Torre Eifell de París /Pixabay - Pete Linforth
Torre Eifell de París /Pixabay - Pete Linforth

Pocos incendios han conmocionado tanto a la vieja Europa como el de Notre Dame, y no sin razón. Quizá por ello, y aunque ya ha pasado algún tiempo, he vuelto a ver Midnight in Paris, de Woody Allen. Me sigue pareciendo una delicia; tanto que no parece obra suya. De todos modos, hay que reconocer su talento en algunas ocasiones, y ésta es una de ellas. Talento que consiste aquí en mostrar lo mejor de unas vidas trufadas de un supuesto glamour exitoso, aunque el interior era bien distinto.

Así, el personaje interpretado por Owen Wilson -una suerte de Woody Allen pero en guapete; insoportable, en todo caso- retrocede en el tiempo hasta el París de entreguerras, donde alternará con lo más granado de la intelectualidad que en aquellos años se citaba en Montmartre. Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, Ernest Hemingway, Cole Porter, Renoir o Jean Cocteau se convierten en unos compañeros de farra tan geniales como irrepetibles.

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Por desgracia, la realidad suele ser muy distinta a la ficción. Una ficción con un comienzo prometedor, cual es la fiesta en la que se ve de pronto Owen Wilson. Esas veladas sí existieron, y a ellas asistía la flor y nata de la intelectualidad bon vivant.

Podía verse al mismísimo Cole Porter al piano, aunque la alegría que rezumaba era más de atrezzo que otra cosa: los dolores en las piernas -sufrió más de 40 operaciones- y su homosexualidad en tiempos complicados le sumieron en una continua depresión. No obstante, fue capaz de componer maravillas como Night and Day o I got you under my skin, encumbradas por Frank Sinatra. Scott y Zelda Firzgerald, amigos suyos y compañeros de correrías, murieron alcoholizado él y esquizofrénica ella.

Cartel dela película 'Midnight in Paris' de Woody Allen:
Cartel dela película ‘Midnight in Paris’ de Woody Allen:

Pero hay más. El París más bohemio y artístico sigue guardando un buen montón de sitios con encanto. Uno de ellos, el Cafe Guerbois, acogía a finales del XIX y principios del XX a figuras como Monet, Manet y Zola.

También el café en cuestión aparece en la película aunque, si van a París, en su lugar encontrarán una de las múltiples tiendas de souvenirs que hay en las inmediaciones del Molin Rouge. Hemingway iba por allí, al igual que Picasso, Dalí, Buñuel o Belmonte, el torero. Precisamente una de las últimas amantes de Picasso, Adriana -deliciosa Marion Cotillard-, es la elegida por Woody Allen para dar el toque de glamour a la historia.

El hecho de que el personaje, tan real como el resto, tuviera también un pasado con Modigliani ha hecho que más de uno la confundiera con Jeanne Hébuterne. Y no es así. Más que nada, porque la tal Jeanne se tiró por la ventana poco después de que el pinto muriera en sus brazos, maldiciendo no poder vivir más para retratar al hijo que ambos esperaban.

Del resto tampoco puede decirse que tuvieran un final de campanillas. Belmonte se pegó un tiro, Paul Cézanne falleció de neumonía y sin haber podido digerir la pena por la muerte de su esposa y Gauguin -éste no se privó de nada- deprimido y rondado por lepra, sífilis y alcoholismo. Toma ya. Menos mal que, como dijo Bogart, “siempre nos quedará París”. Por más que veo Casablanca, aún sigo teniendo la esperanza de que acabe por subirse al avión con Ingrid Bergman, en lugar que quedarse en compañía del ridículo gendarme del bigotito. Y no la pierdo, no.

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