El mítico general George Custer, del Ejército de los Estados Unidos.
El mítico general George Custer, del Ejército de los Estados Unidos.

Touched by Fire: The Life, Death, and Afterlife of George Armstrong Custer, de Louise Barnett, tiene una materia prima única. No en vano, se trata de la biografía del general Custer, uno de los tipos más peculiares de la historia estadounidense. Célebre por haber muerto “con las botas puestas” en Little Bighorn, tener una aventura con una india cheyenne -Monahseetah, hija del jefe Pequeña Piedra– o ser el último de su promoción en West Point, la realidad de Custer supera ampliamente a la ficción.

Montana es uno de los estados más bonitos de Estados Unidos. Famoso por sus paisajes, entre los que destaca el espectacular Parque Nacional de los Glaciares, acoge también una pequeña porción de otro parque no menos famoso: Yellowstone, hogar del oso Yogui y del iracundo guardabosques Smith. Pero cuenta además con otro lugar que cada año atrae a miles de turistas, cual es Litlle Bighorn. Allí fue donde Caballo Loco, Toro Sentado casi cuatro mil indios más dieron buena cuenta del teniente coronel Custer y su regimiento del Séptimo de Caballería.

Retrato del jefe de los Sioux, Caballo Loco.
Retrato del jefe de los Sioux, Caballo Loco.

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Quién no recuerda la famosa escena de cientos de sioux dando vueltas en torno al pobre Errol Flynn, quien se batía con arrojo junto a un puñado de soldados. Se trataba de la inmortal ‘Murieron con las botas puestas’, filmada en 1941 por Raoul Walsh, y en ella se relataba trayectoria de Custer, desde su etapa de cadete en la academia militar de West Point hasta su heroico y controvertido final en el citado Little Bighorn. Por lo que hoy se sabe, parece que la escena en cuestión bien pudo haberse ceñido a la realidad. Los hechos más significativos de la vida de Custer están profusamente documentados.

Como, por ejemplo, su indumentaria. Desde luego, la ropa que solía llevar no se ajustaba en absoluto a la reglamentaria del ejército norteamericano. Chaqueta de cuero verde oscuro, imitación de la de los húsares de Napoleón, botas blancas “obtenidas” de un oficial sudista caído en la batalla de Gettysburgh, dos revólveres Smith&Wesson -no Colt, como el resto-, y un potente rifle para cazar búfalos conformaban un atuendo cuando menos peculiar. Rubio y con el pelo largo, nunca se separaba de un pañuelo rojo anudado al cuello, en cuyo envés su esposa Libbie había bordado sus iniciales.

Pero Custer no sólo ha pasado a la historia por su ardor guerrero -que también-, sino por algún que otro arrebato, digamos, más mundano. Si empezó a labrarse la fama por comandar las cargas al frente de sus hombres en la Guerra de Secesión, no menos célebres fueron otras galopadas, como aquella en la que recorrió 250 kilómetros en un tiempo record para hacer el amor con su mujer y regresar al día siguiente. Su “aventura” le costó un año de sueldo y que le rebajasen al rango de mayor pero, como su propia esposa comentaría en una entrevista concedida años después de su muerte, “mereció la pena”.

Era un hombre profundamente temperamental y eso le costó la vida. Al mando del medio millar de hombres que componían el Séptimo de Caballería, Custer comandaba una misión de castigo en la que debía dar con los sioux de Caballo Loco, y vaya si los encontró. Desoyendo los consejos de su rastreador crow -llamado Cuchillo Sangriento-, quien le prevenía que un rastro de más de un kilómetro de ancho denotaba una enorme masa de gente en movimiento, Custer decidió atacar. Y se topó con una de las mayores concentraciones de indios jamás vistas: unos 9.000, de los que 3.000 sería guerreros. Y todos le tenían unas ganas tremendas a Custer. De ahí que fuesen varios los que después se colgasen la medalla de su muerte, aunque quizá quien tenga más papeletas para ello fuese un lakota de nombre Lluvia en el Rostro. El hombre que jamás había sido herido -cinco caballos suyos murieron en acciones de combate durante la Guerra de Secesión, pero a él nunca le rozó una bala- cayo a manos de aquellos de quienes su superior, el general Sheridan, dijo aquello de “un indio bueno es un indio muerto”. Haciendo el indio.

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