Imagen del poblado de Mesa Verde en Colorado, Estados Unidos. /Pixabay
Imagen del poblado de Mesa Verde en Colorado, Estados Unidos. /Pixabay

A mediados del siglo XVIII, los primeros exploradores españoles que se adentraron por el suroeste de Estados Unidos dieron con un paraje donde abundaban elevadas mesetas, coronadas por pinos y enebros. Le dieron el nombre de Mesa Verde, en honor al hermoso espectáculo que se ofrecía a su vista.

Pasaría más de un siglo hasta que un ranchero que conducía a su ganado por aquellos pagos se desvió de su ruta para ir tras unas reses que se habían rezagado. Cabalgando, llegó hasta un punto en el que la meseta rompía abruptamente y desde donde se divisaba un profundo cañón. Y algo más.

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A lo lejos podían distinguirse con nitidez los restos de una ciudad excavada en la roca, en perfecto estado de conservación. Movido por la curiosidad, Richard Wetherill -que así se llamaba el ranchero-  indagó sobre aquello con los indios navajo, quienes arrojaron algo de luz al asunto.

Según ellos, aquellas construcciones pertenecían a los anasazi -que en navajo significa “antiguo enemigo”-, una tribu olvidada que había desaparecido hacía mucho tiempo de un modo tan súbito como misterioso. Wetherill, arqueólogo aficionado y consumado saqueador, comenzó a explorar la zona, comenzando por lo que él mismo dio en llamar el “Palacio del Acantilado”.

No está muy claro qué o cuánto llegó a sacar de allí, antes de que las autoridades tomaran cartas en el asunto y declararan a Mesa Verde parque nacional. Unas autoridades que, por cierto, ya tenían noticia de la existencia del poblado anasazi. Fue gracias a William Henry Jackson, un personaje que debió merecer mucho la pena. Fotógrafo, pintor e incansable viajero, le sorprendido la Guerra Civil norteamericana, en la que luchó por el norte.

Aún hoy quedan cabos sueltos. No se ha podido explicar el significado de los múltiples petroglifos que pueblan las paredes de algunas estancias

Acabada la contienda, emprendió una ruta por el país fotografiando tribus indias y paisajes naturales. Tan buena fue su obra que el Congreso decretó que Yellowstone fuera parque nacional, gracias a las increíbles fotos que Jackson tomó de la zona. Al igual que en Mesa Verde, lugar que además recomendó vivamente que se explorase.

Aún hoy quedan cabos sueltos. No se ha podido explicar el significado de los múltiples petroglifos que pueblan las paredes de algunas estancias. Bailes rituales, escenas de caza o incluso supuestos calendarios lunares son sólo algunas de las inquietantes representaciones que pueden verse en Mesa Verde. No hay testimonios escritos, ni evidencia alguna que explique porqué se pierde cualquier rastro de ellos en torno al siglo XIII, poco antes de que llegasen los europeos al Nuevo Continente.

Sí se sabe, en cambio, que no conocían ni la rueda ni la metalurgia pero, en cambio, eran consumados alfareros y tejían el algodón con una gran maestría. Qué les pudo pasar ya es otro cantar. Lo único cierto es que la magia del entorno -piénsese en paisajes similares al del Gran Cañón del Colorado- y los enigmas que aún rodean a los anasazi convierten Mesa Verde en un excelente lugar donde ver algo diferente.

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