La historia de la cruz en el pecho de Velázquez en ‘Las Meninas’

    La concesión del hábito de Santiago sucedió como si el rey actual ennobleciera a un funcionario de la Casa Real que ejerciera como su fotógrafo para darle este servicio sin cobrar por ello. Velázquez no era un “artesano” sino un “artista” para dar gusto a Felipe IV.

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    Detalle de Diego Velázquez, autoretratado en 'Las meninas' con la Cruz de Santiago.
    Detalle de Diego Velázquez, autoretratado en 'Las meninas' con la Cruz de Santiago.

    El sevillano Diego Rodríguez de Silva y Velázquez pasa por ser uno de los más destacados pintores de la historia del arte. Su estilo barroco evolucionó desde sus primeras pinturas sevillanas hasta las de la Corte madrileña, con destacada influencia de sus dos viajes a Italia. Le tocó vivir el siglo XVII donde la limpieza de sangre fue una fórmula de discriminación social habitual que impedía la promoción profesional de descendientes de moros o judíos convertidos al cristianismo. La sociedad se dividía entre familias de “cristianos viejos”, con origen “puro” y “cristianos nuevos” de origen “manchado”.

    Descendiente de hidalgos portugueses emigrados a Sevilla comenzó pintando con Francisco Herrera “el viejo” pero pronto entró en el taller sevillano de Francisco Pacheco casándose con su hija. Las invisibles conexiones clientelares con la familia sevillana del Conde Duque de Olivares permitieron su traslado a la Corte por un cargo palaciego. Enchufado con un trabajo en la capital los madrileños lo vieron asistiendo a espectáculos públicos, charlando con otros pintores o comprando libros para su biblioteca en aquel Madrid de los Austrias donde desarrolló su carrera palaciega. En su biblioteca no había obras religiosas o literarias, el insigne pintor era un hombre de ciencia.

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    «Las meninas (damas de compañía) dan nombre al famoso cuadro del pintor sevillano. El lienzo lo pintó en 1658 y el mismo año Felipe IV pedía una investigación sobre el origen familiar de su amigo Diego»

    En su cuadro ‘Las Meninas’ (en realidad se le conocía como ‘La familia de Felipe IV’ en los inventarios) el artista plasma el espacio barroco con sus luces y sombras. Se trata del instante en donde los reyes Felipe IV y Mariana de Austria se presentan frente al cuadro abriendo las cortinas del cuarto, reflejados en el espejo del fondo, interrumpiendo el retrato que realizaba Velázquez sobre la Infanta Margarita que estaba siendo ayudada por sus meninas rodeada de otros personajes de la Corte. La niña observa con sorpresa la llegada de sus padres a esta cámara del antiguo Alcázar de Madrid (ardió en el siglo XVIII, sustituido por el Palacio Real). Así el genio de la pintura retrataba a la familia real creando un espacio que se sale del marco del cuadro.

    'Las meninas' o 'La familia de Felipe IV', de Diego Velázquez. /Museo del Prado
    ‘Las meninas’ o ‘La familia de Felipe IV’, de Diego Velázquez. /Museo del Prado

    Las meninas (damas de compañía) dan nombre al famoso cuadro del pintor sevillano. El lienzo lo pintó en 1658 y el mismo año Felipe IV pedía una investigación sobre el origen familiar de su amigo Diego (tenían la misma edad) para poder distinguir a este funcionario de la Corte con el hábito de la Orden de Santiago. Se trataba de un premio de honor para su buen amigo por su largo servicio en palacio, unos 35 años con responsabilidades en la Corte (pintor de cámara, guardarropa, aposentador, etc.). En 1659 el Consejo de Órdenes tenía las pruebas de nobleza de su abuelo paterno, pero no de los otros tres por lo que tuvo que intervenir el propio rey para que el Papa Alejandro VII desde Roma realizara una excepción sobre el pintor. La influencia regia permitió una dispensa papal sobre el expediente de pruebas.

