No parece a estas alturas necesario hacer una apología de la maravillosa carrera cinematográfica de Kirk Douglas. Al menos entre los conocedores del Séptimo Arte.

Pero pienso que vale la pena escribir estas líneas pensando en los espectadores más jovenes, quienes devorados por la cultura de lo inmediato, pueden ignorarlo todo sobre sus películas.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

Incluso si les señalamos “se trata del padre de Michael Douglas”, muchos no sabrán quién es el tal Michael, también desconocen al hijo, y sólo haciendo un esfuerzo pueden acabar sonándoles, tal vez, Instinto básico y Wall Street.

Sí, ahora que tanto se clama por la memoria histórica, a mí me gustaría hacerlo por la memoria fílmica, pues desgraciadamente las nuevas generaciones, que nadan en una cultura eminentemente audiovisual, son, sin culpa por su parte, unos analfabetos cinematográficos.

No se les introduce en la historia del cine, suerte tendremos si les suena El padrino, que les parecerá tal vez una completa antigualla.

Hijo de inmigrantes judíos rusos, sin duda que Kirk es paradigma del sueño americano hecho realidad, alguien hecho a sí mismo.

Cuarto de siete hermanos, las demás chicas, Issur Danielovitch, su verdadero nombre, tituló muy expresivamente su autobiografía como “The ragman’s son”, “El hijo del trapero”.

Escena de la película Senderos de gloria
Escena de la película Senderos de gloria

Es de los que pueden decir que se crió en las calles, las neoyorquinas de Amsterdam, conociendo el hambre y la escasez, más el antisemitismo instalado en ciertas capas sociales. Joven bien plantado, cuando su entrenador físico le preguntó harto de sus incompatibilidades horarias, “¿qué quieres ser, luchador o actor?”, no dudó un momento en inclinarse por lo segundo.

No obstante, la magia del cine, sería luchador en la gran pantalla, boxeador en El ídolo de barro (Mark Robson, 1949), gladiador en Espartaco (Stanley Kubrick, 1960).

Aunque antes, había que ganarse la vida, ejercería oficios variopintos, incluidos los espectáculos de feria, donde simulaba grandes combates con un luchador enmascarado; también conoció la vida universitaria, y buscó la formación dramática, aunque siempre escaso de dólares en el bolsillo, necesitado de ayudas o becas.

Kirk se diría el compañero ideal para tomarse unas cuantas cervezas y echar risas, al que se perdona su punto de insolente chulería

En la pantalla destaca por su poderoso físico, y por la enorme seguridad en sí mismo que comunica al espectador. Es verle y reconocer a un tipo resuelto, con aires de superioridad, intensificados por el hoyuelo de su llamativo mentón.

Tiene una sonrisa entre burlona y pícara, levemente irónica, que lejos de transmitir una prepotencia capaz de causar rechazo, resulta simpática, Kirk se diría el compañero ideal para tomarse unas cuantas cervezas y echar risas, al que se perdona su punto de insolente chulería.

No es de extrañar así que componga a un canalla integral en El día de los tramposos (Joseph L. Mankiewicz, 1970), su presidiario que traiciona hasta a su propia sombra para recuperar el botín del atraco a un banco es odioso y, paradoja, no podemos dejar de quererle.

Lo mismo ocurre con su productor cinematográfico de Cautivos del mal (Vincente Minnelli, 1952), que juega a varias bandas para sacar adelante sus películas, y a pesar de todo sigue causando admiración entre los que trabajan con él, un director, una guionista, una actriz, a pesar de sus manifiestas deslealtades.

O con el periodista capaz de dejar enterrado a un hombre en vida en El gran carnaval (Billy Wilder, 1951), para que su primicia crezca y vea de ese modo acrecentado su caché profesional.

Kirk Douglas es un actor muy físico, no es de extrañar que haya sido reclamado para un maravilloso cine de aventuras, Richard Fleischer, ya fallecido, y que celebra su centenario un día antes que él, le dirigió en 20.000 leguas de viaje submarino (1954) y Los vikingos (1958).

También sería un rostro habitual en el western, hizo muchos, entre los que destacan Camino de la horca (Raoul Walsh, 1951), Río de sangre (Howard Hawks, 1952), La pradera sin ley (King Vidor, 1955), y con John Sturges Duelo de titanes (1957) y El último tren de Gun Hill (1959).

Escena de la película Gran Carnaval
Escena de la película Gran Carnaval

Cuando hacía falta, se ponía serio. Fueron desgarradoras su composiciones del atormentado Van Gogh en El loco del pelo rojo (Vincente Minnelli, 1956) y el rígido policía de Brigada 21 (William Wyler, 1951), mientras que su íntegro militar capaz de detener una intentona golpista en Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964) sorteaba con brillantez el riesgo del acartonamiento.

Y por supuesto, capítulo aparte merecería su protagonismo y producción de Senderos de gloria (1957), un alegato antibelicista de fuerza inusitada, quizá la mejor película sobre la Primera Guerra Mundial jamás filmada, y que le asoció con Stanley Kubrick, a quien acudió luego para la ambiciosa Espartaco, otra producción suya, cuando Anthony Mann le falló, no acababa de convencerle su trabajo.

Además para este film rescató generosamente de las listas negras de Hollywood a Dalton Trumbo, guionista cuyo nombre al fin pudo verse de nuevo en las pantallas, a la vez que en Éxodo.

Es verdad que el grueso del mejor cine de Kirk Douglas abarca un cuarto de siglo, desde sus inicios en 1946 hasta aproximadamente 1971, y no quiero dejar de citar tres títulos de los inicios, con presencia más secundaria, El extraño amor de Martha Ivers (Lewis Milestone, 1946), Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947) y Carta a tres esposas (1949).

Luego la cosa decae, aunque siguiera rodando, incluido el único y discreto film donde compartió pantalla con su hijo Michael, Cosas de familia (Fred Schepisi, 2003).

Douglas: “Dentro de unos años, tal vez mi nieto Cameron vea esas películas. ¿Qué pasará? ¿Se reirá?”

Cumplidos los cien años, no está de más recordar los interrogantes que Kirk se planteaba en las últimas páginas de sus memorias: “Dentro de unos años, tal vez mi nieto Cameron vea esas películas. ¿Qué pasará? ¿Se reirá? ¿Le gustarán mis payasadas de 20.000 leguas de viaje submarino? ¿Le conmoverá el pobre agente de Brigada 21, que era incapaz de afrontar sus problemas? Quizá mirará un rato la película, se aburrirá, tocará un botón y la imagen se disipará en la oscuridad.”

Si esto ocurre, tal vez sea el momento de constatar un fracaso, no habríamos logrado transmitir a los jovenes un valioso legado. Es hora de hacer examen y tal vez rectificar, aún estamos a tiempo de enseñar a apreciar el buen cine, el de ayer, el de hoy.

Comentarios

Comentarios

Compartir
Zaragozano, ingeniero de telecomunicación, crítico de cine. Director de decine21.com. Ha dirigido las revistas Cinerama, Estrenos y DeVíDeo. Autor de numerosas críticas, entrevistas y ensayos relacionados con el Séptimo Arte, ha publicado un buen puñado de libros de cine, entre los que destacan "Escritores de cine" y "En busca de William Wyler".