La muerte de Europa está a la vista. Aún lejana, es visible y se aproxima como un planeta distante en la lente de un satélite. Europa está llegando a su fin no a causa de su economía esclerótica, o de la demografía estancada, o de las disfunciones del superestado. Tampoco la llegada masiva de inmigrantes de Oriente Medio y de África es la verdadera razón. Esas personas desesperadas son sólo la última brisa que se alza contra la madera desecada de una civilización.

Europa se está muriendo porque se ha vuelto moralmente incompetente. No es que Europa no signifique nada. Es que es sinónimo de cosas superficiales. Los europeos creen en los derechos humanos, la tolerancia, la apertura, la paz, el progreso, el medio ambiente, el placer. Estas creencias son muy agradables, pero también son secundarias.

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En lo que ya no creen los europeos es en las cosas que conforman la primavera de sus creencias: el judaísmo y el cristianismo; el liberalismo y la Ilustración; en el orgullo marcial y en la capacidad; en el capitalismo y en la riqueza. Menos aún creen en luchar, sacrificar o pagar argumentando en favor de estas cosas. Después de haber hecho caso omiso y de haber socavado sus propios fundamentos, se preguntan por qué su civilización se está derrumbando.

¿Qué es Europa? Es Grecia, no Persia; Roma, no Cartago; la cristiandad no es el califato

¿Qué es Europa? Es Grecia, no Persia; Roma, no Cartago; la Cristiandad no es califato. Estas distinciones son fundamentales. Decir que Europa es una civilización aparte no es expresar que sea mejor o peor. Se trata simplemente de decir: esto es nuestro y este eres tú. Tampoco es afirmar que Europa debe ser una civilización cerrada. Simplemente que tiene que ser algo que no se disuelva en contacto con los extranjeros que alberga en su seno.

Eso es lo que hace que la diplomacia de Angela Merkel, regente indiscutible de la política exterior europea, sea tan extraña y desconcertante. La canciller alemana lidera un partido llamado Unión Demócrata Cristiana, uno de cuyos principales propósitos es aunar a la derecha alemana en un conservadurismo razonable.

Sin embargo, allí estaba ella el domingo en Estambul, ofreciendo un acuerdo por el que Europa estaría conforme con la libre entrada de los turcos en Europa sin necesidad de visado a partir del próximo año, y con avanzar en el ingreso de Turquía en la Unión Europea si Ankara se compromete solamente a aumentar sus esfuerzos para acoger a los refugiados sirios y otros exiliados. Europa también podría pagar la factura de esto.

Esta es Machtpolitik a la inversa, en la que la canciller está pidiendo pequeños favores de las potencias más débiles en asuntos temporales, a cambio de grandes concesiones con ramificaciones de largo alcance. Hay 75 millones de turcos. El país está dirigido por un islamista electo con una racha autocrática, propenso a arrebatos antisemitas, que se apoya abiertamente a Hamas, que niega el genocidio armenio, que bate marcas encarcelando a periodistas, y que orquesta ensayos al estilo soviético contra sus opositores políticos. Turquía también tiene fronteras con Siria, Irak e Irán. Estas se convertirían en las fronteras de Europa, en el caso de la adhesión de Turquía.

Siria, Irán e Irak se convertirán en las fronteras de Europa

Este es el país que Merkel propone incluir en el seno de Europa. Sus apologetas dirán que está siendo falsa, pero que sólo es parte de la caída en desgracia iniciada.

Esto también conforma el peligro. ¿Podrían las tradiciones políticas liberales de Europa, su patrimonio religioso y cultural, sobrevivir mucho tiempo a una afluencia masiva de inmigrantes musulmanes, del orden de decenas de millones de personas? No. No, dada la experiencia infeliz de una Europa con gran parte de su poblacion musulmana. No, cuando tienes grupos de inmigrantes que se resisten a su integración y países de acogida que hacen demandas cívicas solo provisionales.

Y no cuando una política de inmigración desatenta, llevada a cabo por un ataque de autocomplacencia moral, conduce a la inevitable reacción. En Suiza, una pluralidad de electores votaron el domingo por el Partido del Pueblo Suizo, conocido principalmente por su postura antiinmigrantes. Sus partidos hermanos de toda Europa son también los beneficiarios políticos de la afluencia de inmigrantes, la trata de quejas legítimas contra el Estado posmoderno para vender curas no liberales. Pocas cosas son tan peligrosas para la democracia como un populista a mitad del camino.

Dice algo sobre la política de nuestros días que esta columna sea condenada como fuera de los límites morales. Tal es el tenor de los tiempos que ya no es posible afirmar, sin provocar una enojada reacción en contra, que Europa no puede ser Europa de no permanecer fiel al núcleo de su herencia. Este es el matrimonio entre la razón y la revelación que produjo una civilización de dominio tecnológico templado por la decencia humana.

“Todo lo que ve Europa en su propia historia es lo despreciable y lo destructivo”

“Es digno de elogio que Occidente esté tratando de ser más abierto, de ser más comprensivo con los valores de los extranjeros, pero ha perdido la capacidad de auto-amar”, señaló un prominente teólogo alemán hace una década. “Todo lo que ve en su propia historia es lo despreciable y lo destructivo; ya no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Lo que Europa necesita es una nueva autoaceptación, la aceptación de lo propio que es crítica y humilde, si realmente desea sobrevivir”.

Este es Joseph Ratzinger, más conocido como Benedicto XVI. Está pasado de moda, lo que le hace mucho más merecedor de ser escuchado.

Artículo de Bret Stephens publicado originalmente en Wall Street Journal
Traducción de Cristina Castro

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