El sentido de la cristianofobia

    El mensaje implícito es que los cristianos serán tolerados si dejan de distinguirse de la mayoría progresista, es decir, si dejan de ser cristianos, salvo en el nombre y las prácticas religiosas privadas.

    0
    La cristianofobia aumenta en el mundo. / Fuente: Pixabay
    La cristianofobia aumenta en el mundo. / Fuente: Pixabay

    El goteo de agresiones simbólicas (y en ocasiones físicas) contra el cristianismo, en el mundo occidental, y en particular en España, no es nuevo, aunque se registren períodos de mayor o menor intensidad.

    Los ataques son de dos tipos: uno, el más tosco, incurre generalmente en lo delictivo, como cuando se asaltan capillas, se vandalizan iglesias o se promueve explícitamente la persecución de los cristianos, recurriendo a la conocida fraseología incendiaria de la Guerra Civil.

    Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

    Haz un donativo ahora

    Más peligroso en el fondo es el segundo tipo de ataques, que utiliza las vías legislativa y judicial para intentar acallar a los cristianos. Tenemos un reciente ejemplo en la denuncia contra el cardenal y arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, por un supuesto «delito de odio», en el que habría incurrido una de sus homilías.

    En ella, monseñor Cañizares se limitaba a defender la familia frente a la creciente influencia del lobby LGBT, al que denominó «imperio gay», con expresión –en mi opinión– tan certera como escasa o nulamente ofensiva.

    El riesgo de que una acusación formal semejante llegue, con la colaboración de la fiscalía, a manos de un juez activista y con afán de notoriedad no es despreciable. Y más inquietante aún es que un futuro gobierno (como el que, sin ir más lejos, puede surgir de las elecciones del próximo domingo) emprenda reformas legislativas que limiten las libertades de expresión y religiosa merced al potencialmente abusivo concepto del «delito de odio».

    «El progresismo es desde hace tiempo la ideología hegemónica de Occidente»

    Estas periódicas oleadas de cristianofobia proceden de una ideología aparentemente difusa (pero de reconocible consistencia cuando se examinan sus diversas manifestaciones) que soy partidario de denominar «progresismo», como intentaré justificar. Ante todo, es preciso advertir que el progresismo es desde hace tiempo la ideología hegemónica de Occidente.

    Por tanto, no se trata de que esté disputando al cristianismo una posición de predominio cultural, aunque suela presentarlo así, a fin de excitar el celo cristianófobo. Digámoslo con claridad: el progresismo ya ha ganado, socialmente, hace décadas.

    Lo que se decide en el actual conflicto entre progresismo y cristianismo no es la hegemonía, sino que ésta se convierta en aplastante e irreversible. Esta es la agónica fase en la que nos encontramos, lo queramos reconocer o no.

    La pretensión de la ideología socialmente dominante es que la Iglesia católica acabe también por asumirla: que ceda ante la ideología de género, ante las reivindicaciones LGBT, que deje de elevar la voz en temas como el aborto y que prácticamente se convierta en una ONG izquierdizante más.

    «Los cristianos haríamos bien en recelar de quienes pretenden recluirnos al ámbito estrictamente privado»

    El mensaje implícito es que los cristianos serán tolerados si dejan de distinguirse de la mayoría progresista, es decir, si dejan de ser cristianos, salvo en el nombre y las prácticas religiosas privadas.

    Aunque esto por sí solo ya sea lo suficientemente grave, la Historia enseña que las cosas no suelen terminar ahí. El nacionalsocialismo alcanzó el poder cuando los judíos habían llegado a un alto nivel de integración en la sociedad alemana, y muchos de ellos apenas se distinguían del resto de sus compatriotas por poco más que sus apellidos.

    Aunque sólo fuera por un elemental instinto de supervivencia, los cristianos haríamos bien en recelar de quienes pretenden recluirnos al ámbito estrictamente privado, como si ello fuera una garantía frente a persecuciones cruentas.

    Por el contrario, bien podría ser el desarme moral previo a una futura «solución final», como ya imaginó a principios del siglo pasado Robert Hugh Benson, en su distopía novelada Señor del mundo.

    «Es un hecho innegable que muchos cristianos se consideran progresistas, y que incluso hacen suyas determinadas críticas a la Iglesia católica»

    Ahora bien, la primera objeción que acudirá a la mente de algunos lectores probablemente sea que no existe incompatibilidad entre cristianismo y progresismo. Es un hecho innegable que muchos cristianos se consideran progresistas, y que incluso hacen suyas determinadas críticas a la Iglesia católica. Pero aquí hay que distinguir dos fenómenos distintos.

    En primer lugar, sucede que, efectivamente, el progresismo está gradualmente consiguiendo su objetivo último, o penúltimo, de que los cristianos acaben plegándose a las ideas ambientales. Muchos, tanto seglares como sacerdotes y miembros de órdenes religiosas, ya lo han hecho, incluso en temas de tanta gravedad como la permisividad ante el aborto. El progresismo no ha alcanzado todavía el dominio absoluto y definitivo, pero en ocasiones parece no estar muy lejos de ello.

    En segundo lugar, existe un considerable grado de confusión semántica. La palabra progresismo sigue gozando de un inmerecido prestigio, y a no pocos se les hace cuesta arriba romper ostensiblemente con ella, como si tal cosa los situara en un ominoso bando defensor de la servidumbre, la Inquisición y el garrote vil.

    Algunos de estos recurren a expresiones alternativas para referirse al peligro como, por citar sólo algunas, «corrección política», «pensamiento único», «liberalismo», «izquierda», «nuevo orden mundial», etc. Todas estas denominaciones pueden ser en ocasiones pertinentes, pero fácilmente nos llevan a confusión sobre la verdadera naturaleza del mal.

    «El progresismo ya no es sólo exclusivo de la izquierda, sino que se ha instalado firmemente en partidos políticos de derechas como el PP, en especial en todo lo relacionado con la ideología de género»

    En el lenguaje más o menos coloquial, varias de ellas adoptan sentidos francamente distintos, cuando no antitéticos, según el hablante. Por ejemplo, mientras algunos entendemos por «liberalismo» la necesaria limitación del poder de los gobiernos, otros se amparan en el término para cuestionar la moral judeocristiana, ignorando que es ésta la última fortaleza que se opone al totalitarismo.

    Por otra parte, el progresismo al que aquí me estoy refiriendo ya no es sólo exclusivo de la izquierda, sino que se ha instalado firmemente en partidos políticos de derechas como el PP, en especial en todo lo relacionado con la ideología de género.

    Por último, respecto a «nuevo orden mundial» y otras expresiones similares, desconfío profundamente de sus connotaciones antiglobalizadoras y de las teorías conspiratorias. No porque opine que la globalización sea absolutamente idílica, ni a priori niegue la existencia de conspiraciones, sino porque considero que las ideas son suficientemente poderosas por sí mismas, sin necesidad de elucubrar con poderes ocultos, ni de coincidir con los populismos de izquierda y derecha en culpar a la libertad de comercio de todos los males; acusación que no puede ser más trágicamente errónea.

    Sería un avance no del todo irrelevante que nos pusiéramos de acuerdo, como mínimo, en identificar la procedencia de los golpes con un mismo término, y no veo por qué éste no debe ser el que más fácilmente pueden utilizar para reconocerse, entre ellos mismos, los progresistas de todos los partidos.

    Comentarios

    Comentarios

    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.