Cruda realidad / La gran ‘fake news’ de las ‘fake news’

    Los medios convencionales y la clase política están inmersos en una cruzada contra lo que llama 'fake news', noticias falsas, dando la idea de que los medios de Internet y muy especialmente las redes sociales nos tienen prisioneros de una 'Matrix' donde nada es lo que parece.

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    Las llamadas 'fake news' se han convertido en costumbre.
    Las llamadas 'fake news' se han convertido en costumbre.

    Hoy me siento generosa y les voy a dar una clave inapreciable para entender lo que ocurre; no ahora, sino en cualquier época o momento: si usted oye y lee a todas horas sobre un problema, si hay una preocupación que copa las ondas y las portadas y los artículos de fondo de la prensa al uso, tenga la absoluta certeza de que tal problema, o no existe en absoluto, o está en mínimos históricos.

    Por contra, los problemas realmente importantes, los asuntos que van a destruir nuestra civilización o darle un giro crucial, apenas los discutirá nadie en la plaza pública. Nadie, al menos, con un altavoz lo bastante grande.

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    Podría hartarme de poner ejemplos, pero usted mismo los conoce, si nos lee: se habla sin parar de fascismo porque no hay ni sombra de fascismo; se debate la opresión de la mujer cuando la mujer está empezando a oprimir al varón; se hacen manifestaciones contra la homofobia cuando el lobby LGTBI dicta las leyes y controla el mensaje.

    Eso mismo pasa con el asunto de las ‘fake news’. Habrán oído hablar. Los medios convencionales y la clase política está inmersa en una cruzada contra lo que llama ‘fake news’, noticias falsas, dando la idea de que los medios de Internet y muy especialmente las redes sociales nos tienen prisioneros de una ‘Matrix’ donde nada es lo que parece y todos estamos manipuladísimos.

    «Cualquier mindundi grabando un vídeo con su smartphone puede sacarnos los colores y desenmascarar nuestros intentos de manipulación», podrían decir los grandes medios que alientan el fantasma de las ‘fake news’

    La realidad es casi la exactamente inversa: nunca hemos estado mejor informados, y si un ‘Diablo Cojuelo’ pudiera traducir las palabras que se están diciendo a las verdaderas intenciones de este empeño, la cosa sería más o menos así: «Los grandes grupos mediáticos hemos sido durante décadas y siglos los guardianes de lo que pasa, quienes decidíamos qué era verdad y qué no, qué se magnificaba y qué se ignoraba por completo o se limitaba a un suelto de dos párrafos en páginas interiores, todo según los intereses de un establishment al que, naturalmente, pertenecemos. Ahora, con la llegada de Internet, las redes sociales y los dispositivos móviles, hemos perdido ese monopolio y nuestra misma razón de ser. Cualquier mindundi grabando un vídeo con su smartphone puede sacarnos los colores y desenmascarar nuestros intentos de manipulación; cualquier chiquilicuatre puede contarle al mundo que él estuvo allí y las cosas fueron al contrario de lo que las hemos contado. Los expertos pueden informar directamente a las masas sin pasar por nuestros filtros y, como se ha visto en mil ocasiones en estos últimos años -desde los efectos de la inmigración masiva a las elecciones americanas-, nuestros intentos de vender nuestro relato tradicional ya no cuela. Imploramos, pues, a los políticos, tan interesados como nosotros en acabar con esta ruinosa situación, que aprueben leyes para coartar la libertad de información y opinión en Internet. Podríamos llamarlo, no sé, ¿qué tal ‘lucha contra las fake news’?»

    No es, claro, que no puedan usar verdades para, debidamente maquilladas, acercar el ascua a su sardina. Desde las redes sociales se miente. En las redes sociales se fomenta en ocasiones el odio y la propaganda. Naturalmente.

    Pero todo eso lo ha hecho y lo hace la prensa tradicional, con dos agravantes: primero, que hasta hace poco el particular nada podía hacer para contrastar la noticia si convenía a todos los grandes grupos (y no era difícil); y, en segundo lugar, el propio prestigio de la profesión y la maestría en el uso de las técnicas hacía mucho más eficaz la manipulación, digamos, profesional.

    De hecho, quien siga las redes con un mínimo de asiduidad y apertura se habrá dado cuenta de lo deprisa que se desmienten los bulos. La rectificación que en caso de un periódico o un noticiero podría llegar tarde o nunca, en Twitter es casi inmediata. Es un juego de grandes números, al final, y quien quiera encontrar la verdad de lo que ha pasado, la encuentra.

    En el caso concreto, los grandes medios y los políticos alegan que todas esas votaciones en las que el pueblo ‘ha votado mal’ han sido producto de la manipulación de las redes por parte de los rusos, que han esparcido las ya famosas ‘fake news’. ¿En serio? ¿De verdad? ¿Tan estúpidos nos creen nuestros dirigentes?

    Es decir, que los americanos han descreído lo que les decían a todas horas la CBS, la ABC, el New York Times, el Washington Post o la CNN -que está puesta 24/7 en todos los aeropuertos del país- sobre lo terriblemente terrible que era Trump, pero se han dejado convencer por el tuit de un desconocido redactado en un mal inglés. Sí, seguro, suena súper verosímil.

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