Un grupo de musulmanes reclama la implantación de la ley musulmana en el Reino Unido.
Un grupo de musulmanes reclama la implantación de la ley musulmana en el Reino Unido.

La corrección política no es un problema de censura, mucho menos de cortesía deformada o caridad eloquecida. La corrección política está destruyendo nuestras sociedades. Prueba de última hora: Telford.

¿Se acuerdan de Rotherham? En aquella localidad británica se destapó que bandas de pakistaníes habían pasado diez años violando y prostituyendo a cerca de tres mil menores (nativas, naturalmente) ante la indiferencia de una policía y unos servicios municipales que ignoraron las denuncias de los padres por miedo a ser acusados de racistas.

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Piénsenlo. Piénsenlo bien y despacio: permitir la profanación de la población más inocente a tu cuidado por no quedar mal, por no ser acusado de xenofobia e islamofobia, los pecados imperdonables de la modernidad, por no meterse en líos con los medios y con los grupos de presión.

Bien, pues en aquel momento hubo quien dijo que Rotherham era solo la punta del iceberg, no la monstruosa anomalía que querían presentar los entusiastas del multiculturalismo. Y Telford es la prueba.

“Telford, en el Shropshire, más pequeño que Rotherham, lleva sufriendo un destino similar o peor que el de Rotherham desde hace la friolera de cuarenta años”

Telford, en el Shropshire, más pequeño que Rotherham, lleva sufriendo un destino similar o peor que el de Rotherham desde hace la friolera de cuarenta años. Cuarenta años en los que bandas de pakistaníes han secuestrado, violado, torturado y prostituido a niñas de hasta 11 años. Una de ellas, que cuenta su experiencia en el Daily Mirror, tuvo seis embarazos en cuatro años, dos de ellos (de padres diferentes) nacidos vivos, tres abortos provocados y uno espontáneo.

Nunca se ha dado en la historia el caso de una oleada masiva de inmigrantes de una cultura a otra sin que surjan conflictos, mayores cuanto mayor es la distancia cultural entre ambas poblaciones. Pero la situación se hace explosiva si quienes gobiernan el país de acogida muestran mayor deferencia con los recién llegados que con quienes les votaron y a quienes representan.

Hay muchas razones para esto. La primera es que, por razones más o menos confesables, más o menos legítimas, nuestras élites consideran esencial importar cantidades masivas de población del Tercer Mundo hacia nuestros países. En parte, para compensar la pérdida de población joven resultado de décadas de guerra al natalismo; en parte, porque las empresas presionan para conseguir mano de obra barata y no muy ducha en derechos sindicales; en parte, para facilitar la fusión de distintos Estados debilitando las identidades nacionales.

“La consigna es que la multiculturalidad es un éxito y la diversidad, ‘nuestra fuerza'”

También, por qué no decirlo, por una extraña ‘pulsión de muerte’ que parece haberse posesionado de nuestra civilización, un intenso masoquismo intelectual que fomenta un complejo de culpa colectiva frente al ‘otro’, al que ve seguro de sus creencias y su identidad frente a la duda y el vacío que parece haberse convertido en los únicos auténticos ‘valores europeos’.

Todo esto lleva a nuestras autoridades a, por decirlo directamente, mentir y ocultar. En Alemania y Suecia la policía tiene prohibido consignar el origen étnico de los sospechosos, lo que debe hacer bastante difícil cualquier investigación, y tras la infame Nochevieja de Colonia, en la que un millar de alemanas denunció abusos sexuales por parte de ‘refugiados’, ya sabemos que la policía tenía instrucciones de mentir, y los periódicos colaboraron en la ocultación, que duraría hasta hoy si no existieran las redes sociales.

El panorama es desolador, y ya es imposible pretender que se trata de casos aislados. Quizá lo sean, hasta cierto punto, los infames delitos, pero no la actitud de las autoridades de mirar hacia otra parte cuando quienes cometen el crimen tienen el color de piel inconveniente. Porque lo último que quieren nuestros políticos es que los nativos, todavía mayoritarios, nos demos cuenta de que, como se le ocurriría hasta al que asó la manteca, la convivencia masiva de grupos con ideas, conceptos, culturas, formas de vivir y visiones del mundo tan distintas trae, naturalmente, todo tipo de problemas. La consigna es que la multiculturalidad es un éxito y la diversidad, ‘nuestra fuerza’.

Y si unos cuantos miles de niñas de clase baja tienen que ser violadas, torturadas y prostituidas en silencio para no estropear el cuadro, bueno, no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos, ¿no es cierto?

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.