¿Cuándo empezó a convertirse el cine en política?

    La cultura estadounidense ―liderada por un sector cinematográfico que aporta más de 500.000 millones a su PIB― es, pese a quien pese, la cultura occidental.

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    Nathalie Poza ganó el Goya a la mejor actriz en la gala 2018 de los premios de la Academia de Cine de España.
    Nathalie Poza ganó el Goya a la mejor actriz en la gala 2018 de los premios de la Academia de Cine de España.

    España acaba de superar a Estados Unidos como segundo destino turístico mundial, pero todavía no se ha podido analizar debidamente el impacto que va a tener el secesionismo sobre Cataluña como una de las regiones más visitadas de nuestro país. Ensimismada en un guerracivilismo que requiere toda su atención, España parece creer que el mundo la mira tan poco como ella mira al mundo.

    Este ‘antimarketing’ español parece funcionar bien, argumentarán algunos, cuando solo Francia nos supera como destino turístico mundial. Pero ¿qué no lograría España si canalizara su energía en versión positiva, en vez de dispersarla en una miríada de patéticas batallitas internas?

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    Las primeras potencias logran aunar cinco puntales: estabilidad política, poderío económico, capacidad militar, recursos naturales y productividad. Pero la hegemonía internacional se evalúa también por la pujanza cultural, que contribuye a explicar la identidad nacional y a reforzar la llamada ‘imagen país’. Parece fuera de toda duda que la libertad y la ausencia de contaminación política son elementos imprescindibles para que un país pueda disfrutar de una cultura nacional saneada. En el podio global de liderazgo cultural, Estados Unidos ocupa el indiscutible primer lugar, mientras que China conserva tercamente uno de los últimos puestos. La cultura estadounidense ―liderada por un sector cinematográfico que aporta más de 500.000 millones a su PIB― es, pese a quien pese, la cultura occidental.

    «Recordemos que habían sido las propias mujeres quienes habían convertido la alfombra roja de los Oscar en un lugar desigual donde a los hombres se les preguntaba por su trabajo y a las mujeres por el diseñador de su vestido»

    La gala de los Oscar de marzo de 2018 ha reconfirmado al cine de Hollywood como último refugio para la todopoderosa élite cultural estadounidense, que no ha dudado en politizar la nonagésima ceremonia con varios movimientos ya nacidos en formato hashtag: #MeToo, #TimesUp, #BlackLivesMatter y #OscarsSoWhite. El presidente Trump parecía sobrevolar en espíritu el auditorio Dolby en una noche donde prácticamente todo lo que sucedía se podía interpretar políticamente.

    Las feministas de Oprah Winfrey ―que en enero habían hecho una confesión sui generis de la doble moral femenina al autoimponerse una vestimenta de color negro para los Globos de Oro― estaban representadas en la noche de los Oscar por una Frances McDormand con un modesto vestido en tonos beis que parecía una túnica de arpillera. Recordemos que habían sido las propias mujeres quienes habían convertido la alfombra roja de los Oscar en un lugar desigual donde a los hombres se les preguntaba por su trabajo y a las mujeres por el diseñador de su vestido.

    Meryl Streep
    Meryl Streep

    Cientos de miles de personas no saben que eran de derechas ídolos cinematográficos tan prestigiosos como James Stewart, Cary Grant, Frank Sinatra, Clark Gable, John Wayne, Bob Hope, Glenn Ford, Frank Capra, Cecil B. DeMille, John Ford y Dennis Hopper, porque el cine se sigue catalogando como ‘de izquierdas’.

    Donald Trump ―fiel a las premisas de una derecha alternativa y antisistema― equipara los periodistas del New York Times de la Costa Este con las estrellas de cine de la Costa Este como Meryl Streep, a quien ha llamado una de las actrices más sobrevaloradas de la historia. Tal vez nada desquicie tanto a la élite de Hollywood como el hecho de que Trump parezca tenerles poco o ningún respeto. Hace un par de semanas el presidente viajaba precisamente a San Diego, California, para inspeccionar unos prototipos de muros fronterizos como el que ha prometido construir en la linde entre Estados Unidos y México.

    Así las cosas, en esta gala de los Oscar 2018, politizada hasta la tiara de luces del teatro Dolby, habrá quien piense que los dos grandes premios al director mexicano Guillermo del Toro por La forma del agua también hayan podido ser una estocada contra Trump. Desde el récord de baja audiencia, la menor de la historia ―26,5 millones de espectadores, 6 millones menos que el año pasado― hasta las proclamas de feminismo global y el triunfo de Del Toro con una historia de amor entre una limpiadora muda y una criatura marina, nada parecía del todo normal. Solo al ver las películas contendientes ―Lady Bird, Déjame salir y Tres anuncios en las afueras― se entiende que La forma del agua es una película clásica en la tradición del viejo Hollywood (viaje de iniciación y final feliz) con una hechura formal no solo hipnótica, sino firmada con el sello del director en cada fotograma. En el último lustro tres directores mexicanos ―Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro― han recibido el Oscar al Mejor Director. Ningún director español lo ha obtenido nunca.

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    Periodista, escritora y traductora de inglés de literatura, ensayo y cine. Pasó su infancia entre París y Washington DC. Licenciada en Filología Inglesa, trabajó durante una década el sector cultural, en empresas como Microsoft Encarta y Warner Music. Tiene tres novelas publicadas. Ha traducido al español a clásicos como Dickens, Kipling, Wilde, Poe y Twain. Colabora desde hace décadas en prensa española y latinoamericana. Tras una década colaborando en revistas femeninas como Vogue, Gala y Telva, se inició como columnista en La Razón, labor que continuó en La Gaceta.