Grabado de la masacre de la prisión de L'Abbaye én el París revolucionario.
Grabado de la masacre de la prisión de L'Abbaye én el París revolucionario.

Vuelve ahora a la memoria, gracias a un nuevo libro sobre París, el drama de las matanzas de sacerdotes, en medio de la Revolución Francesa, en septiembre de 1792. El relato de aquellos hechos, de la mano de un gran historiador francés, Georges Lenotre, nos deja alguna perla que ha caído en el olvido.

Las circunstancias en las que ocurrieron aquellas horribles escenas han tratado de ser justificadas por los historiadores partidarios de la Revolución.

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Así, las matanzas se producen en el contexto de la angustia del pueblo de París cuando va conociendo que las tropas revolucionarias han perdido varias batallas y que los ejércitos austriaco y prusiano están cerca de París, cuyo camino queda protegido por tan solo una fortificación que se encuentra asediada; la caída de este último bastión será la caída de París en pocos días.

“En el espacio de pocos días, más de 200 sacerdotes, y muchos otros prisioneros, fueron ejecutados, tras una pantomima de juicios, con el sistema pedestre del hachazo, la cuchillada o el disparo”

En ese contexto de miedo, el pueblo vuelve a armarse, y está dispuesto a salir contra el enemigo, a fortificar París ya acaba con los enemigos del interior. Porque son varios los instigadores que le piden al pueblo que acabe antes con los que considera traidores.

¿Traidores? Traidores eran, para los revolucionarios, prácticamente cualquier no revolucionario: podían ser monárquicos, aristócratas, campesinos, y por supuesto, los eclesiásticos que no habían jurado la constitución civil del clero. A muchos de estos se les hizo prisioneros.

Mientras, Marat, en L’ami du Peuple, llamaba al pueblo a tomarse la justicia por su mano contra ellos; Danton, en la Asamblea, pedía una audacia que no era sino mano dura.

Así, con el beneplácito de este Dantón, en el espacio de pocos días, más de 200 sacerdotes, y muchos otros prisioneros, fueron ejecutados, tras una pantomima de juicios, con el sistema pedestre del hachazo, la cuchillada o el disparo de pistola.

Portada de 'El París de la Revolución' (Ediciones More 2017).
Portada de ‘El París de la Revolución’ (Ediciones More 2017).

Entre 1.000 y 1.400 personas murieron en estos días de horror: en la Iglesia de los Carmelitas, en la Abadía de San Germán de los Prados (hoy queda solo la Iglesia), en la Conciergerie, y en otras prisiones como La Force, San Bernardo, en la Salpêtrière, en Bicètre. Y no solo en París.

La fiebre revolucionaria agitaba a toda Francia y exigía víctimas. Albert Mathiez, historiador robespierrista, explicaba estos días de horror y la agitación ante la guerra contra Austria y Prusia así: “El ‘patriotismo’, dios nuevo, reclamaba víctimas humanas, como los dioses antiguos”.

“Lo que buscan está allí”

Pero Lenotre, para muchos considerado como uno de los padres de la pequeña historia, nos cuenta mucho más. Entre otras, la recuperación de la memoria de estos mártires. Tras la borrachera de sangre de estos jueces y verdugos, el pueblo de París olvidó enseguida.

Sin embargo, años después de los asesinatos, una gran señora, una aristócrata, Mme. de Soyecourt, compró el terreno de lo que hoy sigue siendo la Iglesia de los Carmelitas de París y allí se dispuso a recuperar los huesos de los mártires.

¿Quién era aquel viejo? Dice Lenotre, que no cuesta suponer que debió ser uno de aquellos verdugos a quien siempre le pesó en la conciencia la sangre de aquellos sacerdotes

Cavaron en el pozo, pero solo encontraron restos de latas, huesos de pollo y vestigios de las luminarias de la época. Pero, he aquí que lo pequeño se hace grande.

