Leopoldo Galtieri, Leopoldo Calvo Sotelo y Margaret Tatcher
Leopoldo Galtieri, Leopoldo Calvo Sotelo y Margaret Tatcher.

Mayo de 1982. Una lancha neumática está en el centro de la bahía de Algeciras. Aunque es de noche, no lo parece por el ruido y las luces producidos por los hombres. Las poblaciones de Algeciras, La Línea de la Concepción y Gibraltar proyectan su algarabía sobre las aguas y el cielo.

Numerosos barcos de todo tamaño cruzan el estrecho de Gibraltar, una de las más concurridas autopistas de tráfico marítimo del mundo, con las luces de su estructura, las hélices y las sirenas. Al sur, brillan las luces, más pequeñas, de África. Esfuerzos de los hombres por imponerse a la oscuridad y el silencio que marca la naturaleza.

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Además, junto al inmenso Peñón, hay otras lanchas y otros focos que tratan de convertir la noche en día. Hay una guerra en marcha y los hombres creen que la luz y el ruido les protegerán de los monstruos que se agazapan en la oscuridad. Así ha sido desde los tiempos de Ulises y Aquiles en el Mediterráneo.

De pronto, unas manos enguantadas y unas escafandras aparecen en la superficie y se agitan a unas docenas de metros de la lancha. El tripulante la dirige hacia los tres buzos. Les ayuda a subir y se alejan con el mayor silencio posible.

Después de arrastrar el bote por la arena de una playa, se desvisten y se  secan jadeando. Ven el coche en el que regresarán a su refugio y que ya les anticipa descanso y seguridad. Los cuatro hombres saben que están rodeados de enemigos y los fumadores contienen las ganas de encender un cigarrillo o de hacer la pregunta de rigor: “¿Cómo ha ido?”.

Entonces una hoguera surge al otro extremo de la bahía y unos segundos después se escucha un trueno. Las sirenas suenan una tras otra, como gritos de animales que se quemasen. Más luces se encienden. Y algunas voces, deformadas por el sonido metálico de los altavoces, llegan a la playa.

Los cuatro hombres se sonríen y varios se abrazan. Han cumplido su misión. Un barco inglés arde en la bahía de Algeciras. Por unos segundos, los argentinos se olvidan hasta de su seguridad y piensan en la alegría con que se recibirá la noticia en su patria, sobre todo, en las islas Malvinas. En éstas, cientos de militares ya sienten el viento, el agua y el hielo helados, y el hundimiento de otro barco de los ‘piratas’ les calentará tanto como una taza de caldo humeante.

Sin embargo, este ataque de comandos no sucedió. Esta es la película que pudo ser y no fue. Pero estaba prevista por la Armada argentina, que envió efectivamente a un comando a Gibraltar, pero no lograron llevar a término la voladura de un navío británico. Pero lo impidió la Policía española.

Gibraltar, salvado del colapso por Felipe González

Desde el final del sitio de 1779-1783, España no ha empleado la fuerza militar contra la colonia inglesa de Gibraltar. En el siglo XX, el Peñón, fue bombardeado, pero por franceses y por italianos entre 1940 y 1942.

En estos siglos, la medida más severa que aplicó un Gobierno español contra una colonia que la ONU sentenció que tiene que ser devuelta a España  fue el cierre de la Verja (construida por los propios britanicos), ordenado por Francisco Franco en 1969.

En una de sus primeras medidas como presidente del Gobierno, el socialista Felipe González la abrió para el paso de individuos en diciembre de 1982 y luego a la circulación de vehículos en 1985.

La colonia británica de Gibraltar
La colonia británica de Gibraltar

Desde entonces, la colonia, que se había convertido durante el cierre en una carga para la hacienda británica y un lugar sin futuro, ha pasado a ser un centro de lavado de dinero negro y contrabando (hachís marroquí, tabaco…). Gracias a la nueva riqueza, los gibraltareños tienen a españoles y marroquíes como empleados en su colonia, mientras ellos disfrutan de sus residencias en Sotogrande y Marbella.

