Cruda Realidad / Twitter, un gigantesco baile de máscaras

    Como un marmitako sin bonito. Así quieren dejar las redes sociales los partidarios, como el Gobierno, de prohibir el anonimato. Personajes como el desenmarcadado Pastrana en Twitter son los que hacen que las redes haya más verdad, más realidad personal que en una reunión cara a cara.

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    Surtido de máscaras típicas de los carnavales de Venecia.
    Surtido de máscaras típicas de los carnavales de Venecia.

    Las redes sociales, en principio, se ocupan de las cosas de fuera, de las cosas de todo el mundo, pero a veces tienen sus propios dramas y sus íntimas peripecias de mundo cerrado que, aunque resultarían extrañas a un ‘extranjero’, no dejan de tener su moraleja ni de ser excusa para ilustrar asuntos mayores.

    El otro día, un tuitero muy activo, ingenioso, rápido y mordaz que firma en la red como ‘José Pastrana’ (fue entrevistado en Actuall hace unos meses) y es látigo implacable del progrerío y el nacionalismo, perdió el anonimato tras la paciente investigación de otro miembro de la red, podemita y asimismo anónimo y teórico defensor del anonimato. Fue, como dicen los que están en la pomada, ‘doxeado’.

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    Es el caso que esta peripecia ha mantenido a la red en vilo, copando comentarios y conversaciones y convirtiendo el asunto en Tema Tendencia (Trending Topic), lo que ha dado lugar a una interesante y oportuna discusión sobre el anonimato en Internet.

    Digo oportuna porque, como sabrán, el Gobierno de España, siguiendo a otros, quiere acabar con el anonimato. Me parece un disparate, y aquí quiero hacer una defensa de la máscara intentando no repetirme demasiado.

    «Pocas intuiciones liberales me parecen más absurdas como la de pretender que el Estado es el único agente que coarta la libertad persona»

    Quienes se oponen al anonimato aducen que este es solo una excusa para que la gente actúe con impunidad y se atreva cobardemente a lo que no osaría si tuviera que dar la cara. Discurren que, si determinadas opiniones o declaraciones conllevan a veces el despido, el acoso físico o el ostracismo social del opinante, bueno, esa es la consecuencia natural de la libertad: responsabilizarse de las consecuencias.

    Yo, en cambio, soy una enamorada de las máscaras en redes sociales; es el rasgo que más las diferencia de foros físicos, como una asamblea, una fiesta o un bar.

    Pero antes de entrar en mis razones, trataré de responder a los reparos. De la idea de que no hay censura que temer porque las autoridades garantizan la libertad de expresión no hablaré, que ya lo he tratado en artículos anteriores. Baste decir que pocas intuiciones liberales me parecen más absurdas como la de pretender que el Estado es el único agente que coarta la libertad personal. Entre una multa y perder el trabajo quedando para siempre inempleable, prefiero la multa.

    La supuesta impunidad solo puede ser alegórica o sensu lato, porque los delitos en las redes son tan perseguibles como los que se cometen en cualquier otro medio. Una denuncia basta para que los expertos rastreen sin problemas al culpable; en ese sentido, nuestro anonimato solo lo es con respecto a los otros tertulianos, no frente a la red misma o a la policía, si lo demanda.

    «El pseudónimo tiene siempre ese punto artístico: que es escogido»

    ¿Que el no tener que dar la cara lleva a la gente a decir cosas que no diría si tuviera que firmarlas con su nombre? ¡Maravilloso! Allí uno elige con quién quiere tratar, se puede bloquear a los moscones y a las víboras, pero siempre es mejor que el psicópata y el resentido tengan un foro en el que vomitar su odio que la alternativa de alimentarlo en la soledad y el silencio. Mejor, como decía el otro día, contarlos que ignorarlos.

    Pero es que, cuando me reúno en alguna red social con un montón de desconocidos, mi sensación es la de asistir a un gigantesco baile de máscaras. Y la máscara revela más que la cara real, porque es elegida, igual que el apodo enseña más que el nombre.

    Portada del a cuenta del famoso Pastrana en Twitter.
    Portada de la cuenta del famoso Pastrana en Twitter.

    En un foro en el que esté prohibido el anonimato me encontraré con una legión de tipos con nombres que no me dirán nada, y caras que reflejarán muy poco. El pseudónimo tiene siempre ese punto artístico: que es escogido. En cuanto a la ‘foto’, poner la del Che Guevara es bastante más ilustrativo de lo que nos podemos encontrar que dejar la de un tipo anónimo, que probablemente se parezca más a un funcionario del Catastro que al guerrillero fanático que lleva en el corazón.

    Por eso en las redes hay más verdad, más realidad personal que en una reunión a cara descubierta. Somos lo que querríamos ser, al menos en ese momento, y al interpretar a medias un papel estamos revelando verdades de nosotros mismos, de lo que pensamos, que jamás dejaríamos al descubierto con nuestra identidad ‘oficial’.

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