La Antártida
La Antártida / EFE

A mediados de julio, los calentólogos se sintieron como si hubieran acertado un pleno en la quiniela (¿todavía hay quinielas?): la madre de todos los icebergs se había separado del continente antártico en la Barrera de Larsen, al sur de América.

El iceberg apareció en todos los medios de comunicación, más que Tom Cruise chocándose con un muro durante el rodaje de la última película de Misión Imposible. Conocimos su extensión, de 5.800 kilómetros cuadrados, representada en diversas medidas para que comprendiésemos su magnitud: era como 10 veces la ciudad de Madrid o cuatro la de México DF. Iba a ser un peligro para la navegación marítima, tanto más si se fragmentaba.

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Sólo faltaron imágenes de una desconcertada manada (¿o es bandada?) de pingüinos atrapada en el iceberg.

Al menos no haría subir el nivel de los porque ya estaba en el agua ni era el mayor registrado, pues en 2000 se desprendió de la Antártida otro de 11.000 kilómetros cuadrados, lo que me llevó a preguntarme por qué tanta matraca… hasta que los científicos y los tertulianos establecieron la relación de causalidad entre el ‘calentamiento global’ y la descomunal isla de hielo, llamada A68, de la que por cierto no hemos vuelto a saber nada.

En la Antártida ya se halla el volcán activo más austral de la Tierra, el Erebus, de casi 3.800 metros de altitud, en la isla de Ross; en su cráter hay un lago de lava permanente

Pero la victoria propagandística de los calentólogos ha sido tan fugaz como un avance italiano en la Segunda Guerra Mundial.

Unos geólogos de la Universidad de Edimburgo han desvelado que han encontrado 91 volcanes en la Antártida Occidental, que se suman a los 47 que ya se habían descubierto en el siglo XX, lo que la convierte en la región con mayor número de volcanes del mundo, por encima de África Oriental.

La erupción del Tambora

Las cifras impresionan. Casi un centenar de volcanes, el más alto de los cuales tiene una altitud similar a la del Eiger suizo, de casi 4.000 metros. El más pequeño es de sólo 100 metros. Todos se hallan bajo el hielo y se extienden a lo largo de un sistema montañoso de unos 3.500 kilómetros, desde la península Antártica hasta la Barrera de Ross. Y encima el equipo investigador sospecha que puede haber algunos volcanes más en el fondo marino que no han detectado.

Ahora a los geólogos les corresponde determinar cuales están activos, objetivo difícil debido al tamaño del hielo que los cubre. Podrían estarlo, pero su actividad pasaría desapercibida en la superficie. En la Antártida ya se halla el volcán activo más austral de la Tierra, el Erebus, de casi 3.800 metros de altitud, en la isla de Ross; en su cráter hay un lago de lava permanente.

¡Hay tantas cosas en la Tierra que todavía desconocemos que me parece una soberbia atribuirnos cualquier catástrofe natural que ocurre!

Si el hielo se derritiera, los residuos de las erupciones podrían salir a la superficie. Para aumentar la alarma, se nos dice que algunas de las zonas con mayor vulcanismo, como Islandia y Alaska, tienen en común la disminución del hielo.

Para comprender el daño que puede provocar una sola erupción basta con recordar la del Tambora. Este volcán, en la isla de Sumbawa (Indonesia), produjo en abril de 1815 una de las erupciones más violentas de la historia, cuatro veces más potente que la del Krakatoa. El azufre expulsado creó una niebla persistente que ni el viento ni la lluvia disipaban.

Hay más linces que en 2002

1816 se ha llamado ‘el año sin verano’, se detuvo el comercio por el frío y hubo hambrunas en el hemisferio norte por las malas cosechas. John Post definió las consecuencias de esa erupción como la última crisis de supervivencia para la humanidad occidental.

Me permito preguntar a los geólogos: la pérdida de hielo en la Antártida, incluida la madre de los icebergs, que tanto preocupa a los calentólogos, ¿no puede deberse a la actividad de los volcanes descubiertos y de otros que permanecen ocultos?

Manifestación contra el cambio climático

¡Hay tantas cosas en la Tierra que todavía desconocemos que me parece una soberbia atribuirnos cualquier catástrofe natural que ocurre!

Permítame, amigo lector, que concluya con una buena noticia ambiental, ya que los medios de comunicación prefieren intoxicarnos con extinciones de especies, inundaciones (las de Sierra Leona también se achacan al calentamiento global), incendios y más desastres: gracias al Programa Life, el número de linces en España ha pasado de 94 ejemplares en 2002 a 500 este año, con lo que la especie ha dejado de estar en peligro crítico de extinción.

Y si le atraen las noticias sobre incendios en la Península Ibérica, no haga caso de los que anuncian la desertificación. Recuerde que más de la mitad de la superficie de la España peninsular es bosque. A usted le toca unos 400 árboles.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).