El 2 de abril de 1982, cuando unos infantes de marina argentinos desembarcaron en las Malvinas, un archipiélago a casi 500 kilómetros de distancia de la costa de la Patagonia, gobernaba España Leopoldo Calvo-Sotelo, por el partido UCD.

Sus preocupaciones eran, en el interior, el terrorismo etarra, la crisis económica, el establecimiento del Estado autonómico, el desmenuzamiento de su partido y la oposición del PSOE; y en el exterior, el ingreso en la OTAN, las negociaciones para la adhesión a las Comunidades Económicas Europeas y las relaciones con Marruecos.

Hispanoamérica no interesaba mucho a un Gobierno cuyos diputados escapaban hacia el PSOE y la Alianza Popular de Manuel Fraga.

Calvo Sotelo: “Los problemas de las islas Malvinas y del Peñón de Gibraltar son distintos y distantes”

Tanto las Malvinas como Gibraltar son, según las Naciones Unidas, territorios pendientes de descolonización y ocupados por la misma metrópoli. Pese a ello, cuando a Calvo-Sotelo le preguntaron el 3 de abril por las relaciones o vínculos entre ambos casos, respondió que “los problemas de las islas Malvinas y del Peñón de Gibraltar son distintos y distantes”.

Y añadió que las cercanas conversaciones entre los Gobiernos español y británico conducirían “a la recuperación de la soberanía de Gibraltar por parte de España, para lo que no habrá que esperar mucho”. ¡Un visionario!

En esta situación, Madrid no quería verse implicado de ninguna manera, aunque España era miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por ello, la postura española fue la abstención.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Calvo-Sotelo por hacerse agradable a Londres y separarse de la Junta argentina, España estuvo a punto de convertirse en escenario de la guerra.

Porque la Operación Algeciras, planeada desde Buenos Aires, consistía en la voladura de un barco británico en el puerto de la colonia de Gibraltar mediante la colocación de explosivos en su casco por buzos. El almirante Jorge Anaya, comandante de la Armada argentina y miembro de la Junta militar, aprobó el plan, pero se lo ocultó a sus secuaces.

El modelo de la operación es la realizada en diciembre de 1941 por unos atrevidos buzos italianos en el puerto de Alejandría (Egipto) contra unidades de la flota británica.

En 1975, un grupo de terroristas montoneros (extrema izquierda), cuando gobernaba el país un Gobierno peronista civil, trató de cometer un ataque similar contra la fragata Santísima Trinidad, en el puerto de Ensenada, cercano a Buenos Aires.

Su cabecilla era Máximo Nicoletti. Éste fue detenido por los marinos unos años más tarde, que consiguieron que, como otros muchos montoneros, se pasase a su bando: a cambio de información sobre sus camaradas, se le permitió abandonar el país junto con su familia.

A finales de 1978, cuando la Junta argentina estuvo a punto de atacar a Chile, la Armada le pidió la elaboración de un plan similar al de 1975 contra una nave chilena. La mediación del papa Juan Pablo II evitó la guerra, pero el nombre de Nicoletti siguió en los archivos de la Armada.

El almirante Anaya encargó al jefe de la inteligencia naval, el contralmirante Eduardo Morris Girling, la preparación del comando. Nicoletti fue reclutado y en su equipo se incluyeron a otros dos montoneros, Antonio Nelson Latorre, alias ‘el Pelado Diego’, y ‘el Marciano’, que también tenía experiencia como buzo. Como enlace y último miembro del comando se eligió a un oficial de la Armada.

Jorge Anaya
Jorge Anaya

Nicoletti y Latorre partieron del aeropuerto de Ezeiza con pasaportes falsos encontrados por los uniformados en un operativo contra otros montoneros, para que, en el caso de ser descubiertos, la operación se atribuyera a éstos, que eran, aparte de socialistas, grandes nacionalistas.

