Acuarela que retrata un grupo de pingüinos / Pixabay
Acuarela que retrata un grupo de pingüinos / Pixabay

El País -y no solo El País, que el diario de Prisa recoge una ‘noticia’ repetida con arrobo en todos los sospechosos habituales de la prensa internacional- dedica una buena parte de su codiciado espacio a contarnos el caso de una pareja de pingüinos homosexuales machos que son los mejores padres del mundo para Sphengic, una cría abandonada por sus verdaderos progenitores.

Dos pingüinos gais, los mejores padres“, es el poco disimulado titular encaminado a la misma turra propagandística con la que nos bombardean a diario desde todos los frentes. No, no es una ‘curiosidad’ zoológica sobre la que quieran llamar nuestra atención porque les parezca curiosa; no es ese el negociado de nuestro ‘diario de referencia’, y ese ‘gais’ y ese ‘mejores padres’, como si hubiesen hecho un concurso de paternidad en el Ártico, delata su único interés. Sed como estos pingüinos, es la consigna obvia.

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Por si hubiera dudas de su carácter didáctico, he aquí algunas frases del reportaje: “A diferencia de las demás parejas, todas formadas por macho y hembra y que exhibieron diferentes grados de negligencia, mostrándose incapaces todas de tener progenie, Sphen y Magic han manifestado una capacidad, una diligencia y una abnegación admirables a la hora de empollar un huevo y sacar adelante a la cría”. No cabe duda, no hay peores padres que los heterosexuales.

Más: “Si al recién llegado Sphengic le sorprendió encontrarse con dos papás no lo manifestó y empezó a parlotear alegremente con ellos”. ¿Veis, asquerosos homófobos? Hasta los pingüinos son más civilizados que vosotros. “Su relación, muy estable a diferencia de la de otras parejas heterosexuales —pese a los mitos sobre la monogamia y la fidelidad del pingüino—, coincidió con la lucha en el país por legalizar el matrimonio gay”. ¡Caramba, qué coincidencia!

El animalismo buenista nos pide, nos empuja, a que imitemos a los animales, en ocasiones presentándolos, con una sentimentalización verdaderamente supersticiosa, como seres morales e incluso moralmente mejores que nosotros

Yo no sé bien en qué sentido puede ser ‘gai’ un pingüino. Imagino que habrán observado comportamiento sexual exclusivo entre machos o entre hembras, lo que no parece tener demasiado sentido evolutivo, pero que en cualquier caso parece bastante manipulador calificarlos de ‘gais’. ‘Gay’ no es meramente un eufemismo por “homosexual”; es también una consideración exclusivamente humana de identidad, de plena identificación con una orientación a la que se otorga una función casi ontológica. No podemos saber cómo es el caso en un pingüino, pero podríamos jurar que no tiene especiales reivindicaciones que hacer.

En cualquier caso, les confesaré algo: me importa un rábano. No tengo la menor intención de imitar a los pingüinos, que es la idea subyacente, quizá por la excelente razón de que no soy una pingüina, sino un ser humano.

Los medievales, más racionales y sensatos que nosotros como de aquí a Lima y vuelta, también usaban a los animales para aleccionar. Nos pedíamos que imitáramos el valor del león o la diligencia de la hormiga, pero porque valoraban el valor y la diligencia. Si el león fuera cobarde, tanto peor para el león, que eso no iba a cambiar el hecho de que la valentía es una buena cosa.

Pero el animalismo buenista nos pide, nos empuja, a que imitemos a los animales, en ocasiones presentándolos, con una sentimentalización verdaderamente supersticiosa, como seres morales e incluso moralmente mejores que nosotros. Es patentemente absurdo, naturalmente.

Porque, ya que hablamos de pingüinos, esas gentiles aves que en cualquier momento organizan un desfile del orgullo en el Polo Norte, a nadie se le ha ocurrido entre nuestros pedagógicos mandarines pedirnos que les imitemos en otras cosas. Por ejemplo, algo que han observado los científicos, concretamente en la variedad emperador, entre madres que han perdido a su cría: secuestran la cría de otra madre y se la llevan por algunas horas o, a veces, hasta semanas. Una vez que pierden el interés, abandonan a la cría robada, que con frecuencia muere de frío. ¿Qué tal?

Pretender extraer lecciones morales y sociales de los animales es absurdo y, como puede comprobarse, un ejercicio enormemente selectivo y tendencioso

O, por aquello del mayor parentesco, cuando a los chimpancés les da por matar a crías recién nacidas y devorarlas ante sus madres. O los leones -y otros mamíferos- que cuando van a aparearse con una hembra con cachorros de otro macho primero los matan.

Pretender extraer lecciones morales y sociales de los animales es absurdo y, como puede comprobarse, un ejercicio enormemente selectivo y tendencioso. Si Sphengic fuera a convertirse en un pingüino psicópata o si sus padres adoptivos, en lugar de empollarlo y alimentarlo, se lo hubieran comido, den por seguro que los capitostes mediáticos no nos informaría del caso. No es una lección que extraigan del reino animal; es una consigna que quieren meternos con calzador, para lo cual se valdrán de todo lo que encuentren.

Por lo demás, un niño no es una cría de pingüino, ni de un león, ni siquiera un chimpancé. Los pingüinitos no tienen que estar mucho tiempo al cuidado de sus padres, porque tampoco tienen demasiado que aprender. No necesitan que se les enseñe a ordenar su cuarto o no decir mentiras, como no se le enseña Trigonometría o Historia.

Si se empeñan en que somos solo un animal -y claro que lo hacen-, una de dos: o nos comportamos como animales en todo, con canibalismo, infanticidio, estructura rígidamente patriarcal -ya que somos primates-, duelos violentos para quedarse con las hembras y acusado instinto territorial, o concluimos que somos una especie distinta a todas las otras, muy peculiar, a la que no se le pueden aplicar las conductas de otras especies, igual que nadie espera que los lobos aprendan de los elefantes.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.