David Livingstone fue uno de los más importantes exploradores europeos de África.

Dentro de la Abadía de Westminster, además de un buen puñado de monarcas ingleses, reposan los restos de personalidades tan ilustres como Isaac Newton, Geoffey Chaucer, Charles Darwin o David Livingstone, aunque éstos últimos están incompletos.

Y es que la vida de Livingstone, escocés de nacimiento, no se entendería sin Africa, lugar al que dedicó gran parte de su vida, y donde finalmente acabaría sus días. Considerado como un auténtico humanista en su tiempo, su historia es la de un hombre como pocos ha habido.

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Geografía, zoología, botánica; pocas disciplinas se le resistieron a este médico de Glasgow que se enroló en la Sociedad Misionera de Londres para poder evangelizar la parte meridional del continente africano.

Livingstone sería el primero en recorrer el desierto del Kalahari -uno de los más inhóspitos del planeta-, llegando hasta la Costa de los Esqueletos, en Namibia. Pero hizo mucho más. Recorrió Africa de oeste a este, atravesándola desde Angola hasta Mozambique.

“Durante el transcurso de la expedición en la que se hallaron los famosos saltos de agua -llamados por los indígenas humo que truena– murieron casi todos sus acompañantes, entre ellos su hermano”

Intentó hacerlo navegando a través del río Zambeze, pero se toparía con el que a la postre sería uno de sus mayores descubrimientos, aunque en su época no fuera visto como tal: las impresionantes Cataratas Victoria.

De hecho, durante el transcurso de la expedición en la que se hallaron los famosos saltos de agua -llamados por los indígenas humo que truena– murieron casi todos sus acompañantes, entre ellos su hermano, Charles, y su esposa, Mary.

Dicha tragedia marcó profundamente a Livingstone, quien no obstante decidió seguir con sus exploraciones, aunque con un poso de melancolía que le acompañaría hasta el final de su vida.

“Los nativos conservaron su corazón y lo enterraron bajo un árbol, a las afueras de Bagamoyo -Tanzania-, en recuerdo del continente que tanto amó”

Tras el fracaso de aquella fatídica expedición, Livingstone inició la que sería su última aventura. Partiendo desde la isla de Zanzíbar, se dirigió hacia el lago Tanganika, sin que volviera a saberse de él. Por temor a que le hubiera pasado algo, muchos fueron los que reclamaron una misión de rescate.

Dicha misión sería comandada por otra de las leyendas del mundo de los exploradores, el galés Henry Morton Stanley. Cabe imaginar su encuentro, a orillas del Tanganika, con Stanley pronunciando aquel famoso “el doctor Livingstone, supongo…”.

No obstante, Stanley afirmaría después que el éxito no había sido completo, ya que le habría encantado traerse consigo a Livingstone pero, como el propio Livingstone le confesó, su corazón pertenecía ya a Africa. En realidad, esta frase resultaría premonitoria.

Escena de 'Memorias de África' con Meryl Streep y Robert Redford.
Escena de ‘Memorias de África’ con Meryl Streep y Robert Redford.

Efectivamente, Livingstone fallecería poco después de aquel encuentro, en 1873. Su cuerpo sería trasladado a Inglaterra para recibir sepultura en Westminster, pero los nativos conservaron su corazón y lo enterraron bajo un árbol, a las afueras de Bagamoyo -Tanzania-, en recuerdo del continente que tanto amó.

Sydney Pollack se inspiraría en este hecho al llevar al cine la novela de Isak Dinesen Out of Africa -“Memorias de Africa”. El episodio de los leones que, cada tarde, van a visitar la tumba de Denys George Finch Hatton -Robert Redford- quiso ser, en palabras de propio Pollack, un homenaje a Livingstone. Un magnífico homenaje.

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