El Rey Felipe VI y la Reina Letizia visitan una exposición sobre Miguel de Cervantes / EFE

Don Quijote ha vuelto para denunciar las contradicciones de la España moderna que ni siquiera nosotros somos capaces de entender. Es la idea central de la nueva novela (editorial Stella Maris) del sociólogo Amando de Miguel, ferviente admirador de Miguel de Cervantes y gran experto en la obra cumbre de la literatura española.

Don Alonso Quijano aparece de forma repentina en un hospital de la Mancha cuatro siglos después de la muerte de Cervantes. El misterioso personaje no tarda en darse cuenta de que la España de hoy es una “edad de locos”, en la que todo está al revés de cómo estaba en el Siglo de Oro. Muy pronto se sorprende de que los españoles no paren de comer -y en cualquier sitio- y que las mujeres vistan poca ropa. Pero su gran hallazgo va a ser la televisión, ese aparato mágico por el que él también acaba apareciendo.

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Como en la célebre novela, este Don Quijote tiene querencia a meterse en líos, y da con sus huesos en la cárcel. La Fiscalía le investiga por injurias a las autoridades políticas a las que acusa de cobardes por su inacción ante el desafío del separatismo catalán. Aunque no será su única cruzada, porque más tarde se convierte en el abanderado de otras causas.

Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza / Wikipedia
Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza / Wikipedia

Una de ellas es como salvador de los inmigrantes y los desahuciados. Don Alonso pasa de odiar a la morisma, los moriscos y sarracenos a ser el redentor de los sin papeles. Llega a tal punto que hasta se rebela contra Sancho -un paciente profesor de literatura de instituto- y la sociedad que lo acoge. Sancho, hasta entonces fiel, cree que en realidad su amo es un impostor: un viejo profesor de literatura de Bogotá que ha venido a España a promocionarse aprovechando el cuarto centenario de la muerte de Cervantes.

Degollado por yihadistas

Por supuesto, el sentido del humor está presente en las páginas. Especial mención merece el tratamiento que el autor hace de la casta de los tertulianos, a los que dibuja en constante riña y con escasa formación. Tan real parece el retrato que hasta los nombres nos recuerdan a los originales: Gratiniano Palomo, Carmelo Carrascas, Salvador Postres y Pilar Cribada.

Si aquí habla cualquiera, yo también, piensa Don Quijote. Bajo esa premisa nuestro hidalgo llega a los platós donde apenas puede controlar la arrolladora popularidad del personaje que ha creado en una España tan huérfana de referentes. Una de sus frases es que “la televisión es el equivalente a los libros de caballería”, o sea, el entretenimiento del pueblo.

A Don Alonso incluso le da tiempo a enamorarse, aunque sin mucho éxito, de la joven Leila. El final es quizá lo más trepidante de la novela. El viejo hidalgo es encarcelado y es testigo -y rehén- del secuestro que lleva a cabo un grupo yihadista en la prisión. Pero antes de que la policía pueda entrar al rescate, Don Alonso muere degollado al grito de “Leila, mis libros, mis libros”.

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Licenciado en periodismo por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Tomó la alternativa en Intereconomía -semanario Alba, La Gaceta, Los Últimos de Filipinas, Dando Caña, 12 Hombres sin vergüenza- de la mano de Gonzalo Altozano y Kiko Méndez-Monasterio, de los que aprendió incluso algo de periodismo. Más tarde escribió para los digitales La Información y Periodista Digital. Viajó a Irak antes que a Roma, le apasionan la Historia y la tauromaquia. Nazareno de Sevilla.