Las risas tecnológicas de «Silicon Valley» o el mundo está loco, loco, loco

    El mundo está cambiando, y aún cambiará más, aseguraba una canción de los 60. Internet y los teléfonos móviles son pieza clave de esa revolución, que ha propiciado una de las series televisivas más divertidas de los últimos tiempos: “Silicon Valley”.

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    Silicon Valley es una serie de televisión estadounidense creada por Mike Judge.

    En 1999 una comedia pequeña titulada Trabajo basura llamó mi atención. Más que por su resultado en taquilla, discreto aunque cayó simpática, por el enorme potencial que encerraba. Ya el cartel, en que se veía a un tipo cubierto de arriba abajo con post-its amarillos con diversos recados y mensajes, producía hilaridad y picaba la curiosidad.

    El film, escrito y dirigido por Mike Judge, se desarrollaba en una oficina, y la idea era provocar risas a cuento de las situaciones surrealistas que suelen producirse en el entorno laboral: decisiones irracionales, manías de diverso fuste, cabezonerías mil, modos de hacer absurdos que nadie cuestiona… Había un puñado de gags graciosos, pero la cosa no acababa de funcionar. Sin embargo, ya digo, me quedé con el nombre del “señor juez”, que siguió desarrollando una carrera cómica, con series de animación más o menos gamberras que nunca me han llamado mucho la atención, como El rey de la colina y Beavis y Butt-Head.

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    Y de pronto llegó en 2014 la serie televisiva Silicon Valley, de la que ahora se puede seguir en Movistar + la tercera temporada. Y en fin, no tengo más remedio que descubrirme el sombrero, se trata de una sitcom divertidísima y ocurrente, que también se centra en el mundo del trabajo, pero más concretamente en el de los emprendedores de las empresas tecnológicas que han cambiado el paisaje de nuestro mundo, y que se encuentran en el entorno geográfico que da título a la serie.

    Silicon Valley
    Silicon Valley

    Como es bien sabido, allí tienen su sede Google, Facebook, Twitter, HP, Intel, Oracle, YouTube, etcétera, lo que puede verse en la original cortinilla de entrada de la serie, donde también figura la ficticia empresa Hooli, parodia de esas compañías cuyos propietarios se creen poco menos que dioses. Los personajes peculiares pueden hacer pensar en series como The Big Bang Theory o El séquito, pero en cualquier caso la que nos ocupa tiene su propia y poderosa personalidad.

    El punto de partida es sencillo. Richard es un programador informático genial, con increibles intuiciones e ideas, que podrían revolucionar el ya de por sí movido mundo de los ordenadores e internet. Trabaja muy a gusto con otros desarrolladores de lo que bulle en su cabeza, se alojan en casa de un amigo millonario bastante singular, la incubadora, y completa el equipo un eficiente gerente empresarial.

    La ocurrencia de una app de música encierra un algoritmo de comprensión digital que puede revolucionar el mercado, lo que les conduce a la creación de su propia empresa, Pied Piper, toda una alusión a la posibilidad de convertirse en un flautista de Hamelín. Pero las expectativas de todo el mundo se disparan, y ofertas de financiación y acuerdos mil llegarán enseguida, entre otras una del ambicioso propietario de la todopoderosa Hooli.

    Silicon Valley
    Silicon Valley

    Con el mencionado planteamiento se logra una aguda sátira al mundillo de las tecnológicas: el dinero que mueve, los egos que pululan, las excentricidades y manías de los nuevos ricos, los navajazos para posicionarse… Pero también se aborda la peculiar personalidad de los ingenieros “nerds”: tenemos la timidez y torpeza encantadoras de Richard, la brusquedad cortante de Gilfoyle, y los complejos y deseos de ligar del indio Dinesh; más los modos indelicados y avasallores de Erlich, la organización racionalista de Jared, y la ingenuidad rayana en la estupidez de Cabezón.

    La serie saca partido a situaciones muy reales, me viene a la cabeza la manía de Richard de usar espacios en blanco y no tabuladores a la hora de escribir con el ordenador, lo que todo el mundo le dice que es una tontería, al compilar un programa dará igual una cosa u otra, pero que él defiende tozudamente, lo que va a poner en peligro la relación que acaba de iniciar con una atractiva programadora de Facebook.

    También tienen su gracia la malas prácticas de Gavin Belson, que elimina o posiciona mal los resultados de su buscador de Hooli que mencionan un escándalo en el que se vio envuelto, o el hecho de que contrate a las mismas personas que despidió hace unos meses, y a las que arenga a modo de bienvenida sin advertir ese pequeño detalle.

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    Zaragozano, ingeniero de telecomunicación, crítico de cine. Director de decine21.com. Ha dirigido las revistas Cinerama, Estrenos y DeVíDeo. Autor de numerosas críticas, entrevistas y ensayos relacionados con el Séptimo Arte, ha publicado un buen puñado de libros de cine, entre los que destacan "Escritores de cine" y "En busca de William Wyler".