“Conocemos vuestra profunda fe en Dios, que confiáis en que vuestra lucha tendrá éxito. Toda esa tierra es vuestra y volveréis a ella algún día, porque vuestra lucha logrará la victoria y recuperaréis vuestros hogares y vuestras mezquitas, porque vuestra causa es justa y Dios está de vuestro lado”. (Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional norteamericano, a los muyahidín, predecesores de Al Qaeda)

Se puede fatigar incesantemente el Corán, la Sura y los ahadith buscando azoras que condonen y aun inciten a la violencia; se puede repasar la extraordinaria galopada de los ejércitos de Mahoma desde Narbona hasta Malasia llevando la palabra de Alá en el filo del alfanje.

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Pero quienes no cumpliremos ya los cuarenta recordamos un tiempo en que la palabra ‘yihad’ era término para los manuales de historia y, obsesionados con un mundo dividido entre dos bloques que mantenían el dedo sobre el botón nuclear, ‘fundamentalismo islámico’ era cosa de especialistas; nada que nos quitara el sueño en Occidente.

Porque es cierto todo lo que pueda decirse de la naturaleza guerrera del islam, y no voy a enmendar la plana a tanta cita y tanta referencia, pero desde la decadencia del Imperio Turco la fe musulmana parecía desde la pujante Europa una reliquia inofensiva y pintoresca.

El mundo árabe parecía haber dado la espalda a la religión para buscar inspiración en el nacionalismo vagamente socialista, con Nasser o Saddam Hussein

Y hablar de ‘amenaza musulmana’, salvo puntualmente en algún conflicto regional, nos hubiera sonado tan anacrónico como “peligro ostrogodo”.

De hecho, el mundo árabe parecía haber dado la espalda a la religión para buscar inspiración en un nacionalismo panarabista vagamente socialista, con Nasser, Saddam Hussein y Hafed el Assad.

Que las ascuas estaban bien vivas es evidente, como lo es que alguien se preocupó de avivarlas y dar comienzo a lo que se ha convertido en nuestra pesadilla favorita. Y ese alguien es la Administración norteamericana de Jimmy Carter.

Decenas de muertos al arremeter un camión contra una multitud en Niza / EFE.
Decenas de muertos al arremeter un camión contra una multitud en Niza / EFE.

Recapitulemos. En el terrible pulso de la Guerra Fría, Estados Unidos ha sufrido el duro golpe de su derrota en Vietnam, una sangría de donde ha debido retirarse con el rabo entre las piernas.

Se lame las heridas esperando la revancha, y esta llega en 1978 cuando la Unión Soviética invade Afganistan en apoyo del Gobierno títere que había instalado allí unos años atrás. Washington hace entonces planes para que Afganistan se convierta en el Vietnam soviético que acabe por desangrar a su enemigo, como así fue.

Y así fue como el asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, tuvo lo que entonces se calificó  de ‘magnífica idea’, y así fue como la CIA inventó la gran amenaza de nuestro tiempo: resucitar el espíritu de yihad para emplearlo contra los soviéticos.

Para facilitar la cuestión, el paupérrimo Afganistan se halla flanqueado por los que entonces eran dos fieles aliados de Washington, Pakistán y el Irán del Sha, cuyos servicios de inteligencia se pusieron inmediatamente manos a la obra para colaborar con Estados Unidos en la llamada ‘Operación Ciclón’.

Casi inmediatamente después de la invasión, el clérigo de mayor rango y prestigio de Arabia Saudí –otro estrecho aliado de Washington– proclamó una fatua llamando a la guerra santa contra el invasor soviético.

Fotograma de la tercera entrega de la saga cinematográfica Rambo / Carolco Pictures
Fotograma de la tercera entrega de la saga cinematográfica Rambo / Carolco Pictures

A lo largo de los años 80, Arabia Saudí habría de hacer llover sobre los talibanes afganos ríos de dinero y tropas voluntarias, como las lideradas por el hijo de un magnate del sector de la construcción, Osama bin Laden.

Reagan llegó a comparar a quienes luego habrían de convertirse en el azote de Occidente con los padres fundadores de Estados Unidos, y por esas fechas se estrenó una película hoy difícil de encontrar, Rambo III, “dedicada a los valerosos guerreros muyahidines de Afganistan”.

EEUU descubrió con el ataque contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, que había estado alimentando un monstruo

La historia, ya saben cómo acaba. O por dónde va. La operación fue un rotundo éxito, los soviéticos tuvieron que retirarse de Afganistan en una derrota tan humillante como la sufrida por sus rivales en Vietnam, y las heridas de esa aventura tuvieron mucho que ver con la caída, unos años después, del régimen comunista.

Pero la yihad ya estaba en armas, el hambre secular de conquista de los guerreros de Alá se había despertado y Estados Unidos descubrió, para su horror, con el ataque contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, que había estado alimentando un monstruo.

Momento en el que uno de los aviones pilotados por terroristas suicidas impactó contra una de las Torres Gemelas en 11 de septiembre de 2001 / Wikimedia
Momento en el que uno de los aviones pilotados por terroristas suicidas impactó contra una de las Torres Gemelas en 11 de septiembre de 2001 / Wikimedia

No es, ni mucho menos, la primera vez en la historia que lo que a corto parece una magnífica idea, a la larga se convierte en la peor pesadilla. Cuando, a mitad de la Primera Guerra Mundial, el Kaiser tuvo la ‘brillante’ idea de enviar a Lenin a Rusia para que activara la revolución y obligara así al gigante eslavo a retirarse de la guerra, no podía imaginar que estaba siendo la comadrona de un monstruo que unos años más tarde volvería a un Berlín en ruinas violando y saqueando.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.