Cruda realidad / El ‘periodista estrella’ que se lo inventaba todo

    La prensa miente, los medios engañan. Si son medianamente hábiles, evitarán decir mentiras muy evidentes y fácilmente comprobables. Las mentiras de los medios son, por así decir, 'estructurales' más que coyunturales.

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    Claas Relotius, periodista premiado y defenestrado cuando se descubrió que se inventaba sus reportajes de arriba abajo.

    El periodista estrella de la prestigiosa revista alemana Der Spiegel, Claas Relotius, nombrado en 2014 Periodista del Año por la caedena americana CNN, ha resultado tener un ingenioso truco para dar con las informaciones más apasionantes y lograr las declaraciones más fascinantes: inventárselo todo. Lo denunció un compañero, un tal Juan Moreno, que empezó a sospechar y se dedicó a comprobar los datos de sesenta artículos del afamado reportero.

    Lo curioso del caso es que, en vez de confesarse vencidos por el superior ingenio de Relotius y felicitarle por su versatilidad narrativa, toda la profesión del mundo mundial, empezando por su propia empresa, se ha lanzado sobre él rasgándose las vestiduras.

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    Y, aprovechando que el chico es alemán, el periodismo de otros lares, y muy especialmente el norteamericano, ha usado el caso para felicitarse de su buen hacer, presumiendo de que eso sería poco menos que imposible con los rigurosos procesos de comprobación de datos que se estilan al otro lado del Atlántico. Casi se me atraganta el café de risa cuando lo he leído.

    No es solo que casos como el de Relotius hayan abundado en la prensa americana, aunque a veces, como sucedió con Walter Duranty, el corresponsal del New York Times en la Unión Soviética de Stalin que informaba de lo bien alimentada que estaba la población mientras el Holodomor se llevaba por delante a millones de ucranianos, la cosa se sepa mucho después de que el interesado se haya alzado con el Pulitzer; es que llevan un par de años -desde que Trump se postuló como aspirante a la candidatura republicana- luciéndose a base de bien.

    Walter Duranty, corresponsal del New York Times en la Unión Soviética de Stalin.
    Walter Duranty, corresponsal del New York Times en la Unión Soviética de Stalin.

    La prensa miente, los medios engañan. Si son medianamente hábiles, evitarán decir mentiras muy evidentes y fácilmente comprobables. Es mucho más efectivo -aunque también, convengámoslo, más aburrido- adjetivar con la intención de un miura, usar eufemismos o términos cargados de connotaciones emocionalmente negativas, ignorar lo relevante pero incómodo, destacar lo trivial pero confirmatorio, preguntar al ‘experto’ que va a confirmar el mensaje que quiere transmitir el medio y otras lindezas que, para el ojo entrenado, abarrota la información que nos ofrecen los grandes grupos mediáticos.

    Por hablar de un ejemplo recentísimo, la revuelta multitudinaria en numerosas ciudades francesas ha sido portada de los diarios y ha abierto noticieros en todo el mundo, incluido nuestro país. Y entonces apareció en la televisión el presidente Emmanuel Macron, dijo que cedía con una de sus demandas, y, si usted sigue las noticias en los medios convencionales, habrá entendido que la protesta se volatilizó y todo está sin novedad en el frente callejero francés.

    Es mentira presentar las ‘tribus de agraviados’ que pastorea la progresía como una hermandad armónica de desheredados en comunión, cuando lo único que les une es el odio al enemigo común

    Bueno, pues no. Salvo el parón navideño, aquello sigue como suele, con enfrentamientos diarios y unos vídeos de algarada que, sino se tratara de la revoltosa Francia, asustarían. Ya ven: no hace ninguna falta recurrir a la férvida imaginación de un Relotius para darnos su peculiar visión de la realidad que, cuando no disponemos de otras fuentes, acaba siendo la nuestra.

    Usted se conmovió con escenas de la guerra de Siria, especialmente con ese niño cubierto de polvo rescatado de los escombros, pero, ¿sabe algo de la guerra que Arabia Saudí lleva a cabo contra el Yemen desde hace ya años? Allí también mueren niños, especialmente de hambre inducida. Pero, como los medios han decidido que no es igual de fotogénica esa guerra, pues como si allí no muriese nadie. Nada que ver aquí, sigan circulando.

    Las mentiras de los medios son, por así decir, ‘estructurales’ más que coyunturales. Es, digamos, presentar a un tiarrón grande como un armario y con la testosteron saliéndole por los poros como nueva ‘estrella’ del deporte femenino, sencillamente porque el tipo en cuestión ha visto más probabilidades de triunfar en los suyo contra féminas que contra sus congéneres y ha decidido explotar la estupidez occcidental con lo del género.

    Es mentira presentar las ‘tribus de agraviados’ que pastorea la progresía como una hermandad armónica de desheredados en comunión, cuando lo único que les une es el odio al enemigo común y el deseo de explotar política o económicamente su supuesto victimismo.

    Es mentir el demonizar con epítetos asustantes acabados en ‘-fobo’ actitudes no solo perfectamente legítimas, sino totalmente naturales. Llamar ‘xenofobia’ a la preferencia por los propios sobre los extraños, por lo familiar frente a lo desconocido, por lo cercano frente a los lejano, no va a conseguir cambiar la naturaleza humana, pero sí convertir en hipócritas con sentimiento de culpabilidad a millones de personas normales.

    Como pretender que es ‘machista’ no ir por la vida pidiendo perdón por ser hombre, o tomarse en serio el «¡nos están matando!» en uno de los países más seguros para las mujeres del planeta.

    Es mentir que uno es un cateto patriotero opuesto a la inmigración por cuestionar que la ilegalidad es igual a la legalidad cuando se trata de entrar en España, y que pasar los trámites normativos es algo opcional y que aquí podemos acoger a toda África.

    Es mentir el pretender que el aborto es un «procedimiento de salud reproductiva» en lugar de un modo de deshacerse de un ser humano antes de que nazca, o que Planned Parenthood se dedica a ‘planificar la paternidad’ y no meramente a frustrarla.

    Es engañar cuando se destacan unas violaciones y se azuza a las masas para que organicen gigantescas manifestaciones reivindicativa tomándolas como excusa, mientras otras se relegan, maquillan, esconden y ningunean, porque no casan bien con la narrativa que quieren vendernos.

    Como lo es, en fin, pretender que lo que se celebra ahora es el solsticio de invierno, algo que nadie ha celebrado jamás desde que el mundo es mundo (¿quién va a alegrarse hasta banquetear, beber y cantar e intercambiarse regalos porque ha llegado la noche más larga del año?), ni la Navidad es en secreto un plagio de las Saturnales o de los festivales germánicos o célticos del sol, sino el día en que celebramos que Dios se ha interesado lo bastante por nosotros como para enviar a Su propio Hijo a nacer en un humilde pesebre en un pueblo perdido de la Palestina romana.

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