En medio de estas excavaciones infructuosas, cuando no aparecían los huesos de los sacerdotes asesinados en 1792, se acerca un viejo, y señalando al fondo del jardín, unos metros hacia la tapia, les indica: “Lo que buscan, está allí”.

¿Lo que buscan?, pero ¿sabía este hombre qué es “lo que buscan”? El caso es que le hacen caso, empiezan a picar con las palas y a pocos metros de profundidad, comienzan a aparecer decenas de huesos, los huesos de los mártires, que serían conservados y venerados por esta benemérita Mme. de Soyecourt.

¿Quién era aquel viejo? Dice Lenotre, que no cuesta suponer que debió ser uno de aquellos verdugos a quien siempre le pesó en la conciencia la sangre de aquellos sacerdotes y con su modesta última aportación, ayudó a descubrir los huesos de quienes fueron sus víctimas.

Robespierre y Danton, dos revolucionarios con un final muy distinto.
Robespierre y Danton, dos revolucionarios con un final muy distinto.

Danton y Robespierre

Y aun perlas mayores nos deja el libro de Lenotre. Precisamente al contar la intrahistoria de otro de los protagonistas de estos hechos: Georges-Jacques Danton, partidario en la Asamblea de no cejar en el empeño de acabar con los “traidores”.

Lenotre traza semblanzas muy distintas de Danton y de Robespierre. Este último, soberbio, engreído, endiosado, nunca podrá levantar las simpatías de las personas de carne y hueso, las que sufren y siente como el común de los mortales. Su frialdad, su gelidez, su impertérrita máscara lo separan del común de los mortales.

Danton, en cambio, a pesar de su ardor revolucionario y regicida, conservó siempre una morriña natural. Compró las fincas de su casa natal en Arcís, porque soñaba con retirarse en su pueblo, con sus paisanos, con quienes no se avergonzaba de estar y con quienes disfrutaba al regresar a su villa.

Lenotre nos cuenta el proceso religioso de Danton. Sí, Dantón el revolucionario, incluso el mujeriego, también ansiaba la paz y la tranquilidad del hogar, aunque no la pudiera conservar. Viudo de su primera mujer, Gabrielle Charpentier, buscó una nueva mujer, que aterrorizada de quien le pedía la mano, lo único que pidió es que, si Danton se quería casar con ella, había de ser ante un cura no juramentado.

Y aquí, Lenotre nos cuenta la peripecia del sanguinario Dantón que va a la casa donde se esconde un cura no juramentado, que al ver aparecer a Dantón, teme por su vida.

El abate Keravenan, que sería años después de la Revolución, párroco de San Germán de los Prados fue quien escuchó a Dantón en confesión y quien lo casó, en segundas nupcias.

Grabado de la parroquia de San Germán de los Prados, en París.
Grabado de la parroquia de San Germán de los Prados, en París.

Cuenta Lenotre, que Danton, víctima, camino del cadalso, encuentra entre la multitud que asiste a su decapitación, el rostro amigo de este abate Keravenan, e inclinando la cabeza ante la hoja, recibe, en secreto, del mismo sacerdote que le confesó y casó, la última y secreta – a distancia- absolución.

De todo esto, y muchas “pequeñas” grandes historias nos habla Lenotre, un autor felizmente rescatado por Ediciones More, en una cuidada edición de “El París de la Revolución”, con mapas y planos del parís de la época, con muchos de sus edificios desaparecidos, para ir siguiendo paso a paso aquellos dramas de la historia universal.

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Pablo Gutiérrez Carreras es doctor en Historia por la Universidad CEU San Pablo y ha puesto en marcha, recientemente, un sello editorial: Ediciones More, que, entre otros proyectos, pretende completar lo que aún queda por publicar de Chesterton en español. Casado, padre de ocho hijos (siete niñas y un niño), escribe también crítica de cine en la página www.pantalla90.es y toca la guitarra en un grupo de versiones pop-rock.