El nino de Palmira

    Álex Navajas recuerda su paso por el arco del triunfo de Palmira y relata los ataques que ha sufrido el monumento por culpa del Estado Islámico.

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    Álex Navajas paseando en camello por Palmira.

    El nino de la foto nunca antes había montado en camello. Seguramente, eran pocos los ninos occidentales de su edad que lo habían hecho. El nino de la foto está tan fascinado con la experiencia que apenas tiene tiempo de observar la maravilla que se encuentra a su costado: el arco del triunfo de Palmira (Siria).

    Dos mil años de historia le contemplan: las piedras que cincelaron los romanos para conmemorar alguna de sus victorias y dejar patente la grandeza de su imperio desafían el paso del tiempo y las leyes de gravedad.

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    Nada ha podido interrumpir su delicado equilibrio: ni las posteriores invasiones bárbaras, ni la escasa lluvia del desierto, ni vientos ni huracanes, ni siquiera la presencia de los miles de turistas que acuden incansables a las ruinas de la capital del efímero reinado de la regente Zenobia.

    Todo era así hasta que el Estado Islámico arribó al recinto arqueológico, Patrimonio de la Humanidad, el pasado verano. El nino de la foto no puede imaginar que, casi treinta años después de su periplo en camello, el arco romano saltaría por los aires en mil pedazos.

    En alguna de las piedras en las que se sentó durante sus andanzas sirias, casi tres décadas después rodaría la cabeza ensangrentada de un enemigo de la revolución islámica. Sobre el suelo polvoriento que pisó, yacerían tiempo después los cuerpos inertes y decapitados de mujeres y ninos, ancianos y hombres que portaban cualquier atisbo de sospecha que hiciese recelar a los guardianes más fanáticos e irracionales de las enseñanzas del Profeta.

    Pero el nino de la foto no piensa en eso ahora; tan solo disfruta de la experiencia a grupas de su camello, imaginándose una suerte de Lawrence de Arabia recorriendo los más exóticos rincones del desierto sirio.

    Unos bárbaros han arrasado, en nombre de un profeta, ruinas con milenios de historia

    Casi treinta años después, el nino de la foto escribe este artículo sin apenas poder dar crédito a las informaciones que le dicen que el arco romano de su infancia ya no está; que en el lugar donde antes se dibujaba sobre el cielo límpido y azul la pétrea circunferencia sólo hay ruinas y desolación y que unos bárbaros han arrasado, en nombre de un Profeta, las ruinas que habían resistido estoicas durante dos largos milenios. Ahora, de las escasas columnas que se mantienen en pie, penden siniestras banderas negras de muerte.

    Es la victoria de la sinrazón, del odio y del fanatismo. “Nos queda lejos”, pensamos aliviados los acomodados occidentales al contemplar las imágenes en televisión. El nino de la foto, sin embargo, recuerda ese viaje de mocedad mientras pergeña estas líneas.

    Ya no hay arcos de triunfo que se yergan en Palmira; del templo de Bel apenas restan los cimientos.La sangre de cientos de ajusticiados ha regado las avenidas polvorientas de la ciudad antaño conocida como “Novia del Desierto”, mientras sus cuerpos se pudren bajo el sol abrasador.

    Al nino de la foto sólo le queda eso: una foto y, acaso también, la memoria. Fue Azorín el que mejor lo describió: “Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la fragancia del vaso”.

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