Sede de Google en California
Sede de Google en Mountain View, California.

Uno de los 72.053 trabajadores de la compañía Google ha tenido un brote de sentido común. La empresa ha reaccionado con rapidez y diligencia. Ha reconvenido a su trabajador, y una portavoz autorizada ha dejado claro que el sentido común, al menos en este aspecto, no tiene cabida en su empresa.

El aspecto es la igual distribución de hombres y mujeres en la dirección de la compañía y el mismo pago en las mismas categorías de trabajo. El asunto está candente en Google, ya que el Departamento de Empleo de los Estados Unidos investiga a la compañía, por considerar que parece ser un caso extremo en las diferencias en el pago de los sueldos a hombres y mujeres.

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Del trabajador con un brote de sentido común no conocemos el nombre. Sí sabemos que es un ingeniero de la compañía, y hay cierta prensa que le acusa de ser un hombre. Y conocemos el contenido de un informe de 10 páginas que ha elaborado para consumo interno de la compañía, y que ha resultado ser escandaloso.

Conozcamos primero cuál es ese contenido. Después de unos cuantos parches ante las heridas que le van a producir “Valoro la diversidad y la inclusión, y no estoy negando que exista el sexismo, si apoyo el recurso a los estereotipos…”, y de proponer que “si no discutimos con honradez sobre este tema, nunca lo podremos resolver de verdad”, él expone honradamente qué es lo que piensa.

Una ley inexorable para todos

Primero observa que hombres y mujeres son diferentes. Lo son, dice, desde el punto de vista biológico. De algún modo entiende que decir esta obviedad puede resultarle caro, de modo que intenta demostrarla diciendo que esas diferencias “son universales en todas las culturas”, son comprobables y responden a “lo que predeciríamos desde una perspectiva de psicología evolucionista”.

Luego recoge parte de esas diferencias biológicas, asociadas al comportamiento (en línea con las investigaciones precisamente de la psicología evolucionista), y relaciona las mismas con el hecho de que, en general, las mujeres están más presentes en ciertos trabajos y menos en otros:

“La distribución de las preferencias y habilidades entre hombres y mujeres difiere en parte por causas biológicas y que esas diferencias podrían explicar por qué no vemos la misma representación de las mujeres en tecnología y en el liderazgo”.

El empleado anónimo no se corta al escribir a su compañía y explicarles los motivos por los que las mujeres prefieren trabajar en áreas sociales o artísticas

Sobre la base de las diferencias biológicas, explica porqué “las mujeres prefieren trabajar en áreas sociales o artísticas”, les cuesta negociar más, o les resulta menos atractivo un puesto directivo, en el entendido de que hablamos de grandes tendencias y no de una ley inexorable para todos los individuos.

No se queda aquí. También propone varios modos no discriminatorios de reducir las diferencias, como hacer la ingeniería más orientada a las personas, o trabajar de forma colaborativa.

En su empresa lo ven de otro modo: “En Google se nos dice con regularidad que los sesgos implícitos y explícitos están frenando a las mujeres en su carrera al liderazgo”. Detengámonos un momento en esa idea. ¿Qué es lo que nos está queriendo decir? Que las personas somos exactamente iguales, que no hay una característica propia, distintiva. Ni siquiera el sexo.

Imagen referencial Hombre-Mujer. Foto: Pixabay / Dominio público.
Imagen referencial Hombre-Mujer. Foto: Pixabay / Dominio público.

Puesto que somos clones, aunque con aspecto diferente, tenemos que caer en los diversos trabajos con una distribución parecida a la del conjunto de la sociedad, por la ley de los grandes números. Y aquí los números son muy grandes. Y quiere decir, también, que si la fría estadística no se cumple es, ¡nos lo dice Google!, porque la sociedad nos condiciona con sus prejuicios.

Lo que propone la empresa, como tantos otros, es contrarrestar esos prejuicios con una discriminación en sentido opuesto, para que el resultado sea que las canicas caigamos en los distintos guas de acuerdo con la imparcial e igualitaria cadencia estadística.

Otra empleada, de nombre Danielle Brown, y que es la vicepresidenta de Diversidad, Integridad y Gobernabilidad de Google, es quien ha respondido a su compañero. Dice que “no es un punto de vista que yo, o esta empresa, compartamos”.

Corregir la opresión

Y no tiene por qué ser de otro modo. De hecho, Google es una empresa privada y por tanto tiene todo el derecho a discriminar a los potenciales empleados en función de su sexo, si lo considera conveniente. O en función de cualquier otro criterio que elija (raza, edad), pues puede disponer de sus recursos como mejor se adecúen a sus ideas.

El misterioso autor ha lanzado todo un dardo al discurso de Google. Y no me refiero a sus ideas sobre porqué, acaso, no seamos canicas sin voluntad sino personas condicionadas por la biología. Sino a que reconoce el valor de la diversidad (lo hace desde el principio), y lo lleva al ámbito ideológico: “El de los puntos de vista es el tipo de diversidad más importante”, por lo que “deberíamos dar más poder a quienes tengan una ideología diferente y quieran expresarla”.

Tenemos una empresa puntera en tecnología que rechaza lo que nos pueda enseñar la ciencia sobre cómo somos, y defiende un punto de vista puramente ideológico

Denuncia que se ha creado “una cámara de eco en la que algunas ideas son demasiado sagradas como para discutirlas con honradez. La falta de discusión fomenta los elementos más extremos y autoritarios de esta ideología. Extremo: todas las diferencias en la representación se deben a la opresión. Autoritario: Deberíamos discriminar para corregir esa opresión”.

La respuesta de Brown no tiene precio: “Parte de la construcción de un entorno abierto e inclusivo implica fomentar una cultura en la que aquellas personas con puntos de vista alternativos, incluyendo opiniones políticas diferentes, se sientan seguros compartiendo sus opiniones. Pero ese discurso necesita estar en línea con los principios de igualdad de empleo que se encuentran en nuestro Código de Conducta”.

Es decir, que dice que respeta la diversidad ideológica, porque si no se le caería su discurso abajo, pero luego dice que caben esos “puntos de vista alternativos”, siempre que sean el mismo de la empresa.

Es decir, que tenemos una empresa puntera en tecnología que rechaza lo que nos pueda enseñar la ciencia sobre cómo somos, y defiende un punto de vista puramente ideológico, sin más asidero a la realidad que el de la propia voluntad. ¡Qué mundo tan extraño!

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.