Recreación de un barco de esclavos
Recreación de un barco de esclavos / National Geographic

No lejos de de Faro, al sur de Portugal, hay un pequeño zócalo de piedra con grilletes oxidados. Son los restos de lo que fuera un próspero e infame negocio que duró hasta principios del siglo XIX: el tráfico de esclavos.

En aquel lugar, negros de la costa occidental de África eran vendidos como mercancía, aunque el trato que recibían era casi siempre mucho peor que el destinado a cualquier objeto material. Las ilustraciones de la época reflejan con cruel exactitud el modo en el que se capturaba a aquellas personas, arrancándolas de su tierra natal y transportándolas hacia su nuevo destino en unas condiciones terribles.

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Más de un tercio de los esclavos morían durante el viaje. De hecho, los tiburones solían seguir a las naves negreras, porque sabían que siempre les caería comida por la borda, viva o muerta. Cuesta creer que cupieran tantos en tan poco espacio. Sin apenas moverse durante semanas, apenas sí salían media hora al día a cubierta para que les diera el sol, y para que la marinería se entretuviese con ellos -y ellas- de la peor manera posible.

Pero fue precisamente el capitán de uno de estos barcos, John Newton, de los que más colaboraría para que la esclavitud se aboliese en Gran Bretaña en 1807 junto con otra destacada personalidad, William Wilberforce.

Newton se inició en la carrera naval como grumete en un ballenero, donde ya empezó a dar muestras de indisciplina y pésimo comportamiento. Fue sólo el principio. Años después, a bordo del Greyhound, Newton ganó notoriedad por ser el hombre más blasfemo de la tripulación.

En un ambiente en el que los marineros usaban frecuentes juramentos, Newton fue castigado en muchas ocasiones no sólo por usar las peores palabras que había escuchado nunca el capitán, sino por inventar otras nuevas que excedían su ya de por sí soez vocabulario.

Ante un terrible temporal cerca del Cabo de Hornos, Newton pidió al altísimo que les salvase, tras lo cual terminó por ordenarse pastor protestante

Cerca del Cabo de Hornos, un temporal estuvo a punto de mandarles a pique, momento en el que Newton se encomendó “al Altísimo”, rogando encarecidamente que se obrase el milagro. Y el milagro se obró, aunque no sólo en alta mar. Newton se hizo pastor protestante, dando un giro copernicano a su vida.

Su magnífica pluma dio además uno de los himnos más solemnes que se hayan compuesto nunca: Amazing Grace; banda sonora oficiosa del abolicionismo.

Amazing Grace es también el nombre de la película que cuenta la historia de William Wilberforce, el diputado inglés que hizo posible la abolición. Hombre notable donde los haya, su valor estriba no sólo en lo que hizo -que también-, sino en haberlo llevado a cabo a principios del XIX, donde las causas sociales prácticamente ni existían.

Concienció a la sociedad de todas las barbaridades que le había contado John Newton, paseó a destacadas personalidades de la época por el interior de barcos negreros anclados en el muelle, e incluso se implicó en organizaciones cuyo nombre lo dice todo: Society for the Suppression of Vice -“Sociedad para la Supresión del Vicio”-,  Association for the Better Observance of Sunday -“Asociación para la Mejor Observancia del Domingo”- o la Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals.

Sus restos reposan en el panteón de Hombres Ilustres de la Abadía de Westminster, en Londres, no lejos de otro enamorado de África, David Livingstone.

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