Carta de Carlos López a Pau Donés

    El columnista de Actuall escribe una carta al cantante Pau Donés -Jarabe de palo- sobre la fe, después de que este la considerase "castranse".

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    A la izquierda de la imagen el cantante Pau Donés
    A la izquierda de la imagen el cantante Pau Donés / Wikimedia

    Hola Pau,

    no me conoces; yo a ti tampoco, aunque seas un cantante famoso. Me gustan mucho dos canciones tuyas, “La flaca” y “Bonito”, pero no sé apenas nada más de ti. Me he enterado de tu enfermedad, y deseo de todo corazón que te cures lo más pronto posible. Se lo he pedido a Dios, si no te parece mal, y precisamente de eso quería hablarte.

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    He leído en una entrevista que no tienes fe porque para ti la fe es “castrante”. Y añades: “Yo no tengo fe en nada, confío en las cosas. Nunca he dejado mi vida en manos de la fe. Mi vida he intentado dirigirla.”

    Soy católico y, como puedes imaginar, no me siento castrado por ello. Pero no quiero que pienses en absoluto que tus palabras me han ofendido. Tampoco creo que puedan hacer un daño apreciable, en una sociedad ya tan habituada a la rechifla contra el cristianismo y en especial contra todo lo que suene a clerical, hasta el punto de que al español, ya se sabe, una de las cosas que parece avergonzarle más es que lo tachen de “meapilas” o “beato”.

    «Me gustaría que tú me entendieras también a mí y a otros muchos como yo»

    Si tus palabras me han llamado la atención es precisamente porque las comprendo muy bien, aunque no las comparta. Porque yo he pensado lo mismo que tú durante años, antes de volver a la fe que, más o menos descuidadamente, me inculcaron en la infancia. Por eso me gustaría que tú me entendieras también a mí y a otros muchos como yo.

    Siendo un adolescente había empezado a alejarme de Dios, pero hubo un momento de ruptura que viví casi como una iluminación, cuando conocí la teoría de Freud sobre la religión. (Irónicamente, a través de un libro de texto de la asignatura de religión para el bachillerato, hace de esto más de tres décadas.) Para el psiquiatra vienés, Dios no era más que una interiorización del padre autoritario y represor. El padre castrador; seguro que te sonará. La idea me impactó como si me hubiera caído una venda de los ojos.

    ¿Puedo confiar yo en mi coche de segunda mano y 170.000 kilómetros? No mucho, la verdad

    Pero antes de tratar de explicarte por qué he dejado de creer en esa teoría, permíteme comentar la alternativa a la fe que tú sugieres. Dices que confías en “las cosas”. Reconozco no entender esto demasiado bien. ¿Puedo confiar yo en mi coche de segunda mano y 170.000 kilómetros? No mucho, la verdad. No sería el primero que me deja tirado. He pinchado ruedas, me he quedado sin embrague, sin sistema eléctrico… Vamos, que no me fío ni un pelo de los coches en particular ni de “las cosas” en general. En cambio, sí confío plenamente en algunas personas, y sobre todo en Dios.

    Dices que al confiar en la fe (hay algo redundante en la expresión, pero no importa) nos olvidamos de nosotros; que no quieres dejar tu vida en manos de la fe sino dirigirla tú mismo. No te lo tomes a mal, pero esto me parece ilusorio. Somos (según se desprende de tu visión del mundo) unos organismos insignificantes que pululamos sobre un grano de arena perdido en la inmensidad del espacio, algo así como hormigas sobre una precaria hoja de árbol arrastrada por el agua. No creo que estemos en condiciones de controlar ni dirigir nada, aunque a veces nos hagamos la ilusión de ello. Hay miles de factores y de circunstancias que pueden desbaratar cualquier plan que hagamos.

    Pero hay algo que contrasta admirablemente con nuestra insignificancia, y es la idea del amor que hay en nosotros. El amor es la entrega a otra persona, por encima del propio interés. Algunos te dirán que el amor es un truco de la especie para sobrevivir, incluso al precio de sacrificar al individuo. Pero esto no explica por qué queremos que el amor sea algo más que eso, por qué esa explicación no nos satisface. El amor no se deja reducir a los genes ni a las moléculas, por mucho que te digan lo contrario los supuestos sabios de este mundo. Y tú como artista deberías intuirlo mejor que muchos.

    Esta es una de las vías por las que se acaba llegando de nuevo a Dios. Un pensador vino a decir que creer en algo trascendente, más allá de la vida, es desvalorizar esta vida. No veo cómo puede desvalorizar la vida decir que es el prólogo de la eternidad. Más bien, yo creo que lo que desvaloriza la vida es pensar que es sólo el prólogo de la nada.

    Sí, ya sé lo que dicen, que la Iglesia está contra el placer y la alegría de vivir. Posiblemente te referías a ello con lo de “castrante”, más que a la teoría psicoanalítica. Hoy, decir que uno ha hecho en la vida lo que le ha dado la gana se considera un gran elogio.

    Siempre intuí que si basta con hacer lo que nuestra conciencia nos dicte como bueno, no hace falta creer en Dios

    Podría elegir un camino fácil, y decirte que ese no es el “verdadero mensaje” de Cristo, que el Vaticano ha secuestrado el Evangelio y todas esas cosas que les gusta escuchar a muchos. Incluso hay curas y monjas que reproducen este discurso, para ganarse el aplauso del mundo. Pero no es el camino que yo elegí en mi vuelta a la fe. Porque siempre intuí que si basta con hacer lo que nuestra conciencia nos dicte como bueno, no hacen falta los sacramentos, no hace falta la Iglesia, no hace falta creer que Cristo resucitó, ni siquiera creer en Dios. Y entonces volvemos a ser las hormigas subidas a una hoja en un riachuelo.

    No, yo te digo que la fe es exigente, que los Mandamientos (los diez) siguen vigentes, que no vale todo, ni basta con dejarse guiar por los sentimientos, que tanto nos engañan. Pero también te digo que la felicidad no estuvo nunca en hacer lo que nos da la gana, sino todo lo contrario. La felicidad nos la enseña Cristo de muchas maneras, por ejemplo cuando resiste las tentaciones del diablo en el desierto. La felicidad está en entregarse a los demás, como hizo Jesús.

    Y no hay felicidad más grande que amar a Dios, acoger a quien nos ha dado la vida, que a fin de cuentas es un regalo suyo. Te parecerán palabras huecas, acaso, pero no, las he meditado bien. Un escritor católico inglés, Gilbert K. Chesterton, que también se había convertido desde el agnosticismo (hay más casos de los que quizás imagines) dijo que el gran secreto del cristianismo era… la alegría. Esto es algo que los cristianos entendemos perfectamente. Me gustaría haber conseguido expresarlo, aunque sea en una pequeña medida, con esta carta.

    Un abrazo.

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    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.