Nathalie Poza ganó el Goya a la mejor actriz en la gala 2018 de los premios de la Academia de Cine de España.
Nathalie Poza ganó el Goya a la mejor actriz en la gala 2018 de los premios de la Academia de Cine de España.

Estos hechos me parecen sintomáticos de una extraña deriva que seguramente afecta a la sociedad entera, por la ausencia de una sana antropología, pero que quisiera analizar en lo que se refiere al mundo de la ficción audiovisual y sus profesionales.

Un reportaje en el New York Times en octubre sobre el productor Harvey Weinstein abrió la caja de los truenos, y a partir de ese momento Hollywood parecía un mundo habitado por depredadores sexuales: un amplio número de mujeres denunció haber sido víctima de abusos a golpe del hashtag #MeToo, y saltó el escándalo Kevin Spacey que dejó a la serie House of Cards en estado de stand-by, amén de la desaparición del actor de la película Todo el dinero del mundo, borrado digitalmente y sustituido por un Christopher Plummer que ha sido nominado al Oscar, una especie de bofetada para el apestado actor acusado de abusar de jovencitos.

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No quiero aquí hacer el recuento completo de casos y cosas, pero es obligado mencionar a Woody Allen, su hijo Rooney Farrow, que le había acusado de abusos a su hermana Dylan en el pasado, sin que los tribunales pudieran probar nada en tal sentido: como si fuera el niño pirómano del último film de Allen, Wonder Wheel, Rooney ha logrado con la nueva tesitura poner contra el director neoyorquino a muchos actores, Rebecca Hall y Timothée Chalamet, entre otros, que hasta renuncian a sueldos debidos por trabajar con él en un film pendiente de estreno, como si fuera dinero sucio; la continuidad de su carrera peligra, a pesar de que no ha surgido ningún nuevo dato sobre el caso, lo que ha cambiado es la atmósfera, la consigna parece consistir en que es mejor pasarse que quedarse corto.

Con este panorama, pueden darse situaciones absurdas. Es curioso, porque se supone que somos más libres que en cualquier otra época pasada de la historia, pero la presión social empuja con fuerza a actuar de cierta manera, y ay de quien se desmarca, pienso en la pobre Angela Lansbury, a la que se le ocurrió insinuar con muchos matices que quizá a veces la mujer pudiera tener algo de culpa en algunos sucedidos, y a pesar de todo la corrieron a gorrazos.

“El caso de Ansari es indicativo de que cuando en el sexo está ausente el amor, la entrega generosa y comprometida sin condiciones, surgen los problemas y la insatisfacción”

En los pasados Globos de Oro, la consigna de las mujeres era vestir de negro, y llevar la chapa con el lema Time’s Up [Se acabó el tiempo], tolerancia cero contra el acoso sexual en el entorno laboral fílmico y cualquier otro. Resultado: la presidenta de la Asociación de la Prensa Extranjera, asociación que da los premios, se vio obligada a dar explicaciones de por qué ella iba de rojo; otras iban de negro, pero provocativas con sus escotes y transparencias, que no dejaban mucho espacio para la imaginación; y dos actores premiados esa noche, James Franco por The Disaster Artist y Aziz Ansari Master of None -los títulos de sus trabajos a posteriori resuenan con fuerza irónica- llevaban la susodicha chapa, que era lo “cool”, aunque luego en las redes sociales surgieron las acusaciones de mujeres de comportamiento inapropiado, de modo que en la actualidad ambos han sido puestos en entredicho.

El caso de Ansari es paradigmático del lío, pues una admiradora se empeñó en seducirlo en una fiesta, aceptó ir a casa del actor, pero luego ella quedó insatisfecha, dijo haberse sentido incómoda, porque el otro no entendía sus señales de hasta donde quería llegar, había un límite que no se podía traspasar, y tocaba a la otra parte deslindarlo. Imagínese el lector el caso, con el alcohol y las hormonas disparadas, y trate de aplicar esta racionalización irracional de cómo hay que comportarse. En realidad, el caso es indicativo de que cuando en el sexo está ausente el amor, la entrega generosa y comprometida sin condiciones, surgen los problemas y la insatisfacción.

