Sincretismo y la paradoja democrática, por Jorge Castro de Dios

    Tras casi un año de haber sido puesta, Sincretismo, la escultura que une la imagen de la Virgen de Guadalupe con la diosa indígena de Coatlicue sigue siendo foco de polémica en México. Parece que hemos llegado a la paradoja democrática, donde no es la voz de las mayorías, sino la de las minorías lo que realmente importa.

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    Imagen de la escultura instalada en México.
    Imagen de la escultura instalada en México.

    En septiembre de 2017 el gobierno municipal de Guadalajara (Jalisco) instaló la obra de Sincretismo, que junta la imagen de la Virgen de Guadalupe con la de la diosa indígena Coatlicue. Dicha escultura fue comprada en 5, 2 millones de pesos al artista local Ismael Vargas, como parte del programa Arte Público Guadalajara, que contempla la instalación de diez obras en total, de las que tres ya han sido colocadas. Un número importante de grupos católicos han mostrado, reiteradamente, su rechazo a la imagen.

    No me malentiendan. En nuestro país es extraño que el gobierno haga algo, más aún, algo relacionado con el mundo de la artes y, por ello, cuando esto pasa, los ciudadanos tendemos a sorprendernos e, incluso, a alegrarnos.

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    Esto no es sorpresa, ya que, en realidad, Sincretismo es una obra que «cojea» de todas partes

    Sin embargo, tanto yo, como muchos otros jaliscienses, nos hemos sentido decepcionadas ante el nuevo proyecto de la municipalidad. Esto no es sorpresa, ya que, en realidad, Sincretismo es una obra que «cojea» de todas partes. Algunos se han quejado de su costo excesivo, sobre todo, con la inestable economía del país; otros, de su falta de armonía, pues no guarda ninguna relación directa con las otras dos piezas del proyecto (una pluma y una cabeza); pero el ámbito más importante de la inconformidad surge del aspecto ofensivo de la imagen hacia la fe católica.

    No obstante, más allá de la discutida naturaleza blasfema de la imagen, me gustaría centrarme en otro debate que ha despertado esta nueva escultura en nuestra comunidad. En efecto, vivimos en una sociedad donde, como se dice, el estado y la iglesia, gracias a Dios, se han separado y en la que lo único que todavía es sagrado son el estado laico y la vox populi. Se pide con frecuencia que se aleje cualquier enfoque religioso de la educación y en temas como el aborto o la unión homosexual se utilizan, como argumento favorito, las frases de: «es un derecho humano» o «defendamos el estado laico» y también, «pongámoslo a votación».

    Que algo sea legítimo no lo hace necesario, en especial, cuando desde el momento de su colocación miles de católicos hemos marchado pidiendo que se remueva

    En realidad, esto no es algo en lo que yo crea mucho. Sin embargo, esto sí es, más o menos, un punto central del sistema democrático moderno, donde se afirma que la voluntad de la mayoría importa. Por ello, yo me pregunto, si la mayoría ha rechazado la imagen y ha pedido abiertamente que se quite ¿por qué no se cumple su santa voluntad?

    Recuerdo a un amigo que comentaba, con bastante acierto, que el presidente municipal, Enrique Alfaro, era una persona capaz de unir en un solo acto el odio y descontente de sectores tan separados y dispares como el gremio de artistas, los contribuyentes y los cristianos del país. Y no se equivocaba, porque Sincretismo es una obra fea, costosa y que toca uno de los puntos polémicos del estado, tal vez, más conservador de México, Jalisco.

    En España se quitan cruces por ser símbolos religiosos, mientras que en México se conservan imágenes de la Virgen, siempre y cuando, los católicos las encuentren ofensivas

    Aun así, yo me digo, «entiendo que la haya puesto», y luego me digo, «pero no que la mantenga». Y es que casi ningún defensor de la obra ha podido decir algo bueno sobre ella (por ejemplo, que es agradable a la vista), sino que se ha limitado a justificar su legitimidad. Pero que algo sea legítimo no lo hace necesario, en especial, cuando desde el momento de su colocación miles de católicos hemos marchado en más de tres ocasiones pidiendo de forma explícita que se remueva.

    Por el contrario, el gobierno parece molesto con estas marchas pacíficas o, al menos, eso se deduce por el comentario del último candidato a la presidencia municipal, Ismael del Toro, quien afirma que, «cuando yo sea alcalde habrá más obras de este tipo. El fanatismo de la fe católica tiene que terminar». ¿Acaso creerá que las marchas por los derechos homosexuales, por ejemplo, también son muestras del «fanatismo homosexual»? ¿Dirá lo mismo de los cierres de campaña de los partidos políticos?

    En España se quitan cruces por ser símbolos religiosos, mientras que en México se conservan imágenes de la Virgen, siempre y cuando, los católicos las encuentren ofensivas. Parece que hemos llegado a la paradoja democrática, donde no es la voz de las mayorías, sino la de las minorías lo que realmente importa.

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