de lo bueno de que en cada época puedan surgir carismas nuevos que den luz a los problemas concretos de ese momento: Desde los franciscanos en su día al Opus Dei en el siglo XX o más recientemente el Camino. Pero lo que no tiene sentido es que la orden pobre se rebele contra el espíritu de San Francisco o el Opus acaba metiendo en una maleta del pasado lo enseñado por su padre fundador.

Por otra parte es cierto que san Maximiliano puso en marcha obras y actitudes nuevas pero seguramente muy arraigadas en el espíritu de San Francisco y en lo que el Espíritu Santo quiso inspirarle. ¿Pueden decir lo mismo los reformadores de tantas cosas buenas que acaban en la nada?

Pido al Señor para todos la virtud de ser conservadores. Y para mi quizás la de ser algo menos reaccionario que quizás caigo en eso. ¿Qué opina usted?

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Casado y padre de cinco hijos. Católico, español y con inquietudes sociales y políticas. DEA en Derecho y Licenciado en Derecho y Administración de Empresas. Presidente y cofundador de Enraizados.