James Franco, nominado a un Globo de Oro por su actuación en el musical 'The Disaster Artist' /HFPA
James Franco, nominado a un Globo de Oro por su actuación en el musical ‘The Disaster Artist’ /HFPA

Imagino que en los Goya hacía falta mucha personalidad, sobre todo en el caso de ellas -los políticos, véanse a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, se apuntan a lo que sea- para abstenerse de llevar el abanico rojo, o dejar de decir algo en los discursos de presentación o de agradecimiento por los premios, alusivo a las reivindicaciones laborales para la mujer. Escuchar a un distribuidor pedir más mujeres en ese puesto para el año que viene sonaba al latiguillo de que “algo hay que decir” más que una declaración que fuera a tener consecuencias en su personal desempeño profesional.

“¿No hay demasiada desinhibición sexual en la pantalla? ¿Las tramas retorcidas y sadomasoquistas quizá abundan en exceso? ¿Son necesarios los desnudos, no es esto explotación sexual?”

Me da pena el caso Uma Thurman, que ha desvelado una experiencia personal desagradable con Harvey Weinstein en el New York Times el pasado fin de semana. No estoy en disposición de juzgar lo que ha vivido una actriz a la que admiro por su trabajo en la pantalla, pero lo que cuenta invita a pensar que con una elemental prudencia, se habría evitado el apuro. Pero cuesta decir estas cosas, porque el pudor y la modestia, o guardar una mínima distancia, no está de moda, suena a mojigatería de novicia o algo así.

Mientras que aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para quejarse del rodaje de una escena de automóvil en que ella conducía y chocó, señalando como culpable a Quentin Tarantino, que la dirigía en la saga Kill Bill hace dos décadas, supone como mínimo mezclar churras con merinas.

Uma Thruman asegura que Tarantino puso en peligro su vida en un rodaje.
Uma Thruman asegura que Tarantino puso en peligro su vida en un rodaje.

En fin, y queda por supuesto de fondo ese toro al que nadie se atreve a agarrar por los cuernos, y que viene muy a cuento en pleno cincuentenario de la revolución sexual del 68, sobre la que no vendría mal un poco de autocrítica. Se derribaron tabúes, sí, pero a qué precio. ¿No hay demasiada desinhibición sexual en la pantalla? ¿Las tramas retorcidas y sadomasoquistas quizá abundan en exceso? ¿Son necesarios los desnudos, no es esto explotación sexual? ¿Los actores llevan bien el rodaje de esas escenas?

No hace mucho leí las declaraciones de un actor patrio que señalaba que algunos colegas se aprovechan a veces de sus compañeras de reparto al rodar los pasajes eróticos. El discurso de que hay que ser profesionales y tal está muy bien, pero también se habla con frecuencia de qué estupenda química se establece en tal caso, no se sabe muy bien qué se quiere decir, que cada uno haga su lectura, y en fin, me parece en cualquier caso que habría que ser de piedra para que determinadas situaciones no afectaran de un modo u otro a los implicados. La vieja razón de “es que lo exige el guión” puede ser cierta en algún caso, pero me da que en la mayoría de los casos, esa “exigencia de guión” está dictada por razones puramente mercantiles, que orillan completamente el debido respeto a los hombres, y sobre todo, a las mujeres.

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Zaragozano, ingeniero de telecomunicación, crítico de cine. Director de decine21.com. Ha dirigido las revistas Cinerama, Estrenos y DeVíDeo. Autor de numerosas críticas, entrevistas y ensayos relacionados con el Séptimo Arte, ha publicado un buen puñado de libros de cine, entre los que destacan "Escritores de cine" y "En busca de William Wyler".