Orgullo en el patíbulo

    El conde de Villamediana, le dedicó un soneto a Rodrigo Calderón cuyos dos últimos versos definían a la perfección el sentir popular: "Viviendo pareció digno de muerte, / muriendo pareció digno de vida". Un chorizo, sí pero con clase. Ibérico, sin duda.

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    Retrato de Rodrigo Calderón, conde de la Oliva y marqués de Siete Iglesias.
    Retrato de Rodrigo Calderón, conde de la Oliva y marqués de Siete Iglesias.

    La Plaza Mayor de Madrid ha sido testigo de duelos a espada, escarceos amorosos, autos de fe y ejecuciones varias. Una de ellas se produjo el 21 de octubre de 1621, y dejó para el inconsciente colectivo la expresión “tener más orgullo que don Rodrigo en la horca”. Expresión, por cierto, muy al socaire del actual clima de corrupción, por cuanto don Rodrigo, funcionario público él, fue ajusticiado por corrupto. Así se las gastaban entonces.

    Que alguien plebeyo y de ascendencia conversa pasara a ser caballero de la Orden de Santiago, comendador de Ocaña, marqués de las Siete Iglesias, conde de la Oliva y secretario real da una idea de lo alto que picaba el tal Rodrigo Calderón. Tanto que no tardó en cosechar numerosos enemigos, algunos tan poderosos como la reina Margarita de Austria.

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    Hombre de confianza del duque de Lerma, valido a su vez de Felipe III, hizo y deshizo a su antojo, conduciéndose siempre con una prepotencia que acabó por costarle la vida. Una vida llena de lujo y ostentación, con gustos de lo más refinado; la pintura, por ejemplo. Gracias a ello, hoy podemos disfrutar de “La Adoración de los Magos”, de Rubens, y de otras tantas obras de arte que se exponen en el Museo del Prado.

    Don Rodrigo, odiado por muchos, fue acusado de emplear “brujería” para hechizar al rey, 244 cargos por abuso de poder, cuatro asesinatos y un magnicidio -el de la reina Margarita de Austria, por envenenamiento-

    Cuando el duque de Lerma cayó en desgracia ofreció la cabeza de su hombre de confianza para salvar la suya propia y lo consiguió. Don Rodrigo, odiado por muchos, fue acusado de emplear “brujería” para hechizar al rey, 244 cargos por abuso de poder, cuatro asesinatos y un magnicidio -el de la reina Margarita de Austria, por envenenamiento-. Se le desposeyó de todos sus bienes y el salón principal de su propia casa fue dividido en tres: en una parte permaneció confinado 23 largos meses, en otra el tribunal deliberaba, y en una tercera se interrogaba al reo, tormento incluido-“agua, cordeles y garrote”-. Hay constancia escrita de la saña con que fueron aplicadas las torturas; tanto que, según puede leerse en el acta de su proceso “quedó muy estropeado y hubo de usar muleta y cabestrillo”. De todas las acusaciones, sólo reconoció haber ordenado matar a un soldado, aunque poco importaba, porque su condena a muerte era algo cantado.

    Don Rodrigo llevó una existencia de lo más piados durante los casi cuatro meses que transcurrieron desde la sentencia hasta la ejecución. Una ejecución que no fue por ahorcamiento, dada la condición noble del reo, sino a degüello. Pero el hecho de que ésta se produjese en el patíbulo de la Plaza Mayor -trasladado a la de la Cebada a finales del XVIII- tergiversó el acontecimiento, y así ha llegado hasta hoy. 70 alguaciles a caballo y 30 a pie formaron la comitiva que acompañó a don Rodrigo a la cita con su destino. Ya sobre las tablas, oró de rodillas durante 40 minutos y, antes de agacharse para ser degollado, abrazó al verdugo y le concedió el perdón que éste le solicitaba. Desde que saliera de su casa rumbo al cadalso hasta el mismo momento de su final, hizo gala de un aplomo que admiró incluso a sus detractores. Uno de ellos, el conde de Villamediana, le dedicó un soneto cuyos dos últimos versos definían a la perfección el sentir popular: «Viviendo pareció digno de muerte, / muriendo pareció digno de vida». Un chorizo, sí pero con clase. Ibérico, sin duda.

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