Hazañas bélicas de un fraile navarro

    Tiburcio de Redín fue ombrado por el rey Caballero de Santiago, sirvió bajo las órdenes de uno de los marinos más insignes de España. Hasta que un buen día entró en razón y decidió poner coto a los desmanes del pasado, tomando los hábitos capuchinos.

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    Tiburcio de Redín y Cruzat.
    Tiburcio de Redín y Cruzat.

    Si fuera verdad que los edificios conservan parte de la energía de sus antiguos moradores, los estudiantes del conservatorio de música de Pamplona estarían de suerte. Y es que entre sus muros nacieron dos de los más ilustres hombres que Navarra ha dado a España: Martín y Tiburcio de Redín. El primero llegaría a ser virrey de Sicilia y Gran Maestre de la Orden de Malta, bajo el reinado de Felipe IV. Lo de Tiburcio, en cambio, es otro cantar.

    Con apenas catorce años, Tiburcio se enroló en los Tercios Viejos de Infantería, donde su arrojo en la campaña italiana le conferiría inicialmente el grado de alférez y poco después, el de capitán de mar y guerra. Posiblemente, llegó a estar al mando de uno de los galeones españoles más famosos de la historia, el Nuestra Señora de Atocha, que cubría la ruta con el Nuevo Mundo. Cuando el cazatesoros Mel Fisher descubrió sus restos en 1985 se hizo con un botín que superaba los 400 millones de dólares. Pudo haber sido más ya que, al zarpar, el galeón español llevaba en sus bodegas una carga reconocida -siempre había algo de contrabando a bordo- de más de 24 toneladas de plata y oro; un trasiego semejante sólo podía ser custodiado por gente tan de fiar como de temer. Con Tiburcio Redín se cumplían con creces ambos requisitos.

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    Nombrado por el rey Caballero de Santiago, sirvió bajo las órdenes de uno de los marinos más insignes de España, Antonio de Oquendo, en cuya compaña resultaría herido más de una vez y adquiriría una experiencia en combate sumamente útil. En una ocasión, tuvo conocimiento de que un buque corsario holandés aguardaba a que saliese de puerto para abordarle, por lo que ideó una estratagema que aún hoy asombra.

    Cargó su nave con piedras, para que pareciese que iba hasta las trancas de oro e inutilizó sus piezas de artillería. Al mismo tiempo, dobló la dotación de su nave con infantes españoles fuertemente armados, ordenándoles que aparentasen estar asustados y desarmados. Eso hizo que los holandeses no vacilaran a la hora de lanzarse al abordaje del galeón español. Craso error. Cuando el capitán pirata se disponía a entrar en la camareta de su homólogo español -había subido al barco sin resistencia alguna-, presuntamente enfermo, éste le descerrajó un tiro entre ceja y ceja que sirvió como señal para que los infantes españoles se lanzaran al abordaje del sorprendido navío holandés.

    Fusta en mano, la emprendió a golpes con los aterrados soldados que, viendo el aluvión de golpes que se les venía encima, pusieron pies en polvorosa. Todo un carácter, el tal Redín

    Los pocos piratas que quedaban en el galeón español, ahora casi vacío al cambiarse las tornas, decidieron disparar contra su propia nave, sin contar con que el capitán Redín había inutilizado los cañones previamente. No les quedó otra que rendirse. Así, el marino español se hizo con una valiosa captura, que le valió para solventar sus “problemillas” con la justicia, ya que nuestro hombre andaba siempre batiéndose en duelo por temas de juego y faldas.

    Hasta que un buen día entró en razón y decidió poner coto a los desmanes del pasado, tomando los hábitos capuchinos. Pero su destino le perseguiría incluso alejado del mundanal ruido. Durante una travesía por el norte de Africa, el barco en el que iba fue atacado por un bajel holandés. Sabedor del pasado del fraile, el capitán español pidió a Redín que se hiciera cargo de la situación, pero éste se negó aduciendo que aquello ya no era cosa suya. Empero, su superior le conminó a que actuase “para preservar la fe”… dicho y hecho. Redín, espada en mano, tomó el mando de la nave y en un santiamén puso en fuga a los holandeses.

    Con todo, no sería ésta la última hazaña del aristócrata navarro metido a fraile. De camino a Tudela, paró en una taberna donde un grupo de soldados intentaba forzar a la camarera. Redín les recriminó pero ellos, viendo ante sí a un pobre capuchino, le retaron a que se lo impidiese. Y vaya si se lo impidió. Fusta en mano, la emprendió a golpes con los aterrados soldados que, viendo el aluvión de golpes que se les venía encima, pusieron pies en polvorosa. Todo un carácter, el tal Redín. Y cocinero antes que fraile; eso sí, de armas tomar.

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