Marta Torrecillas aseguró que le habían roto los dedos el 1-O y luego se descubrió que era mentira.
Marta Torrecillas aseguró que le habían roto los dedos el 1-O y luego se descubrió que era mentira.

Si la crisis mediática ha producido movimientos como el Slow Journalism o Periodismo lento, que abandera un regreso a los orígenes con textos más largos y trabajados, las generaciones audiovisuales padecen una fobia a la letra escrita que ni siquiera intentan disimular, optando por la imagen como elemento central de las plataformas que usan para comunicarse.

Esta preferencia por los formatos audiovisuales no es solo propia de Occidente, sino que la comparten las nuevas generaciones del mundo entero. Los productos audiovisuales consumidos mayoritariamente son los creados en el llamado “Mundo Libre”, cuya industria cultural representa a una civilización occidental definida por la estabilidad política, el poderío económico, la capacidad militar, los recursos naturales y la productividad.

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Las redes sociales masivas como Facebook y Twitter, cada vez más utilizadas por los medios informativos para difundir sus contenidos, mezclan de manera confusa los formatos audiovisuales con los textos tradicionales. Víctima de esta interacción frenética de formatos, el público que usa las redes para informarse experimenta una creciente dificultad para distinguir realidad de ficción.

“La primera víctima de este fenómeno es el periodismo tradicional, esa máquina de ‘información’ politizada cuya credibilidad sufre en el siglo XXI una crisis de la que tal vez no llegue a recuperarse nunca”

Para competir en Facebook o Instagram, los medios informativos abusan de la imagen intentando atraer a un público joven formado por cientos de miles de personas que no han comprado un periódico en un quiosco jamás en su vida. El público tradicional ―lo confiese o no― también se siente atraído por los contenidos mediáticos que contienen imágenes llamativas.

Mientras los medios veteranos intentan sobreponerse a la revolución informática ofreciendo una supuesta “prensa de calidad”, el periodismo ciudadano de las redes sociales y los blogs avanza imparable. Hoy existen en el mundo aproximadamente 7.200 millones de miniordenadores, incluyendo tabletas tipo iPad, smartphones y portátiles tradicionales.

“Los medios ‘de toda la vida’ creían que su apoyo ―y manipulación de la información― bastaría para dar la victoria a la candidata demócrata Hillary Clinton. Trump les ganó la batalla en Twitter”

Por primera vez en la historia de la humanidad, el número de dispositivos electrónicos supera la cifra de habitantes (algo más de 7.000 millones) del planeta Tierra. El panorama mediático es un confuso batiburrillo de medios informativos más o menos estandarizados, webs falsas, páginas de Facebook y cuentas de Twitter no confirmadas.

La primera víctima de este fenómeno es el periodismo tradicional, esa máquina de “información” politizada cuya credibilidad sufre en el siglo XXI una crisis de la que tal vez no llegue a recuperarse nunca. La distorsión mediática de la realidad procede en buena parte de la sobrevaloración de una capacidad para cambiar la realidad.

Fake News
Fuente: BuzzFeed News, noviembre de 2016.

Como se pudo comprobar en la campaña electoral de las elecciones generales estadounidenses que ganó sorpresivamente Donald Trump, los medios “de toda la vida” creían que su apoyo ―y manipulación de la información― bastaría para dar la victoria a la candidata demócrata Hillary Clinton.

Trump les ganó la batalla al denunciar a diario en Twitter como fake news (noticias falsas) la manipulación mediática flagrante que practican los politizados medios occidentales.

La cobertura delirante del secesionismo catalán por parte de medios antaño prestigiosos ―como el diario estadounidense The New York Times o el semanario británico The Economist― ha vuelto a poner sobre el tapete la impudicia con que mienten algunas grandes cabeceras de un Occidente que siempre se había vanagloriado de su prensa.

“En la era audiovisual ya nadie discute que una imagen vale más que mil palabras”

Mientras el Economist de Zanny Minton Beddoes asegura tan campante que España es un país cuyo gobierno “envía a tropas antidisturbios a Cataluña a partir el cráneo a las ancianas con sus porras para impedirles votar”, en su Índice de Democracia Mundial sitúa a España en el puesto 17, inmediatamente detrás del propio Reino Unido y por delante de Francia, Italia y Estados Unidos (cuya democracia califica de “defectuosa”).

Difícil ser más incoherente, ¿no les parece? Publicado también en Londres, el diario The Guardian ―equivalente británico de El País― entona en cambio desde el domingo 8 de octubre algo parecido a una autocrítica.

Recién acabada la multitudinaria manifestación en Barcelona contra el secesionismo catalán, el veterano periodista Peter Preston publicó un texto lamentando que precisamente en estos tiempos dominados por las fake news los medios no sean doblemente cuidadosos, mencionando las falsas imágenes de una mujer con los dedos rotos y un niño de 6 años que supuestamente había quedado paralítico tras una paliza de la policía.

Solo hubo dos heridos graves durante el “referéndum” del 1 de octubre, puntualiza Peter Preston.

El texto, por desgracia, llega tarde. En la era audiovisual ya nadie discute que una imagen vale más que mil palabras. Cuesta creer que la flamante Secretaria de Estado de Comunicación Carmen Martínez Castro no se remangue con sus 40 empleados para dedicarse a desmentir ―como Peter Preston― estos bulos. Como si tuvieran algo mejor que hacer.

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Periodista, escritora y traductora de inglés de literatura, ensayo y cine. Pasó su infancia entre París y Washington DC. Licenciada en Filología Inglesa, trabajó durante una década el sector cultural, en empresas como Microsoft Encarta y Warner Music. Tiene tres novelas publicadas. Ha traducido al español a clásicos como Dickens, Kipling, Wilde, Poe y Twain. Colabora desde hace décadas en prensa española y latinoamericana. Tras una década colaborando en revistas femeninas como Vogue, Gala y Telva, se inició como columnista en La Razón, labor que continuó en La Gaceta.