Un grupo de musulmanes, en su condición de musulmanes y en nombre de Alá, mataron ayer a 72 cristianos -30 ninos- en Lahore, Pakistán, por el hecho de ser cristianos, que estaban reunidos en un parque infantil para celebrar la Pascual de Resurrección. Es fácil de decir, ¿verdad? Pues es difícil encontrarlo así escrito en la prensa occidental.

Decía Lenin que toda posición política se reduce a dos preguntas, quién y a quién, y cualquier periodista que valga su sal sabe que sin responder a ellas está haciendo un penoso trabajo. Y, sin embargo, al lector-televidente occidental le va a costar ver ese sujeto unido a ese objeto directo en las noticias sobre la masacre de Lahore, porque hay al menos dos ocasiones en las que no es ‘prudente’ señalar la adscripción religiosa: cuando los autores son musulmanes o cuando las víctimas son cristianas. Si se dan las dos circunstancias, estamos ante un caso de “alguien ha matado a alguien”.

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No eran musulmanes, eran yijadistas que no entienden para nada el Islam, nos aseguran nuestros amos mediáticos y políticos, reconvertidos súbitamente en ulemas estudiosos del Corán. Y no eran cristianos los muertos; eran, como he leído, “seres humanos”. En abstracto.

Se da por sobreentendido que el único grupo al que se puede ofender impunemente, el único que carece del derecho a quejarse, es, precisamente, la Iglesia

Es difícil sustraerse de la impresión de que es tabú -o, por estar a la moda, ‘haram’- llamar la atención sobre el incómodo hecho de que en muchas partes del mundo se persigue, humilla, oprime y, sí, mata a los cristianos exactamente por ser cristianos. En una sociedad, la nuestra, en la que no ser una víctima es no ser nada, en la que la victimización da poder, se da por sobreentendido que el único grupo al que se puede ofender impunemente, el único que carece del derecho a quejarse, es, precisamente, la Iglesia. Esta Semana Santa se han criticado y atacado las muestras de religiosidad popular más que el año pasado, cuando fueron atacadas y criticadas más que el anterior, y es una profecía fácil prever que el año que viene será aún peor.

Sí, los cristianos somos con mucha diferencia el grupo más perseguido del planeta por nuestra fe

Y, sin embargo, hoy, como hace 2.000 años, los cristianos constituyen el grupo más perseguido del mundo. Si gana el que más víctimas tiene, seríamos el grupo más poderoso. Pero el dolor y la muerte de los cristianos no puntúa, su dolor no está homologado.

Y, sin embargo, el 80% de los actos de discriminación en el mundo -una abrumadora mayoría- están dirigidos contra los cristianos, según la Sociedad Internacional por los Derechos Humanos con sede en Francfort. Sí, los cristianos somos con mucha diferencia el grupo más perseguido del planeta por nuestra fe, aunque, oyendo/viendo las noticias nadie lo diría.

Entre 2006 y 2010, los cristianos fueron discriminados de una u otra manera en 139 países, que se dice pronto, según el gigante norteamericano de la demoscopia Pew Forum, lo que viene a ser en tres cuarta partes del globo, y durante la última década, cada año han muerto por su fe una media de 100.000 cristianos, once a la hora, cada día, por su fe.

De tratarse de cualquier otro grupo humano por raza, nacionalidad o ideología, sería la gran noticia de nuestro tiempo. Pero, de algún modo, lleva demasiado tiempo siendo demasiado vulgar y, sobre todo, demasiado inconveniente para nuestras élites señalar al enorme elefante en la sala de estar.

Cuando uno lee u oye la expresión ‘el siglo de los mártires’, suele pensar en Diocleciano y Decio y las persecuciones romanas que regaron el imperio con la sangre de los primeros cristianos, pero el nivel de persecución ahora es mayor que en cualquier otra época. En realidad, nunca se ha detenido ni amainado en un lugar u otro, y simplemente el hecho de vivir en un rinconcito del mundo en el que la cultura y la civilización se han asentado sobre bases cristianas nos ciega ante hecho tan evidente.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.