Después de una escala en París, llegaron a Madrid. En la capital española les esperaban los otros dos miembros de la misión. En la embajada argentina el comando recogió dos minas de fabricación italiana, de 60 centímetros de diámetro y cargadas con 25 kilos de trotyl, que habían sido enviadas por valija diplomática.

Luego marcharon a Algeciras y, como habían hecho en la II Guerra Mundial los agentes alemanes e italianos, se pusieron a vigilar el puerto de la colonia.

Los argentinos se comunicaban con sus jefes de Buenos Aires llamando desde una cabina telefónica a una casa particular alquilada por la Armada y que estaba a nombre de un jubilado. El comando descubrió que no había prácticamente medidas de seguridad en el puerto de la colonia.

Pero los argentinos cometieron un error. Se presentaron en el Campo de Gibraltar como aficionados a la pesca y al submarinismo, pero empezaron a gastar demasiado dinero en metálico en las tiendas de la comarca y la Costa del Sol para comprar las lanchas y el material de buceo, así como para alquilar coches.

Por esas fechas, la Policía española perseguía a una banda de delincuentes sudamericanos que había asaltado sucursales bancarias y joyerías en la zona, y creyó que la había encontrado en los argentinos.

La ejecución del golpe se fue aplazando, porque se estaban desarrollando negociaciones entre Buenos Aires y Londres con la mediación de Washington. El domingo 2 de mayo, un submarino nuclear británico, el Conqueror, torpedeó el crucero argentino General Belgrano, hecho en el murieron 323 marinos.

El objetivo elegido por el comando era el destructor británica Ariadna, pero cuando los argentinos fueron a renovar el alquiler de coches, la Policía española los detuvo

En las horas siguientes, las conversaciones se cortaron y el mando de la Armada ordenó al comando que actuase. El ataque en Gibraltar se fijó para el lunes 10. El objetivo escogido fue el destructor Ariadna, similar al Sheffield, atacado por la aviación naval argentina el día 4.

Hundimiento D-80 Sheffield
Hundimiento D-80 Sheffield / Youtube

El sábado previo a la fecha fijada, el oficial naval y ‘el Pelado’ fueron a renovar el alquiler de los dos coches en los que se desplazaban. Un comisario español había dicho a la agencia que le informara de inmediato si volvían a aparecer los argentinos que habían alquilado los coches pagando en dólares. La Policía detuvo a los otros dos argentinos, uno de ellos Nicoletti, en su hotel de San Roque, donde tenían los explosivos.

Otra versión sostiene que los pasaportes falsificados por los montoneros eran tan defectuosos que llamaron la atención de los servicios de información franceses, que avisaron a los britanicos y éstos a los españoles.

Y una tercera versión consiste en que los britanicos escucharon las comunicaciones telefónicas, no en vano Gibraltar es, en la actualidad, uno de los centros de la red de espionaje Echelon.

Fuera como fuese, los argentinos acabaron detenidos. Se les sacó de Andalucía con rumbo a Canarias en el mismo avion de Calvo-Sotelo, que estaba haciendo campaña electoral en Andalucía.

Calvo-Sotelo, fallecido en 2008, no menciona en sus memorias (Memoria viva de la Transición) el uso de su avion para expulsar a los argentinos, como tampoco menciona la guerra de las Malvinas ni la supuesta conspiración golpista prevista para el 27 de octubre de 1982 y desarticulada por su Gobierno semanas antes.

Otro de esos secretos de los que los poderosos no quieren informar a sus gobernados.

La Operación Algeciras daría para una película. Y confirma que Gibraltar, aparte de una colonia condenada por la ONU, aparte de un lavadero de dinero negro, aparte de una fuerza que empobrece el Campo de Gibraltar, es un riesgo para España entera.

Dada su condición de base militar, los enemigos de Inglaterra han pensado en atacarlo y hasta en invadir España, como  planeó Hitler. 

La seguridad de España y sobre todo de los habitantes del Campo de Gibraltar es otro motivo más para exigir la entrega de la colonia, o al menos su aislamiento del territorio nacional.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).