Wonder es, como su propio título indica, una maravilla. Y es que -como nos recordaba la película de James Stewart, que mostraba que el mundo sería muy distinto si él no hubiera existido y procurado hacer el bien-, la vida es algo maravilloso.

La vida corriente, donde aparentemente no ocurren grandes cosas, pero es que la bondad y la dicha casi siempre consisten en pequeñeces, el amor se demuestra en los detalles.

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La película se basa en una novela fantástica de R.J. Palacios, también conocida como “La lección de August”, que describe la nueva etapa que debe afrontar Auggie (Jacob Tremblay, que descolló en La habitación), un niño de diez años con el rostro deforme por una rara enfermedad genética, por la que viene a ser como una especie de “hombre elefante” en miniatura.

Hasta ese momento sus queridos padres Nate e Isabel (Own Wilson y Julia Roberts) le han dedicado sus mejores cuidados, con ella sacrificando su carrera profesional de ilustradora de libros infantiles, para educarle en casa.

Tal situación no puede prolongarse eternamente, el chaval debe tener vida social, amigos, o sea, debe ir a la escuela. Pero claro, va a ser el bicho raro del cole, la presión puede llegar a ser insoportable, a pesar del buen hacer del director, el señor Traseronian (Mandy Patinkin), que ha designado a tres compañeros para que la transición a algo parecido a la normalidad sea más suave.

En el trato, algunos chicos se esforzarán en facilitar las cosas, aunque les cueste, pero Julian (Bryce Gheisar) caerá en algo parecido al “bullying”.

Entretanto la hermana mayor de Auggie, Via (Izabela Vidovic), una adolescente, también muy entregada a su hermano, siente que la atención que exige éste conduce a que sus padres la ignoren, en un momento en que lo está pasando mal.

Me he detenido en describir sucintamente los mimbres con que el director Stephen Chbosky ha construido su película, para que el lector se dé cuenta de que, más allá de la deformidad del protagonista, lo más llamativo y diferente, se trata de un relato con situaciones que a cualquier padre de familia, profesor o estudiante le resulta familiar.

Auggie es un chaval delicado, con corazón de oro, al que le encantan las películas de Star Wars y los videojuegos

El gran mérito es la solidez y capacidad inspiradora del relato. Auggie es un chaval delicado, con corazón de oro, al que le encantan las películas de Star Wars y los videojuegos, y le apasionan las ciencias.

Se da cuenta de las necesidades de los demás, y aunque sabe que cuando los demás le ven por primera vez ponen caras raras, no se enfada y lucha por no deprimirse. Los padres podrían convertirse en sobreprotectores, tenerle toda la vida entre algodones, y entonces atrofiarle y deformarle anímicamente, algo mucho peor que un aspecto físico poco agradable.

Y saben que eso no debe ser así, en casa debe haber alegría, y al chico hay que irle dejando poco a poco en libertad, que salga con otros chavales de su edad, o que se vaya a un campamento con los de su clase.

El cine, y las artes en general, deberían ser un claro exponente de la belleza, y tener una capacidad de estimular lo más noble de las personas. Por eso películas bien ejecutadas como ¡Qué bello es vivir! o Wonder cautivan inmediatamente.

Igual que lo hace Pixar con Coco, o un documental que llegará a los cines en enero, Ganar al viento, donde la francesa Anne-Dauphine Julliand sigue a cinco niños con enfermedades graves, que sobrellevan con una alegría y naturalidad muy gratificantes.

Todas las películas deberían tener un efecto positivo en el espectador, resultado de cierta perspectiva moral, que no moralizante. En algunos títulos como los citados esto resulta claro como la luz del día.

Hay obras valiosas, que pintan el lado más oscuro del ser humano, crisis familiares, guerras, crímenes, pero como mínimo deben ser “historias de advertencia”

Por supuesto, también hay obras valiosas, que pintan el lado más oscuro del ser humano, crisis familiares, guerras, crímenes, y que ensanchan la mente con distintos puntos de vista, pero como mínimo deben ser “historias de advertencia”, “cautionary tales” en el mundo anglosajón, un modo de señalar las simas profundas donde pueden caer las personas cuando sólo les mueve el egoísmo puro, el afán de riqueza y poder, los vicios más retorcidos.

En cambio el cinismo como línea dominante de una película puede ser un camino fácil para componer frases brillantes, pero claramente el resultado es hueco y deja un poso de insatisfacción, aunque el envoltorio sea fantástico y los actores lo hagan fenomenal.

En una trama no puede dar igual hacer el bien que el mal, el nihilismo degradante sólo gusta a los coleccionistas de rarezas pero no al gran público. Por eso, incluso los personajes cínicos como el presidente Frank Underwood de House of Cards sólo atraen cuando presentan algún rasgo que los humaniza, aunque sea un poquitín: su padre le trató mal cuando era pequeño, puede permitirse ser condescendiente con el afroamericano que le prepara unos chuletones para chuparse los dedos… Si no, la cosa no funciona. Queremos una vida maravillosa, sí o sí.

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Zaragozano, ingeniero de telecomunicación, crítico de cine. Director de decine21.com. Ha dirigido las revistas Cinerama, Estrenos y DeVíDeo. Autor de numerosas críticas, entrevistas y ensayos relacionados con el Séptimo Arte, ha publicado un buen puñado de libros de cine, entre los que destacan "Escritores de cine" y "En busca de William Wyler".