    Don Diego fue armado Caballero de la Orden de Santiago en el Convento del Corpus Christi en Madrid (“las carboneras”) en 1659. 148 testigos señalaron su limpieza de sangre por no haberse rebajado nunca a vender ninguno de sus cuadros. La concesión del hábito de Santiago sucedió como si el rey actual ennobleciera a un funcionario de la Casa Real que ejerciera como su fotógrafo para darle este servicio sin cobrar por ello. Velázquez no era un “artesano” sino un “artista” para dar gusto a Felipe IV. El oficio de artesano (trabajador manual) era vil y haberlo ejercido impedía su acceso a la nobleza. La amistad con el rey y la intercesión de Roma permitieron la excepción en el Consejo de Órdenes Militares porque su abuela paterna y sus abuelos maternos no eran nobles. Este difícil equilibrio en la concesión del hábito no era aprobado por la nobleza notoria pero esta acataba las decisiones del monarca.

    La nobleza era una obsesión para medrar socialmente y como la concesión del hábito fue posterior a la finalización del lienzo debió ser el propio pintor quien decorase su pecho en el cuadro (repinte) para su mayor gloria. La limpieza de sangre se exhibía públicamente y su posible origen converso (de judíos) se olvidaba en una monarquía Hispánica que pasaba su tiempo admirando su propio linaje y alta cuna mientras la crisis del siglo XVII causaba estragos entre la población.

    «El escándalo fue comparable a cuando Enrique II, rey de Francia en el siglo XVI, concedió la nobleza al pirata ‘Pata Palo'»

    Si Velázquez no hubiese recibido el hábito de Santiago tras la investigación hubiera quedado infamado porque se hubiese demostrado su “mancha” (era necesaria la nobleza de sus cuatro abuelos) y es por ello que desde Madrid se pide ayuda a Roma. Una vez obtenido el hábito tenía derecho a recibir dinero de las encomiendas de la Orden de Santiago lo que le hubiese añadido a sus rentas una pensión anual importante. Su pronto fallecimiento tras su nombramiento impidió esta pensión de honor con rentas que concedía el monarca. La concesión del hábito era garantía de nobleza y limpieza de sangre. Además se trataba del primer paso para recibir una encomienda santiaguista que llenaría de reales los bolsillos del pintor.

    A principios del siglo XVIII, por la necesidad de ofrecer recompensas en la guerra, también algunos militares irlandeses obtuvieron su hábito de Órdenes Militares sin que quedase claro el origen nobiliar de sus antepasados. Aunque el más inconveniente caso a ojos de la nobleza fue la concesión del hábito de la Orden de Calatrava al cantante Farinelli que permaneció en España unos 25 años para ganarse los oídos de Felipe V y Fernando VI. Este condecoró a Carlo Broschi en 1750 con un hábito de Calatrava. Esta concesión a Farinelli, “il Castrati”, provocó una ola de protestas entre la nobleza española porque el cantante había comenzado su carrera en Roma como artista travestido y ahora entraba en un club selecto con un honor religioso y militar.

    Retrato de Carlo Broschi detto Farinelli, Corrado Giaquinto, c1750. /Civico Museo Bibliografico Musicale, Bolonia (Italia).
    Retrato de Carlo Broschi detto Farinelli, Corrado Giaquinto, c1750. /Civico Museo Bibliografico Musicale, Bolonia (Italia).

    El escándalo fue comparable a cuando Enrique II, rey de Francia en el siglo XVI, concedió la nobleza al pirata “Pata Palo”. Pese a que ciertos nombramientos para ennoblecer a destacados personajes de la Corte, como fue el caso del pintor o del cantante,  fueron poco acertados se trataba de episodios anecdóticos de aquellas instituciones utilizados en contra de estos institutos para desprestigiarlos. El funcionario-pintor Velázquez siguió en la Corte un cursus honorum que culminó con la concesión del hábito de Santiago. El pintor falleció en 1660 por lo que se convirtió en un caballero religioso y militar (Orden de Santiago) al finalizar su vida rezando entre sus lienzos, refugiado tras su paleta de colores y disparando retratos con sus pinceles.

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    Juan Gijón es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y fue profesor visitante del Instituto de Historia (CSIC). Lleva casi 20 años como profesor de Secundaria, ha colaborado con Oxford University Press España en diversos proyectos (2015-2016) y ha firmado más de medio centenar de títulos entre monografías, artículos y colaboraciones sobre los caballeros de las Órdenes Militares, la Casa de Borbón en el siglo XVIII, arquitectura militar, religiosidad popular, economía en la Edad Moderna, bibliografía, la represión política en la Guerra Civil española, etc. Es miembro de la Fundación Española de Historia Moderna, de la Associaçao dos Amigos da Torre do Tombo (Portugal) y de la Asociación Española de Amigos de los Castillos. Desde su atalaya, escribe en Actuall.