No es lo mismo rodar un exorcismo de cine, con una actriz (Linda Blair) maquillada como monstruo, realzada por una iluminación tenebrosa, con terribles sonidos de ultratumba creados por efectos especiales… que rodar un exorcismo de verdad, con una mujer (Rosa) poseída realmente por el diablo que responde “89” cuando un exorcista, de verdad, le pregunta ¿Cuántos sois?.

Eso es lo que ha vivido el director de cine norteamericano William Friedkin. En 1973 hizo la famosa película El exorcista, pero no sabía realmente lo que era un exorcismo hasta que no fue con el padre Gabrielle Amorth a un exorcismo auténtico, que ha grabado en forma de documental, incluyendo declaraciones de este sacerdote, opiniones de médicos o testimonios de otras personas poseídas.

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“Al comienzo fue una experiencia terrorífica ver cómo había mutado la personalidad” de la mujer afirmó el cineasta cuando presentó el documental, titulado “El diablo y el padre Amorth”, en el Festival de Cine de Venecia.

Si bien, “una vez superado el miedo inicial”, sobre todo sintió “una simpatía y una compasión enorme por esta mujer”. “He visto que el mundo podía ser dominado por el mal, que puede golpearnos sin advertirnos”, refirió, para asegurar después que “un exorcismo no es un espectáculo”.

El resultado es impresionante. Para todos, comenzando por el propio director. Este se lo mostró a  dos neurocirujanos en EEUU, Neil Martin, de la Universidad de California-Los Ángeles) y Itzhak Fried, especialista en cirugía epiléptica.
Friedkin creía que los médicos despacharían los síntomas de la paciente como locura o fraude no intencional, o que propondrían someterla a cirugía cerebral.
Pero subraya: “No lo hicieron”. Es verdad que tampoco salieron diciendo ‘Por supuesto, esta mujer está poseída por Satanás’, pero parecían desconcertados al definir su enfermedad, y ambos coincidieron en que no era algo que pudiese curarse quirúrgicamente”.

El padre Gabrielle Amorth aceptó que el director fuera al exorcismo pero solo, sin su equipo y sin focos

El cineasta no hubiera podido filmar el exorcismo sin el padre Gabrielle Amorth, exorcista durante 31 años de la diócesis de Roma. El veterano sacerdote, de 91 años, aceptó y le permitió ir a un exorcismo en abril de 2016, pero con condiciones: debía ir sólo, sin su equipo y sin focos … pero podría grabar.
“Solo puedo definir esta experiencia como transformadora, un viaje de exploración, el cierre de un círculo iniciado hace más de 45 años” cuenta Friedkin.
La oportunidad que Amorth le dio fue providencial porque el exorcista falleció sólo unos meses más tarde, en septiembre de 2106.

Friedkin: “Yo no creía antes que hubiese algo real en los exorcismos, hasta que lo vi”

Para Friedkin, Satán, las posesiones diabólicas y el agua bendita no eran más que material literario… como el de la novela de William Peter Blatty en la que se basó su película.
Ficción -si se quiere un poco más terrorífica- para hacer espectáculo y ganar dólares.
Pero en Venecia confiesa:

“Yo no creía antes que hubiese algo real en los exorcismos, hasta que lo vi”.
Y es que el encuentro con el padre Amorth le ha dejado tocado. Sin dejar de ser agnóstico, el cineasta se hace preguntas.
Lo dejó claro en la rueda de prensa de Venecia cuando en mitad de la presentación dijo:
“No tenemos ni idea de qué hacemos aquí, de cómo hemos llegado hasta aquí o hacia dónde vamos. Lo importante no es tanto la fe o el escepticismo, como la curiosidad. Por eso he hecho esta película, por mi curiosidad“, explica.
Pero no una curiosidad malsana o morbosa por el Mal, sino más bien por Dios.
En un momento determinado llegó a decir:
“¡Que alcen la mano los que estén seguros de que Dios no existe! ¡Por favor, alzadlas, tengo curiosidad!”. Se levantan solo tres, y entonces les pregunta: “¿Por qué estáis seguros de que Dios no existe? ¿Cómo diablos lo sabéis?”.
Pasaron unos segundos… y el cineasta concluyó:
“¡Silencio!”.
Friedkin sobre Jesucristo: “Me abruma la idea de que un hombre de 33 años, de una minúscula parte del mundo y sin dejar nada escrito haya afectado así a la vida de millones de personas”.
¿Qué piensa William Friedkin de Jesucristo?
“Aunque no soy católico, me siento abrumado por la idea de que un hombre de 33 años, de una minúscula parte del mundo y en la que ninguna palabra escrita salió de su mano haya afectado así a la vida de millones de personas”.
Aunque –como le pasó a Gandhi- el espectáculo que suelen dar muchos cristianos no sea edificante.
A pesar de su agnosticismo, Friedkin reconoce que el filme y sobre todo el trasfondo filosófico que le rodea le interesa mucho
Dice: “Miro a la Iglesia Católica y veo a estos hombres con los trajes largos y todo ese oro y me pregunto qué tiene que ver con este joven que llevaba una sencilla túnica y sandalias y que curaba enfermos. Pero también me pregunto cómo millones de personas han estado dispuestas a dar sus vidas por estas creencias. Y porque me pregunto, tengo curiosidad por saber”.
Friedkin hizo El exorcista, en 1973, cuando una serie de directores melenudos y hippies estaban revolucionando el viejo Hollywood con savia joven (como Ford Coppola con El padrino, Scorsese con Taxi driver, Spielberg con Tiburón).
Friedkin era uno de esos jóvenes revolucionarios que como -cuenta Norman Biskind en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes revolucionaron la meca del cine, con actores nuevos (Robert de Niro, Al Pacino, Gene Hackman) y argumentos rompedores, para hacer frente a la competencia de la televisión y volver a llenar las salas.
El exorcita Gabriele Amorth
El exorcita Gabriele Amorth
Nacido en Chicago, en 1935, el cineasta se había dado a conocer dos años antes con French connection, con Gene Hackman (y el español Fernando Rey, en el papel de un capo del narcotráfico). La película ganó el Oscar (y él se llevó la estatuilla al mejor director) porque revolucionó el género policial, gracias a su impactante realismo.
Después ha hecho alguna otra obra memorable, como Vivir y morir en Los Angeles (1985), con Willem Dafoe, otro trepidante policial.
Pero la película con la que, sin duda, será recordado es El exorcista.
A pesar de su agnosticismo, Friedkin reconoce que el filme y sobre todo el trasfondo filosófico (la existencia del mal, el problema de la libertad, la acción de Dios etc,) que le rodea le interesa mucho y admite que ha tenido influencia sobre muchas personas, que incluso se han convertido.
Cuenta que en un plató de televisión coincidió con el actor James Cagney que le abroncó porque su peluquero de toda la vida, “el mejor que he tenido” –según sus palabras-, vio la película y tras esto dejó su profesión y entró al seminario.

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