Escena de la natividad
Escena de la natividad

Mohamed es un panadero que vino de Argelia para darle un futuro mejor a su familia. Vive en España desde hace años, y está perfectamente integrado, al igual que su mujer y sus hijos. Es musulmán y, como tal, respeta los preceptos del Corán: no bebe alcohol, no prueba el cerdo y su mujer va siempre cubierta con el hiyab. Me separan de él pocas cosas; quizá la que más, que él es del Barça y yo del Madrid. Pero no la religión, pese a ser uno musulmán y otro católico.

Convivimos en paz. Como otros muchos; de hecho, casi todos. Bien es verdad que esto es mucho más fácil en Occidente, donde la libertad de culto y el respeto a los derechos humanos permite precisamente eso, que todos podamos vivir en paz.

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Hoy el Islam tiene un problema con su propia gente. Entre ellos, los hay ya hay que se han empezado a dar cuenta

Otra cosa es que lo consigamos, pero en fin, al menos aquí no se mata a nadie por cuestiones de fe. Y es que, si se echa un vistazo a los principales avisperos del mundo, sale siempre el mismo denominador común: el Islam.

Efectivamente, hoy el Islam tiene un problema con su propia gente. Entre ellos, los hay ya hay que se han empezado a dar cuenta. Tarde, sin duda, pero puede valer. Sirva como ejemplo Afganistán, donde más del 75 por ciento de muertes de civiles tienen origen talibán; o lo que es lo mismo, musulmanes asesinando musulmanes.

O Pakistán, con decenas de miles de vidas segadas supuestamente en nombre de Alá. Estremecedoras son igualmente las matanzas perpetradas por el IS en Siria, Irak y dentro de nuestra propia “zona de confort”, ya que los islamistas han llevado su legado de horror a las principales ciudades europeas y norteamericanas.

Los atentados de Barcelona, París, Londres o tantas otras ciudades no iban contra Occidente, sino contra el mundo entero. Entonces fue Al Qaeda. Ahora, pese a que la firma sea del IS, Boko Haram o Al Sabah, la inspiración sigue siendo la misma: una interpretación espuria del Corán.

Soy de los que piensa que desear lo mejor al prójimo es un valor universal que merece la pena cultivarse

En cualquier caso, se sigue matando en nombre de Alá, y se seguirá haciendo en tanto el mundo islámico no tome conciencia del problema que tiene y obre en consecuencia. Que la mujer tiene que tener los mismos derechos que el hombre, sin golpes ni vejaciones. Que los homosexuales son personas, no reos de delito alguno. Y que la vida de todos, hasta la de los no musulmanes, merece respeto.

Algunos se han dado cuenta, sí. Como Mohamed. Y me consta que cuando el otro día me dijo “felices fiestas, amigo”, no lo hizo como fórmula de cortesía, sino de corazón. Estos días es lo normal, felicitarse.

Los cristianos hacemos referencia a la Navidad. Los que no lo son, a lo especial de estas fechas, más allá de lo que crean o dejen de creer. En cualquier caso, soy de los que piensa que desear lo mejor al prójimo es un valor universal que merece la pena cultivarse. Y tiene tanta fuerza que puede quebrar hasta el fundamentalismo más recalcitrante. Ya lo decía Newton: “los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”.

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